Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Hunter

El aire nocturno de Londres siempre huele distinto junto al río.

Es más frío, más húmedo, y parece que se mete hasta los huesos, aunque lleve puesto el abrigo grueso.

Decidí caminar un par de calles antes de ir por mi coche, solo para soltar el peso del día, pero ahora me pregunto si no fue una mala idea.

El South Bank bulle de vida incluso de noche: parejas paseando, turistas que ríen con vasos de café caliente en la mano, músicos callejeros que llenan el aire con melodías de saxofón. Y, aun así, entre la multitud, me siento sola. Siempre me siento sola cuando oscurece.

Mis botas taconean contra el pavimento húmedo y me obligo a mantener el paso firme, como si estuviera convencida de cada movimiento.

Nadie puede saber que por dentro todavía soy esa chica que tiembla con cada sombra, que se desvela por los gritos que aún escucho en sueños.

Me repito que soy libre, que estoy viva, que camino porque quiero, no porque alguien me arrastre.

Pero entonces lo noto.

Ese cosquilleo en la nuca. Esa punzada en la espalda que me dice que no estoy sola. Giro la cabeza con disimulo y lo veo aparcado al otro lado de la calle: un auto negro, vidrios polarizados, demasiado inmóvil en una ciudad que nunca se queda quieta.

Trago saliva. Sigo caminando. Me detengo a mirar una librería cerrada, el reflejo de las luces del río en el cristal. Cuando me muevo otra vez, escucho el encendido bajo del motor. Es un sonido breve, pero suficiente para acelerar mis pulsaciones.

Mis dedos aprietan con fuerza el bolso que llevo colgado al hombro, tanto que la piel bajo el guante se me calienta.

El aire helado me corta la nariz, pero lo agradezco.

Me recuerda que estoy viva, que sigo aquí.

Acelero el paso hacia el estacionamiento donde dejé mi auto.

Las luces blancas de las farolas se reflejan en los charcos del suelo y cada sombra parece alargarse a propósito para alcanzarme.

Cuando abro el coche, mis manos tiemblan tanto que casi se me caen las llaves.

Maldigo en silencio, me obligo a respirar, a no perder el control.

Entro al vehículo, cierro de golpe y bajo el seguro. El silencio se vuelve asfixiante, como si los vidrios me hubieran encerrado en una cápsula de cristal otra vez. Apoyo la frente contra el volante, intentando recuperar el aliento.

Ahora, en el espejo retrovisor, lo veo.

El mismo auto negro. Luces encendidas. Avanza despacio, como un depredador que no necesita correr para recordarme que me tiene en la mira.

Ese no ex Max. Por mi obsesión hacia él, siento que no es él.

Mi pecho se sacude con cada latido. La paranoia grita que corra, que huya, pero la rabia se enciende aún más fuerte. Ya no soy una víctima, no volveré a serlo. Aprieto los labios, enciendo mi coche y me incorporo al tráfico, con el corazón en llamas y la certeza ardiendo en mis venas:

Me están siguiendo.

No sé cómo mis dedos logran girar la llave del coche.

El motor del Mini Cooper ruge, pero apenas lo escucho.

Mi respiración es un jadeo irregular, como si cada bocanada de aire no alcanzara a llenar mis pulmones.

Miro el retrovisor. El auto negro sigue detrás de mí, a la misma velocidad, como una sombra pegada a mi espalda.

—Tranquila, Hunter, tranquila…—, me repito. Pero el pulso me traiciona. No sé qué hacer, no sé a quién llamar. Clara no puede ayudarme. Theron… Theron me mataría si le digo que alguien me sigue, lo primero que haría sería encerrarme en su mansión de nuevo. Y yo no quiero volver a esa jaula.

Sin pensar, mis manos actúan solas. Pulso un número que nunca borré, que nunca me atreví a borrar. Lo escucho timbrar, y cuando su voz irrumpe en la línea, siento que el mundo se me derrumba.

—Hunter.

No hay presentación, no hay duda. Sabe que soy yo.

