CAPÍTULO 23
Hunter
El sol apenas se cuela por las cortinas pesadas, un resplandor dorado que se abre paso tímido entre las sombras.
Parpadeo, confundida, sin recordar de inmediato dónde estoy.
El colchón es demasiado blando, las sábanas demasiado suaves, y el olor…
un perfume que me atraviesa la piel como un cuchillo. Max.
Me giro con lentitud, aún medio dormida, y lo primero que veo me deja helada.
Frente al espejo del baño, con la puerta entreabierta, está él. Alto, impecable, deslizándose la corbata entre los dedos con un gesto automático, preciso. Sus hombros anchos llenan el reflejo, el cabello rubio oscuro rapado, y la línea de su mandíbula tan marcada que parece cortarme la respiración.
—Buenos días, creo que además de Blancanieves tienes algo de la bella durmiente , roncas mucho. —dice sin mirarme todavía, ajustándose el nudo de la corbata con calma militar.
¿¡Qué!?
—¡Yo no ronco!
Cuando al fin gira la cabeza hacia mí, se queda inmóvil.
Sus ojos grises recorren mi cuerpo bajo la sábana y se detienen en un punto que me hace enrojecer hasta las raíces del cabello.
La tela de su camisa, demasiado grande para mí, se ha desplazado con mis movimientos nocturnos, y mis pezones endurecidos marcan la tela fina sin piedad.
Trago saliva, el corazón golpeándome en las costillas.
—¿Qué… qué haces aquí?
Max se endereza, la corbata ya perfectamente ajustada. Su voz es baja, cargada de un humor sombrío.
—Es mi habitación, Königin . Necesitaba cambiarme.
Me incorporo de golpe, aferrando la sábana contra mi pecho, furiosa conmigo misma por el sonrojo que me quema la piel.
—Pudiste haber usado otra o pudiste haberme dado otra habitación.
Él se acerca despacio, con ese andar seguro que me recuerda que todo, siempre, ocurre a su ritmo.
—No. —Sus ojos brillan como acero—. Tú usaste la mía. Y me gusta saber que dormiste en mi cama…con mi ropa.
Mis labios se entreabren, la respiración se me corta.
—Eres un arrogante.
Max inclina apenas la cabeza, como si aceptara el insulto con gusto.
—Soy lo que necesito ser. Y si eso significa tenerte aquí, viéndome cada mañana antes de enfrentar al mundo, lo aceptaré.
Enfrentar al mundo.
Me quedo muda, atrapada entre la furia y la tensión eléctrica que se enciende cada vez que me habla así. Y lo peor es que mi cuerpo lo traiciona: el calor sube más, el pecho se me agita, y sus ojos lo notan. Siempre lo notan.
Él da un paso más, lo suficiente para que el aire entre nosotros se vuelva un campo de batalla.
—Vístete. —Su voz baja, ronca, se clava en mi piel—. Te llevaré de regreso.
No puedo moverme, no puedo respirar. Solo puedo verlo, y odiarme por la parte de mí que quiere quedarse exactamente dónde está.