CAPÍTULO 24
Hunter
Dos semanas después
Dos semanas. Eso fue lo que tardó en convertirse mi apartamento, de un esqueleto gris lleno de polvo y ruido, en un hogar.
Mi hogar. Ahora camino descalza por el piso de madera clara que elegí con tanto cuidado, y la luz de la tarde entra a raudales por los ventanales, bañando las paredes en tonos dorados.
No hay rastro de obreros, ni de herramientas, ni de polvo.
Solo silencio, olor a flores frescas y el eco de mi respiración en un espacio que, por primera vez en mucho tiempo, siento como mío.
El salón es mi lugar favorito: un sofá esquinero en color marfil que parece tragarse a cualquiera que se siente, cojines en tonos tierra y vino, una alfombra mullida que contrasta con el suelo pulido.
La mesa de centro es de vidrio, minimalista, con un arreglo floral que Willow insistió en ponerme para “darle vida”.
Sobre la pared principal, un cuadro abstracto de azules profundos que compré en un mercadillo; me gusta porque parece un océano en calma y tormenta al mismo tiempo.
La cocina abierta, con mármol blanco y estanterías de madera oscura, luce como algo sacado de una revista.
Todo ordenado, brillante, esperando a que lo arruine con mi primer intento de cocinar algo más elaborado que un sándwich.
El comedor, pequeño pero acogedor, tiene seis sillas tapizadas en gris suave y una lámpara colgante de cristal que ilumina el espacio como si fuese un escenario.
El dormitorio… aún me parece un sueño. La cama king está cubierta con sábanas de lino blanco y una colcha beige que casi brilla bajo la luz.
En una esquina, un sillón de lectura y una lámpara de pie invitan a perderse en un libro durante horas.
He llenado el armario de ropa nueva, piezas que elegí sola, como una declaración de independencia.
Cada detalle, cada rincón, habla de mí y de lo que quiero ser: fuerte, libre, dueña de mi espacio.
Lo mejor de todo es la terraza que está también techada una parte de ella, fue lo primero que quise decorar cuando todo estuviera listo.
Es grande, bastante espaciosa para una barbacoa de veinte personas, tiene un jacuzzi, un mini bar y una gran pantalla plana bajo techo junto a cuatro sofás dobles gigantes alrededor de una chimenea, es perfecta.
Willow, sentada en el sofá con una copa de vino en la mano, observa todo con una sonrisa amplia.
—Esto quedó espectacular, Hunter. No parece que lleves tan poco tiempo viviendo aquí.
Me encojo de hombros, aunque por dentro me siento orgullosa.
—No fue fácil. Pero sí, quedó mejor de lo que esperaba.
Ella da un sorbo a su copa y me mira con complicidad.
—Deberías hacer una fiesta de inauguración.
Levanto las cejas, pensativa.
—¿Una fiesta de inauguración? —repito, dejando que la idea se acomode en mi mente. No suena mal. Es más: suena como la excusa perfecta.
—Sería ideal para invitar a mi hermano y a Josephine. Que vean que pude arreglar este lugar yo misma.
Willow sonríe como quien sabe que acaba de ganar una pequeña batalla.
—Bueno… con un poco de ayuda extra —añade con malicia.
Pongo los ojos en blanco, arqueando una ceja.
—Sí, con un poco de ayuda de Max que, gracias a su encanto… —hago una pausa, dejando que la ironía empape cada sílaba— y estoy siendo completamente sarcástica… Dylan, el contratista, se apresuró con la entrega.
Las dos reímos, aunque mi risa es corta, porque no puedo evitar recordar cómo Max se plantó frente al pobre hombre y lo redujo con solo mirarlo. Dylan me lo confesó después:
—Ese sujeto da miedo. Terminar en dos semanas fue lo menos que podía hacer.
Me dejo caer junto a Willow, suspirando mientras miro alrededor. El lugar está perfecto. Es mío. Y, sin embargo, no puedo evitar sentir que, de algún modo, Max ya dejó su marca aquí también.
—¿Tienes libre hoy? —le pregunto a Willow.
—Sí, ¿Por qué?
La tomo de la mano y le quito la copa de las manos, riendo juntas:
—Nos vamos de compras.