CAPÍTULO 31
Hunter
No podía quedarme en casa. No después de ver su rostro en las noticias, no después de sentir el peso de la verdad en el estómago. Simon había desaparecido, y todos podíamos fingir que no sabíamos por qué. Todos, menos yo.
Así que, sin pensarlo demasiado, terminé frente al club de Max.
No me arreglé como para una fiesta, no tenía fuerzas.
Pero tampoco fui en harapos. Me puse unos vaqueros ajustados, una blusa blanca de seda que se pegaba a mi piel por el frío, y una chaqueta de cuero negra.
El cabello lo dejé suelto, cayendo en ondas sobre mis hombros, y apenas un toque de rímel para no parecer un fantasma.
La fila para entrar serpenteaba en la acera, pero los guardias me reconocieron al instante. Sin razón aparente. Uno de ellos se inclinó hacia mí y murmuró algo en alemán por el comunicador. Luego, con un gesto, apartó la cuerda de terciopelo.
—Adelante, señorita Sterling.
Me tiemblan las piernas, pero camino. El aire dentro es espeso, cargado de música profunda que retumbaba en las paredes. Luces rojas y azules bañaban a los cuerpos que bailaban en la pista, y el olor a alcohol y perfume caro me llena la nariz.
Pero no vine a bailar.
Avanzo entre la multitud, sintiendo las miradas, los hombres que me evaluaban, las mujeres que susurraban. Y ahora lo veo.
En el piso superior, detrás de un cristal oscuro, está él. Max. Traje negro, corbata perfectamente anudada, un vaso de whisky en la mano. Desde arriba, observa todo como si el club entero no fuera más que una extensión de su reino.
Y aunque no puede escucharme, sus ojos grises se clavan en mí de inmediato, como si hubiera estado esperando exactamente este momento.
El aire se me corta.
Había venido a buscar respuestas. Pero lo único que siento al ver su mirada fija sobre mí es que acababa de entrar en la jaula del depredador, y yo misma había cerrado la puerta detrás de mí.
Max desaparece de mi vista y el guardia me conduce por el pasillo como si ya supiera a dónde quiero ir.
Mis pasos retumban en la alfombra roja, y cada escalón que subo hacia la zona privada del club me pesa como si estuviera entrando en la boca de un lobo.
Me detengo frente a una puerta oscura con una cobra grabada en metal, y mi estómago se encoge.
Ese símbolo me dice todo lo que necesito saber: estoy en su territorio. Su otro mundo.
El guardia toca una vez y se aparta. La puerta se abre y entro.
El lugar me golpea con su elegancia sobria: paredes oscuras, estanterías con botellas que probablemente cuestan más que todo mi apartamento, un escritorio amplio, y detrás del cristal ahora polarizado, la vista a la pista de baile.
Él está ahí, de pie, con un vaso en la mano, mirando como si el mundo le perteneciera y creo que así es.
—Hunter —dice mi nombre sin girarse, y mi corazón se detiene. La forma en que lo pronuncia no es casual, no es neutral. Es un reclamo, un recordatorio, una orden velada.
Camino despacio, cerrando la puerta tras de mí. Aprieto mi chaqueta de cuero contra mi cuerpo como si eso me protegiera de él.
—¿Qué le hiciste? —pregunto, mi voz quebrándose en el aire antes de que pueda contenerla.
Él se gira al fin. Sus ojos grises se clavan en mí con esa calma insoportable que me da más miedo que la violencia.
—Sabes la respuesta.
Doy un paso hacia él, el aire me arde en los pulmones.
—Lo vi en las noticias. Simon desapareció. Y yo sé que fuiste tú.
Deja el vaso sobre el escritorio con un gesto medido, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y comienza a caminar hacia mí. Cada paso suyo retumba en mi pecho hasta que mi espalda choca contra la pared. El espacio se reduce, su sombra me devora.
—Intentó tocarte. Intentó convertirte en mercancía. —su voz es un filo que corta el silencio—. Nadie hace eso y sigue respirando, ¿Acaso no te queda claro todavía?
La furia me sube en oleadas, ahogando incluso el miedo.
—¡No quiero eso! —le grito, con la furia quemándome los ojos—. No puedes decidir quién vive o muere como si fueras Dios.
Max se inclina sobre mí, tan cerca que siento su aliento mezclado con whisky y pólvora. Apoya las manos a cada lado de mi cabeza, atrapándome entre su cuerpo y la pared.
—No soy Dios, Königin. Soy peor. —su voz me sacude hasta la médula—. Y si eso significa que nadie más vuelve a lastimarte, lo aceptarás.
Sus palabras me atraviesan como cuchillas. Trago saliva, pero la garganta se me cierra.
—No puedes protegerme así, Max. No puedes borrar todo con sangre. La última vez… saliste lastimado.
