Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Maximilian

La observo en silencio mientras lo único que quiero es volver a besarla. Fue un desliz que no volverá ocurrir, pero cuando la vi llorar, joder, tan asustada, solo quise que pensara en otra cosa por un segundo.

En mí.

Quiero que solo piense en mí, así como yo no puedo sacarla de mi cabeza.

Sus pasos son inseguros, sus hombros tensos, como si cada fibra de su cuerpo le gritara que huya.

Pero no huye. Me sigue, aunque tiemble. Y ese detalle, esa mínima obediencia disfrazada de resignación, me enciende más que cualquier victoria.

Camino delante de ella, hasta el pasillo donde las luces son más suaves, más cálidas, como si el mundo aquí fuera otro.

Abro una puerta y me hago a un lado, permitiéndole pasar primero.

—Aquí —murmuro, con voz grave—. Esta será tu habitación.

Ella se detiene en el marco, como si dudara en cruzar.

Finalmente lo hace, y observo su reacción cuando entra.

Las paredes están recubiertas de madera oscura, elegante, con lámparas doradas que bañan la habitación en un resplandor acogedor.

Las cortinas gruesas de terciopelo bloquean la ciudad, dando la sensación de aislamiento absoluto.

La cama es amplia, sábanas de algodón egipcio, almohadas mullidas que parecen tragarse al cuerpo.

Todo perfectamente dispuesto, como si esperara a alguien desde siempre.

Lo que ella no sabe es que es mi habitación. Que las sábanas que ahora roza con la yema de los dedos llevan aún mi olor. Que su cuerpo, temblando de cansancio y miedo, va a hundirse esta noche en el único espacio de este lugar donde yo bajo la guardia.

—Puedes descansar aquí —digo, cruzando los brazos. Mi tono no es una invitación. Es una orden disfrazada de amabilidad—. Nadie entrará, nadie molestará, te lo prometo.

Ella gira la cabeza hacia mí, con el ceño fruncido, los labios aún rojos del beso que le arranqué antes.

—No me fío de ti.

Mis labios se curvan apenas, una sonrisa amarga.

—No necesitas confiar. Solo dormir.

La dejo allí, con el peso de sus dudas y su respiración agitada, y cierro la puerta con un clic suave.

Mis pasos me llevan al despacho, donde la oscuridad vuelve a ser mi aliada.

El mapa de Londres se extiende sobre la mesa, con marcas rojas en los puntos más calientes de la ciudad.

Y es ahí, entre la penumbra y el silencio, donde escucho el sonido de la puerta abrirse.

Azrael.

Mi hermano menor entra con el mismo andar felino que siempre, vestido de negro, la mirada aguda que parece leerme incluso antes de que diga una palabra. Se apoya en el marco, los brazos cruzados.

—La has traído. Eso es nuevo.

Tuvo que haberme visto por las cámaras. Azrael sabe que no traigo a nadie aquí, ni a este apartamento ni a ningún lugar donde duermo.

Él sabe cómo funciono: solo trabajo, solo muerte, solo control.

Y, aun así, conoce a Hunter. Le he hablado de ella.

No todos los detalles —nunca todos—, pero lo suficiente para que entienda por qué llevo una marca en el cuerpo por ella.

Una cicatriz que no solo atraviesa mi piel, sino cada maldita fibra de mí.

Nunca había visto a mi hermano tan asustado como aquel día en el hospital, después de ese caos.

Sangre en mi pecho, médicos gritando, y él ahí, con la mandíbula apretada y los ojos oscuros llenos de una rabia que no supe si era por mí o contra mí.

Es un milagro que no la odie. Lo hice por ella, todo. Y él lo sabe, aunque nunca lo diga.

Azrael apareció en mi vida cuando él tenía apenas catorce años.

Andaba por las calles de Berna buscándome, con el frío mordiéndole los huesos y la mirada de un animal que ya había visto demasiado.

Nadie le creyó cuando dijo llevar el apellido Hass.

