CAPÍTULO 19
Maximilian
El rugido del motor del yate corta el silencio de la noche, mezclándose con el murmullo lejano de Brighton.
Desde tierra, todo parece fiesta, luces brillando en los muelles, turistas que beben sin sospechar lo que ocurre a apenas unas millas mar adentro.
Pero aquí, en el agua, el mundo cambia. Aquí gobierna la oscuridad, y yo soy su maldito rey.
Azrael maneja con firmeza, sus ojos fijos en el blanco: un yate blanco de dos pisos que se mueve lento, demasiado lento para no levantar sospechas.
Claus está a mi lado, con el chaleco antibalas bajo su chaqueta, ajustando el silenciador en su arma como si fuera un ritual.
Noel y dos de sus hombres esperan órdenes detrás, tensos, como alambres a punto de reventar.
—No me gusta —murmura Noel, los ojos clavados en el barco enemigo—. No es una entrega normal. No hay movimiento en la cubierta.
—Es una trampa —responde Azrael, sin apartar la vista del timón.
Siempre con ojos de halcón. Es por eso que no dudé en llamarlo, lo necesito, no como mi mano derecha solamente, es familia.
—O un error —añado, con calma. No necesito elevar la voz; todos me escuchan, aunque hable bajo—. Y si es un error, lo van a pagar caro.
Cuando estamos lo bastante cerca, lanzo una señal con la mano.
Los motores bajan su rugido, el nuestro se desliza como un depredador.
El otro yate parece dormido, como si aguardara.
Siento el metal frío de la pistola en mi mano, y el peso de la moneda de la cobra en el bolsillo interno de mi chaqueta de cuero esta vez.
Ese pequeño círculo de acero no vale nada en el mundo real, pero para mí es la sentencia más clara de todas: hoy alguien muere.
Saltamos primero Azrael y yo. Silenciosos, rápidos.
Claus y Noel nos cubren, nuestros hombres detrás, y en cuestión de segundos estamos dentro.
El aire apesta a humedad rancia, a sudor viejo y cigarrillos baratos.
Las luces están bajas, apenas un parpadeo débil en los pasillos.
Los primeros guardias aparecen a mitad del corredor.
Dos disparos. Dos cuerpos caen sin hacer ruido.
Avanzamos. El eco metálico de nuestros pasos se mezcla con el retumbar de mi propio corazón, no de miedo, sino de furia.
—Limpio —susurra Azrael tras revisar la siguiente sala.
Subimos la escalera interna, y ahí nos espera el festín.
Cuatro hombres reunidos alrededor de una mesa, botellas vacías, armas sobre el cristal.
No les damos tiempo de levantarse. Disparamos al unísono.
Sangre en las paredes, en las cortinas, en el suelo de madera barnizada.
El olor a pólvora y hierro lo cubre todo.
Avanzamos hacia la bodega, lo que encuentro me detiene en seco.
Cobijas tiradas en el suelo, manchadas. Un balde de agua lleno de orina. Sangre seca en las paredes metálicas. Y lo peor: vestidos desgarrados, algunos todavía con los cierres colgando, como si hubieran arrancado la ropa de los cuerpos a la fuerza.
Mi estómago se revuelve, pero no por debilidad. Es rabia. Pura, desbordante rabia.
—Llegamos tarde —dice Noel, la mandíbula tensa.
—Hubo una entrega —responde Claus, ajustándose las gafas y recogiendo un pedazo de tela, un vestido pequeño, demasiado pequeño—. Pero ¿a quién?
Aprieto los puños, los nudillos blanqueando. Las imágenes se superponen en mi cabeza: Hunter, en aquella jaula de cristal, con un vestido igual de inútil, igual de humillante. Su mirada rota. Su voz llamándome.
—Averígüenlo —ordeno con voz cortante, cargada de hielo y veneno—. Si tengo que incendiar cada maldito puerto en la costa para descubrir quién se llevó a esas chicas, lo haré.
Azrael me mira, con esa calma salvaje que solo mi hermano tiene.
—Esto no va a detenerse.
Lo observo un instante, y asiento.
—No. Pero yo tampoco.
Lanzo la moneda de la cobra sobre la mesa donde los hombres muertos todavía sangran. La dejo ahí, manchada de rojo, brillante bajo la tenue luz. Un recordatorio de quién estuvo aquí. Un aviso de que, en este juego, solo existe una ley: la mía.
Odio estar aquí, lejos de Hunter, solamente espero que, ella esté bien, el último informe que recibí de ella fue hace media hora, pero algo dentro de mí me dice que algo no anda bien.
Y voy a volverme loco.