Su mano me toma la barbilla, firme, obligándome a mirarlo. Sus ojos no tiemblan, no dudan.
—¿Prefieres que lo hubiera dejado vivo? ¿Prefieres que tenga otra oportunidad de ponerte un dedo encima?
No puedo responder. Porque la verdad me quema: no. No quiero que vuelva a intentarlo. Y lo odio por eso, lo odio porque tiene razón.
Su mano desciende de mi barbilla a mi cuello, apenas rozándome, y siento cómo la piel me arde bajo su contacto. Mi respiración se corta, atrapada entre la rabia y algo que no quiero admitir.
—No lo hice por mí —susurra, sus labios peligrosamente cerca de los míos—. Lo hice por ti. Y lo haría otra vez. Una y otra vez, hasta que entiendas que ya no estás sola.
Las lágrimas me nublan la vista. Aprieto los labios, conteniéndome entre el impulso de empujarlo y el deseo brutal de hundirme en ese abrazo que me arrastra y me asfixia.
Max no me da tregua. Y yo, en el fondo, sé que nunca me la dará. No sé qué esperaba de él después de esas palabras. Tal vez que me dejara ir, que me diera un respiro. Pero Max nunca hace lo que espero, nunca sigue las reglas de los demás.
Solo sus propias reglas.
Su cuerpo sigue pegado al mío, su voz aún retumba en mi piel como un eco imposible de apagar. Quiero apartarme, quiero gritarle, pero no me muevo. Y lo sé: él tampoco va a moverse hasta que diga lo que quiere escuchar.
Sus ojos me recorren como cuchillas, y luego sonríe apenas, esa sonrisa cargada de secretos que siempre me ha irritado y fascinado a la vez.
— Du kennst meine Welt nicht . —dice para sí mismo en alemán— No conoces mi mundo, Hunter.
Trago saliva, mi voz sale débil pero firme.
—No necesito conocerlo.
Él inclina la cabeza, burlón.
—Eso es lo que dices. Pero yo te he visto.
Te escondes en tu propio vacío, intentando encontrar algo que llene ese hueco.
—Su mirada se endurece, cortante—. No te atreves a admitir que lo que buscas no está en los libros, ni en tus recuerdos, ni en las falsas sonrisas que finges con ese idiota que llamabas novio.
La furia me golpea, pero mi cuerpo traiciona mi boca: mis manos tiemblan contra el cristal.
—¿Y tú crees que sabes todo de mí?
—No lo creo. Lo sé. —Su voz es un filo, directo, sin dejar espacio a dudas—. Sé lo que eres, Hunter.
—¿Ah, sí? ¿Y qué soy entonces?
Max se acerca aún más, hasta que su aliento choca con mis labios, hasta que me obliga a sostenerle la mirada sin escapatoria.
— Meine . Eres mía. —Su voz no tiembla apenas con el peso de esa palabra—. Una reina que todavía se niega a sentarse en su trono.
Un silencio nos devora. Me siento atrapada, desarmada, y al mismo tiempo, un fuego extraño me arde bajo la piel. Mi respiración se acelera, y antes de pensarlo, la frase se escapa de mi boca como un desafío.
—Entonces muéstrame.
Sus ojos brillan con algo oscuro, satisfecho, como si hubiera estado esperando esas palabras toda la noche.
No dice nada, solo toma mi mano con firmeza.
Su palma es dura, caliente, posesiva. Me guía por el pasillo tras la oficina, sus pasos seguros, los míos tropezando tras él.
No sé a dónde vamos, no sé qué voy a encontrar.
Solo sé que cuando Maximilian Hass me arrastra, ya no soy yo quien decide.
Sin soltarme, me toma de la muñeca y me guía por un pasillo estrecho al fondo de la oficina.
El sonido de la música se apaga cuando abre una puerta metálica y me empuja hacia un corredor aún más oscuro.
Cada paso que damos me eriza la piel, no por miedo, sino porque sé que estoy entrando en un terreno que no tiene retorno.
—Quiero mostrarte algo —dice, sin mirar atrás, y su voz resuena grave, controlada, como si llevara siglos planeando este momento.
Me conduce hasta una sala amplia, cerrada, con un cristal enorme que da a otro espacio iluminado con luces suaves, cálidas, casi teatrales.
Al otro lado del vidrio, parejas.
No es un club común , no es baile ni alcohol.
Son cuerpos desnudos entregándose con un fervor que me corta la respiración. Algunos suaves, otros brutales, todos cargados de un placer que vibra en cada rincón. Los gemidos atraviesan los altavoces ocultos, la piel brilla bajo la luz, las manos recorren sin pudor.
Siento la sangre subir a mis mejillas. Bajo la mirada, pero mis ojos regresan, atrapados. Max se queda detrás de mí, tan cerca que siento el calor de su pecho en mi espalda. Su voz roza mi oído, un murmullo grave que me envuelve como cadenas.