Nadie salvo yo, porque lo vi en sus ojos: esa misma ira callada, esa misma soledad que yo cargaba.

Nuestro padre, además de ser ahora huesos y polvo, se olvidó de decirme que había tenido otro hijo fuera del matrimonio.

Mi madre lo acogió. No lo dudó ni un segundo.

Yo tenía dieciocho, y tampoco dudé en enseñarle el mundo de afuera.

La realidad. Porque no todo era riqueza ni mansiones ni apellidos nobles.

Nuestro padre se encargó de arruinarlo todo.

Él nunca soportó que fuera mi madre quien llevara la sangre poderosa, la herencia de una de las familias más antiguas e influyentes de Suiza.

Se dedicó a usar su dinero, a gastarlo en negocios con gente que olía a pólvora y sangre, enredándose con hombres que no conocen la palabra honor.

Así que no me sorprendió que apareciera un hijo bastardo.

Así le gustaba llamarse Azrael. Bastardo.

Como si fuera un escudo. Vi cuando le cortó la lengua a un enemigo por llamarlo bastardo, entonces me di cuenta.

Se estaba castigando, y por eso se llamaba así mismo bastardo, pero odiaba que alguien más lo llamara así.

Hijo de puta loco.

No levanto la vista de los papeles, pero la imagen de Hunter acostándose en mi cama sigue tallada en mi mente como un tatuaje.

—Sí.

Azrael da un paso más, y aunque su tono es neutral, hay algo en sus palabras que me araña por dentro.

—Sigue igual de bonita. Y parece asustada.

—¿Bonita?

—Si digo otra cosa me cortarás la cabeza, bonita es una expresión racional y permitida.

Azrael es así, un sabelotodo , correcto al hablar y letal para el trabajo.

Alzo la cabeza, mis ojos se clavan en los suyos.

Azrael nunca pasa desapercibido. Tiene veintiocho años, pero la vida en la calle y después a mi lado le han marcado la piel y la mirada de una forma que ningún entrenamiento podría.

Su belleza es distinta a la mía; no es la del hombre que viste un traje y se adueña de la sala con el silencio, sino la del joven lobo que entra y todos saben, instintivamente, que es un depredador.

El cabello lo lleva largo, liso, de un negro tan intenso que parece devorar la luz.

Lo ata siempre en una coleta baja, que cae una trenza hasta rozar su espalda.

Ese gesto, aparentemente sencillo, le da un aire salvaje y al mismo tiempo controlado, como si pudiera arrancarse la corbata en cualquier momento y sacar un cuchillo con la misma facilidad.

Su rostro es anguloso, marcado, con pómulos altos y una mandíbula perfecta que parece esculpida a golpes de acero.

Tiene los labios llenos, siempre tensos en una línea que mezcla desdén y desafío.

Los ojos… joder, los ojos. Son de un gris más oscuro que los míos, más tormentosos, casi metálicos, y cuando los clava en alguien, parecen desarmarlo hasta el hueso.

No se ha enamorado, pero follar, folla. ¿Dónde más puede descargar toda esa rabia contenida?

Su cuerpo es alto y delgado, pero no frágil: músculos definidos, piel marcada con tatuajes que cuentan historias de peleas en la que he sido testigo, pérdidas y juramentos.

Nunca viste como yo; mientras yo me encierro en trajes a medida y relojes caros, Azrael lleva cuero negro, botas pesadas, camisetas oscuras que le marcan cada fibra de músculo.

Él no necesita disfrazarse de nada. Es peligro, y lo sabe.

Y, aun así, tiene algo hermoso, inquietante. Un magnetismo que atrae, aunque advierta de antemano que acercarse a él es quemarse. Mi jodido hermano pequeño, la única familia que me queda.

—Quiero que consigas las cámaras de las calles —ordeno, mi voz cortante como un filo—. Quiero saber qué auto la seguía y quién iba dentro. No confío en nadie más que lo haga. Mis hombres no lograron ver el auto, y Hunter dijo que era negro y vidrios polarizados.

