Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Hunter

El silencio de la habitación me aplasta cuando cierro la puerta detrás de mí.

Camino hasta la cama y me dejo caer un instante, exhausta.

El colchón cede bajo mi cuerpo con una suavidad extraña, diferente a la de cualquier hotel o casa en la que haya estado.

Y es entonces cuando lo noto: calor. Como si esa cama guardara aún la memoria del cuerpo de alguien más.

Me levanto de golpe, inquieta. Recorro con la mirada el cuarto, y algo llama mi atención: al fondo, un armario enorme, las puertas abiertas apenas un resquicio.

Me acerco, y ahí está la confirmación. Filas de camisas perfectamente alineadas, trajes en perchas de madera, relojes y corbatas dispuestos como si cada cosa tuviera un lugar exacto.

No necesito más. El golpe me atraviesa como un relámpago: esta no es una habitación de invitados. Es la suya.

Me arde la piel. Camino hasta el baño, abro el grifo y me meto bajo el agua caliente. Dejo que corra sobre mí hasta que mi respiración se calma un poco, aunque dentro de mí todo sigue temblando. Cuando salgo, envuelta en una toalla, me encuentro con algo inesperado sobre la cama.

Un plato con un sándwich. Y una nota en una caligrafía fuerte, elegante, inconfundible.

Cierro los ojos un segundo, con la nota en la mano. Maldigo en voz baja. Odio que sepa exactamente lo que necesito cuando yo misma me niego a admitirlo.

Me siento en la cama, doy un mordisco al sándwich y casi gimo de gusto. Pan suave, queso derretido, un toque de mostaza que no esperaba. Lo devoro con la voracidad de alguien que no había notado lo hambrienta que estaba.

Después, busco ropa. En un cajón encuentro una camisa suya, blanca, demasiado grande para mí, y unos calzoncillos de algodón.

Me los pongo sin pensarlo demasiado, aunque sé que me huele a peligro más que a comodidad.

Y la cama, la tela aún conserva su olor: whisky, madera, ese perfume caro que nunca olvido.

Me meto bajo las sábanas, y de pronto me siento rodeada por él, aunque esté al otro lado de la casa.

Entonces vibra mi teléfono.

Un mensaje.

Me sobresalto. No puedo evitar mirar hacia la puerta, como si supiera que me observa. Tecleo rápido.

La respuesta llega en segundos.

Me muerdo el labio, rodando los ojos.

Me sofoco, doy vueltas bajo la manta, furiosa conmigo misma por sonreír.

Cubro mi rostro con la almohada, maldiciendo en voz baja, pero mis dedos vuelven a escribir.

Una carcajada se me escapa, incrédula.

Me quedo helada, el teléfono en la mano, el corazón retumbando. Tecleo despacio, como si temiera la respuesta.

La contestación aparece como un golpe.

El aire se me corta. Cierro los ojos, enterrando el rostro en la almohada que huele a él, y sé que no voy a dormir ni un minuto.