CAPÍTULO 28
Maximilian
Odio esta jodida ciudad de noche. El ruido nunca se apaga del todo, pero entre sus luces hay callejones donde el silencio es más letal que cualquiera de mis balas. Ahí es donde me muevo mejor, donde mi sangre encuentra paz.
Azrael camina a mi lado, la chaqueta negra manchada de la última pelea que no se molestó en limpiar y no voy a preguntar. Su presencia es una sombra, una extensión de mí. No hablamos mucho; no lo necesitamos. El objetivo es claro.
Simon.
La rata se esconde en un apartamento barato en Brixton, rodeado de mugre y deudas.
Y estoy seguro que eso no lo sabe mi preciosa Hunter, seguro le dijo que era un abogado con dinero, pero la realidad es otra.
Esconderse de mí es como esconderse de la muerte: inútil.
Lo rastreé con las cámaras que Azrael interceptó cuando vimos la compra de sogas y pastillas, el hijo de puta se había dejado los recibos en la bolsa así que fue fácil encontrar su dirección con el número de tarjeta, porque su auto, tiene placas falsas, es un auto robado, entendí que esto no era solo un idiota jugando a ser novio.
Quiso convertir a Hunter en mercancía otra vez.
Y eso… eso no lo voy a dejar pasar, tiene que pagar por ello.
Lo encontramos saliendo por la puerta trasera, una bolsa colgando de su hombro, mirando hacia los lados como un perro acorralado. Azrael sonríe con esa maldad juvenil que lo caracteriza.
—Está nervioso. Huele a miedo.
—Huele a muerto —corrijo, y avanzo.
Simon apenas da dos pasos antes de que Azrael lo empuje contra la pared. El golpe seco retumba en el callejón. Yo me acerco despacio, el sonido de mis zapatos sobre el asfalto es suficiente para que el imbécil empiece a sudar frío.
—Oye… —tartamudea, con los ojos abiertos como platos—. No es lo que piensas. Yo…
Lo interrumpo con un puñetazo en el estómago que lo dobla de inmediato. Cae de rodillas, jadeando, la bolsa se le resbala de los dedos. La pateo a un lado: dentro hay más sogas, cinta adhesiva, y botellas pequeñas de fármacos líquidos. Planeaba volver a intentarlo.
Azrael le sujeta el cabello, obligándolo a alzar la cabeza para mirarme.
—¿Sabes lo que pasa cuando un hombre intenta tocar lo que no es suyo? —le pregunta mi hermano, la voz gélida.
Simon solloza, la nariz sangrando.
—¡No quería hacerle daño, lo juro! ¡Solo… solo…!
—Solo nada. —me agacho hasta que mis ojos quedan a la altura de los suyos. Veo su terror, y no me conmueve. Es un sabor que conozco demasiado bien—. Intentaste convertirla en un botín. Intentaste repetir lo peor de su vida. Eso no se perdona.
Saco la pistola con silenciador y la apoyo contra su frente. Su respiración se vuelve un jadeo quebrado.
—Por favor… yo…
—Calla —susurro, helado.
Azrael se ríe bajo, disfrutando del espectáculo.
—¿Quieres que lo haga yo?
—No. —Aprieto el gatillo medio segundo después.
El disparo resuena en el callejón, seco, definitivo. La sangre salpica la pared y el cuerpo de Simon cae inerte al suelo como la basura que siempre fue.
Guardo el arma con calma, sin prisa, mientras Azrael lo observa con la cabeza ladeada, como un gato que juega con su presa ya muerta.
—Demasiado rápido. —Chasquea la lengua—. Ni siquiera gritó lo suficiente.
Sí, a mi hermano correcto, le gustan los gritos, no importa de quién sean.
—No necesitaba gritar —respondo, ajustándome la chaqueta—. Lo importante es que nunca volverá a tocarla.
Azrael asiente, y por un instante, en sus ojos veo la misma rabia que me arde a mí.
Esa protección instintiva hacia Hunter, aunque nunca lo admita.
Dejo que el silencio vuelva a llenar el callejón.
La ciudad sigue respirando a lo lejos, ignorante.
Nadie sabrá nunca lo que pasó aquí. Nadie sabrá nunca cómo Simon desapareció de Londres.
Pero Hunter sí lo sabrá. No los detalles, no la sangre. Solo la certeza de que conmigo, con Viper, está a salvo.