Él asiente sin protestar, pero no se mueve. Sé que quiere decir más. Lo huelo en su respiración contenida, en la forma en que aprieta los puños como si las palabras le ardieran en la garganta.

—Habla —le digo al fin, con frialdad.

Su mirada, idéntica a la mía, pero más joven, más insolente, se endurece.

—Sabes que pudo ser cualquiera, Max. Londres es un nido de depredadores de noche. Y más con chicas como ella andando por ahí a solas.

Me inclino hacia delante, apoyando las manos sobre el escritorio, dejando que el peso de mi voz lo atraviese.

—Es por eso que necesito saber quién era. Porque ella no está sola. Me tiene a mí.

Azrael resopla, como si luchara entre reír o maldecir.

—Max…

—No discutas conmigo, Azrael. —Mi tono es seco, definitivo.

Él avanza otro paso, y por un instante lo veo como el niño que una vez fue, pero ahora convertido en un hombre que me desafía sin miedo.

—Esa chica arruina tu mente. Lo ha hecho desde que la conociste. Y no quieres aceptarlo.

Mi respiración se espesa. Esa palabra arruinar , no me gusta, no le queda a ella, ella no me arruina, ella me reconstruye.

Mis manos se cierran en puños sobre el escritorio.

Mis ojos lo atraviesan como cuchillos. No voy a pelear con mi hermano por una mujer, por algo que no entiende, pero estoy seguro que, estará igual de jodido que yo cuando le toque.

—Nunca lo he negado.

El silencio se carga de electricidad. Mi hermano me observa como si buscara grietas en mi armadura, y yo me mantengo firme, aunque por dentro mi corazón late con el eco de esa verdad que acabo de escupir.

Hunter me jode la mente. Me la jodió desde el primer segundo en que la vi.

Y lo seguirá haciendo hasta que no me quede nada.

Y me gusta.

—Tendré esos videos para ti en una hora—me dice antes de salir por la puerta de mi despacho. Sin discutir esta vez.

Mi padre nos dejó. Las gemelas acababan de nacer cuando desapareció, como el cobarde que siempre fue. Y lo que siguió después… fue mierda. Mierda que se acumulaba, que crecía, que se hacía más grande cada año. Hasta que aquello por lo que más peleaba se convirtió en mi peor pesadilla.

Recuerdo el día como si lo tuviera frente a mis ojos ahora mismo. Se llevaron a mi madre. Se llevaron a mis hermanas. Semanas sin noticias, sin pistas, sin rastros. Y cuando por fin las devolvieron… no fueron ellas. Fue una pecera. Dentro, flotando en agua turbia, las cabezas de las tres…

—Joder.

El recuerdo me golpea el estómago como una bala. Pensar en eso todavía me revuelve las entrañas. Es una imagen que nunca podré arrancar de mi cabeza, por más sangre que derrame.

Parpadeo y vuelvo al presente. La lluvia golpea contra el ventanal.

No corrí las malditas cortinas, y ahora el cristal refleja mi rostro pálido, los ojos encendidos por un fuego que no logro controlar.

El agua se desliza por el vidrio y parece que el reflejo sangra, que soy yo deshaciéndome de nuevo.

El agua roja de la pecera, las gotas en el cristal, justo como en el cristal de mis ventanas.

La respiración se me corta. El pecho se me cierra. Miro mis manos y tiemblan, aunque intento cerrarlas en puños. El aire no entra, mi garganta arde. No es debilidad, me repito. No es debilidad. Pero sé lo que es. Un ataque. La memoria convertida en veneno, el pasado tomando mi cuerpo como rehén.

Me aferro al borde del escritorio, los nudillos blancos, la sangre latiendo en mis oídos como un tambor. Intento controlar la respiración, pero el recuerdo me gana. Veo el agua, las cabezas flotando. Oigo los gritos. Oigo a Hunter llamándome aquella noche, igual que mis hermanas me llamaron antes.

Y no puedo. No puedo escapar de eso.