—Max… —mi voz es un sollozo quebrado—. Hay… hay un auto siguiéndome. No sé qué hacer.

Un silencio. El silencio más tenso del mundo. Hasta que su tono, profundo y seguro, me atrapa como cadenas.

—Joder, Königin . Respira. Quiero que me digas dónde estás.

—Acabo de salir de St. Pearl, camino a mi apartamento, no sé dónde más ir. El coche sigue detrás. No se despega.

—¿Marca, modelo?

—Negro. Polarizado. No… no sé más, lo siento, estoy temblando.

—No te disculpes. Quédate en el carril central, no reduzcas la velocidad, y no gires hacia calles pequeñas. Voy hacia ti. —Su voz se endurece—. No cuelgues.

El volante se me resbala un poco de la mano sudada que no lleva el guante. Me obligo a aferrarme a él con toda la fuerza que tengo.

—Max… tengo miedo.

—Lo sé, cariño . Y, aun así, mírate, conduciendo sola por la ciudad. Eres más fuerte de lo que crees, pero eso no significa que tengas que estar sola.

Las lágrimas me nublan la vista, pero su tono me ancla. Es un látigo, es una orden, y yo obedezco.

—Van… van a atraparme otra vez, ¿verdad?

—No —responde de inmediato, cortante, feroz—. No mientras yo respire.

Muerdo mi labio con fuerza, tragando un sollozo.

—Sigo viendo las luces, Max. Están ahí.

—No los mires. Mírame a mí. Imagina que estoy sentado a tu lado. Estoy en camino, Königin . Déjame ser tu maldito volante.

La voz de él es como una mordida en la oscuridad. Respiro más fuerte, sigo sus indicaciones. Minutos después, noto algo extraño: el auto baja la velocidad. Doy un giro rápido hacia mi calle, y las luces desaparecen. Casi me desmayo de alivio.

—Se desvió… —susurro.

—No bajes la guardia. Entra directo a tu apartamento. Voy detrás de ti.

No pienso. Solo obedezco. Aparco de golpe frente al edificio, salgo tambaleándome, subo las escaleras sin ver nada más que las lágrimas en mis ojos.

Abro la puerta de mi apartamento y todo está oscuro, frío, desolador.

Cierro con llave y me deslizo contra la pared, sollozando en silencio en un rincón.

La madera cruje. Unos pasos. No puedo respirar. Y de repente, una sombra ocupa el marco de la puerta cuando se abre.

¿Cómo demonios abrió sin hacer ruido?

Max.

Sus ojos grises arden incluso en la penumbra. Camina hacia mí despacio, pero cada paso es un dominio, un territorio conquistado. Cuando se agacha frente a mí, su mano fría toca mi mejilla húmeda, y siento que me quiebro entera.

—Shh, ya pasó. —Su voz es más baja, más íntima, como si me hablara solo a mí en el universo—. No voy a dejar que nadie te haga daño, Hunter. Nunca más.

Intento hablar, pero un sollozo me corta la voz.

Y de repente, sin permiso, sin aviso, sus labios caen sobre los míos.

El beso me sacude. Es breve, feroz, como si quisiera arrancarme el aire, como si en ese roce se atreviera a decir todo lo que nunca dijimos.

Mi corazón estalla en llamas. Por un segundo, olvido el miedo, el auto, la oscuridad.

Solo somos él y yo, ardiendo en un desastre inevitable.

Cuando se aparta, sus pupilas se clavan en mí, intensas, salvajes, y siento que me desnudan.

—¿Por qué hiciste eso?—mi voz tiembla entre deseo.

Él sonríe apenas, un gesto roto, cargado de deseo.

—Porque necesitaba que te callaras y te tranquilizaras.

Mi pecho se contrae, pero él no me deja respirar.

—Y porque quiero que cada vez que cierres los ojos—su voz se vuelve un murmullo abrasador—lo único que recuerdes sea mi boca sobre la tuya.

Trago saliva, perdida, vencida por la fuerza de sus palabras.

—¿Eso es todo?—susurro, temblando.

