CAPÍTULO 27
Maximilian
El apartamento de Willow es pequeño, ordenado, lleno de detalles cálidos que no encajan con la oscuridad que cargo en mi pecho.
Ella me abre la puerta con el rostro tenso, todavía nerviosa, pero en su mirada hay determinación.
Esa mujer, una simple enfermera, sostiene el miedo con más entereza que muchos de mis hombres.
Hunter duerme en su habitación, por fin, con la respiración temblorosa y la piel húmeda de lágrimas. Me cuesta apartar los ojos de ella, pero lo hago. Sé que, si me quedo demasiado tiempo mirándola, no saldré de aquí nunca.
—Gracias por llamar —le digo a Willow, mi voz grave, baja, como si con ella pudiera sellar un pacto.
Ella asiente y me acerca algo envuelto en una bolsa. Lo abro, y la bilis me sube al instante. Dentro hay un rollo de soga y una caja de pastillas. Sedantes. Mierda suficiente para mantener a una mujer inmóvil durante días.
—Lo encontré en su apartamento cuando entré a buscar a ese hijo de perra —explica, cruzándose de brazos—. Parece que el cobarde solo salió corriendo cuando ella escapó.
Mi mandíbula se tensa. El aire en mis pulmones se vuelve acero.
—Yo me encargo.
—¿Vas a matarlo? —pregunta Willow sin rodeos. Su voz no tiembla. No se aparta.
La miro fijamente. En otra vida, en otro contexto, hubiera pensado que es un poco insensata, que no sabe con quién está hablando. Pero en sus ojos veo lo mismo que vi en los de Hunter: alguien que ya conoce demasiado dolor como para fingir ingenuidad.
—Sí —respondo sin dudar, mi tono seco como un disparo.
Ella asiente despacio. Lo dice, con calma, con esa brutal sinceridad que solo tienen los que han visto de cerca la oscuridad.
—Bien. Haz que sufra. Se lo merece, por lo que… por lo que sea que quisiera hacerle a Hunter.
Una carcajada baja me escapa, amarga, sin humor.
—Lo haré.
Guardo la bolsa con las pruebas, y mientras camino hacia la puerta, siento la electricidad recorriendo mi cuerpo. No hay tiempo para dudas ni para redenciones. No hay perdón posible.
Simon ya no es un problema. Es un cadáver que aún respira.