Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Hunter

Un estruendo. Un disparo seco.

Simon cae de rodillas frente a mí con un agujero rojo en la frente, la vida escapando de sus ojos como agua derramada.

Respiro con dificultad, el corazón me estalla. Y cuando levanto la mirada, ahí está él. Max.

En su mano, la pistola aún humeante. Sus ojos grises arden con una furia helada, fija, mortal. Su respiración es controlada, como si disparar fuera tan natural como respirar.

Da un paso hacia mí, su sombra cubriéndome, y su voz, grave, peligrosa, llena cada rincón de la habitación.

—¿Lo ves, Königin? Así termina cualquiera que piense que puede tocarte.

Me cubro la boca con la mano, temblando.

No sé si quiero llorar o correr. Pero cuando Max me toma del brazo y me arrastra contra su pecho, el peso de su control me atrapa otra vez, mientras susurra mi nombre, mientras me obliga a respirar con él, sé que acabo de presenciar el verdadero rostro del hombre que siempre me sostuvo entre la luz y la oscuridad.

Viper.

Abro los ojos de golpe. La habitación está en penumbras, las cortinas cerradas, el aire cargado. Por un instante no sé dónde estoy, si sigo en esa sala manchada de sangre o si fue solo una pesadilla. El corazón me late tanto que creo que me va a partir en dos.

Parpadeo y lo escucho: el murmullo bajo de la televisión.

La pantalla, aún encendida desde la noche anterior, proyecta destellos azulados que tiñen las paredes.

Había vuelto a mi apartamento en mitad de la noche.

Encontré una nota de Willow: estaba en el hospital, de turno de emergencia.

Por fortuna, me sentía mejor. Después de que Max se metiera en la cama conmigo, ni siquiera sé cómo a Willow se le ocurrió llamarlo, pero supongo que me conoce demasiado bien.

Sabe cuándo fingiría estar bien, aunque en realidad me esté desmoronando.

Tal vez pensó que Max sería la única persona capaz de hacerme quedarme quieta, de obligarme a descansar.

Y lo consiguió. Aún puedo sentir el calor de su cuerpo en las sábanas, ese refugio extraño que me dio, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.

Me incorporo, los músculos adoloridos, y fijo la mirada en las imágenes.

Lo primero que veo es a Simon.

Una foto suya llena la pantalla, tomada en vida. Al lado, titulares en rojo:

“HOMbrE DESAPARECIDO EN CIRCUNSTANCIAS SOSPECHOSAS. LA POLICÍA INVESTIGA POSIBLES CONEXIONES CON EL CRIMEN ORGANIZADO EN LONDRES.”

Mi estómago se hunde. El zumbido en mis oídos crece. No necesito que nadie me diga qué pasó. No necesito pruebas, ni explicaciones, ni testigos. Lo sé.

Max.

El mismo hombre que anoche me sostuvo mientras la oscuridad me tragaba, el mismo que me obligó a respirar, es el que hizo desaparecer a Simon, como si nunca hubiera existido. Me abrazo las rodillas, la respiración entrecortada. No sé si agradecerle, odiarlo o rendirme.

Pero sí sé una cosa: ya no hay vuelta atrás.