Él acerca su frente a la mía, con la intensidad de quien está a punto de romperse.

—No. Lo hice porque llevo demasiado tiempo deseando besarte, y ya no podía seguir esperando.

No puedo responder. Esas son muchas razones, y estoy de acuerdo con todas, pero no lo diré en voz alta.

—No vas a quedarte aquí esta noche. Te guste o no, eres mía de cuidar.

Estoy temblando, y, sin embargo, sé que tiene razón. Todavía siento el sabor de su boca en mis labios cuando Max me ayuda a ponerme de pie. Su mano no me da opción: firme, cálida, una cadena invisible que me obliga a seguirlo.

—Toma tus llaves —ordena con voz baja, casi un gruñido.

—¿A dónde vamos? —pregunto, la garganta reseca.

—A un lugar donde nadie se atreva a mirarte, mucho menos a seguirte.

Creo que quiere llevarme con Theron, pero cuando bajamos las escaleras y me abre la puerta de su Aston Martin, la certeza se instala en mí como una sentencia. No, no es a Theron donde me lleva. Es a su mundo.

Durante el trayecto no puedo dejar de temblar.

Intento mirar por la ventanilla, seguir las luces de Londres, pero mi reflejo en el cristal me devuelve una imagen rota: ojos hinchados, labios aún húmedos del beso, y el guante negro en mi mano izquierda recordándome que no soy invencible. Que sigo marcada.

—¿Por qué no me llevas a casa de mi hermano? —murmuro finalmente, con voz rota.

Max clava la mirada en la carretera, los nudillos tensos sobre el volante.

—Porque tu hermano te encerraría para protegerte. Y yo no voy a dejar que nadie vuelva a meterte en una jaula. Ni siquiera él.

—¿Entonces qué? ¿Prefieres meterme en la tuya?

Su mandíbula se tensa. Por un segundo pienso que no contestará, pero su respuesta llega como un disparo.

—Sí. Prefiero tenerte en la mía antes que muerta de miedo en la de otro. En mi jaula, como lo llamas, sentirás de todo, menos miedo.

El silencio que sigue es insoportable. No sé si llorar o gritar.

Pero cuando finalmente aparca, lo entiendo todo.

Un edificio de cristal, moderno, demasiado elegante para ser discreto.

Guardias en la entrada, un ascensor privado que sube sin detenerse en ningún piso intermedio.

Él no vive en una casa. Vive en una fortaleza arriba de su club.

Cuando las puertas se abren, el aire me golpea con el olor a cuero, a whisky y a pólvora escondida.

Su apartamento es amplio, minimalista, pero cada rincón grita poder.

Ventanales que muestran Londres como si le perteneciera, alfombras oscuras, un escritorio con mapas y armas guardadas con precisión militar.

Me quedo de pie en medio de la sala, temblando.

—No puedo quedarme aquí.

Max se acerca, su sombra más grande que la mía.

—No tienes opción, Königin . Aquí no entra nadie sin que yo lo permita. Aquí nadie puede tocarte.

—¿Y qué pasa contigo? —le escupo, con el corazón latiendo demasiado fuerte—. ¿Quién me protege de ti, Max?

Él me observa en silencio. Luego se inclina, y sus dedos acarician mi mejilla húmeda con una ternura que contrasta con la dureza de su voz.

—¿Me tienes miedo?

Sí.

—No.

El aire se corta entre nosotros. Sé que debería alejarme, que debería gritarle que me devuelva mi libertad, pero mis rodillas flaquean y mis labios arden por el beso que me robó antes.

Max da un paso atrás finalmente, como si supiera que estoy a punto de quebrarme.

—Necesitas descansar. —Su voz es más baja, pero igual de firme—. Aquí estarás a salvo. Y mientras yo respire, Hunter, no volverás a gritar mi nombre en la oscuridad.

Me quedo helada, mirándolo, temblando, sin saber si quiero llorar… o volver a besarlo.

¿Cómo sabe que eso es lo que llevo haciendo desde que se fue?