Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Hunter

El eco de los martillazos retumba en las paredes desnudas de mi futuro apartamento.

El olor a pintura fresca se mezcla con polvo y madera recién cortada, y aunque todavía falta mucho para que esto luzca como un hogar, yo ya me siento parte de él.

Camino descalza sobre el plástico que cubre el suelo, observando cómo los hombres trabajan en la cocina.

Mi guante negro, como siempre, cubre la ausencia de mi dedo meñique, y aunque a veces olvido que está ahí, hoy el contratista no parece capaz de quitarle los ojos de encima.

—Cada vez que vengo, esto mejora más —le digo con una sonrisa educada mientras él me explica el avance de las obras.

Su mirada se desliza hacia mi escote demasiado tiempo, demasiado obvia.

—Bueno, señorita Sterling, cuando uno tiene clientas tan… exigentes y hermosas, el trabajo siempre se hace con más dedicación.

Fuerzo una risa seca y aparto la mirada hacia la ventana. Me incomoda, pero no lo suficiente como para armar una escena. No hoy. Estoy feliz de que el apartamento esté tomando forma, de que pronto pueda tener un lugar mío, lejos de la mansión y de las miradas que siempre pesan sobre mí.

—¿Para cuándo calculas que estará lista la cocina? —pregunto, intentando reconducir la conversación.

Él se acerca demasiado, bajando el tono de voz como si estuviera compartiendo un secreto.

—Si quiere, puedo pasarme algunas noches extras para terminarlo antes. Claro, siempre y cuando me invite una copa cuando inauguremos el lugar.

Trago saliva, incómoda, y retrocedo un paso, pero antes de poder contestar algo escucho un sonido que no pertenece a la obra: pasos firmes, seguros, un ritmo que mi cuerpo reconoce incluso antes de girar la cabeza. El ambiente se tensa, como si el aire se espesara.

Y ahí está.

Max.

Traje oscuro, hombros anchos que parecen llenar el marco de la puerta, cabello más corto, ordenado con esa precisión militar que lo vuelve aún más peligroso.

Sus ojos grises recorren la estancia como cuchillas, analizando cada detalle, hasta que se clavan en mí y, por un instante, todo lo demás desaparece.

Me paralizo, el corazón golpeándome en las costillas.

No esperaba verlo aquí. No esperaba verlo… nunca.

El contratista carraspea, nervioso, pero intenta mantener la compostura.

—¿Puedo ayudarlo?

Max avanza despacio, como un depredador que ya sabe que la presa no tiene escapatoria. Su voz es baja, grave, cargada de un poder que hace que todos los martillazos se detengan de golpe.

—Eso depende. ¿Eres tú el que está encargado de estas reformas?

El hombre asiente, aunque traga saliva visiblemente.

—Sí, señor. Soy Dylan el contratista principal.

Max se detiene frente a él, lo mira de arriba abajo con desdén y se cruza de brazos, los tatuajes en sus manos asomando bajo la manga del traje.

—Quiero fechas. Exactas. ¿Cuándo estará terminada esta cocina? ¿Cuándo podrá mudarse?

El contratista parpadea, sorprendido. Y yo también, joder. ¿Cómo se atreve?

—Bueno… aún faltan unos detalles, tal vez tres semanas.

—Dos —responde Max sin pestañear, como si fuera un hecho y no una orden.

El hombre lo mira, confundido.

—Con respeto, señor, no creo que pueda…

Max da un paso adelante, su sombra cubriendo al contratista por completo. Su voz se endurece.

—Dos semanas. Si necesitas más hombres, tráelos. Si necesitas más horas, trabaja de noche. Pero no me interesa escuchar excusas. El dinero no es problema.

El contratista se queda sin palabras, y yo finalmente encuentro la voz que había perdido.

—Max, basta. No tienes derecho a entrar aquí y dar órdenes.

Él gira la cabeza hacia mí, y el impacto de su mirada me golpea como una ola helada.

—No, Hunter. No tengo derecho. Tengo obligación.

El contratista, incómodo, se aparta murmurando que revisará los planos, y desaparece con la excusa de buscar algo en el pasillo. El silencio que queda entre nosotros es brutal.

—¿Qué haces aquí? —pregunto con un hilo de voz, aunque por dentro estoy temblando.

Max se acerca lentamente, como si el mundo le perteneciera, y yo solo estuviera invadiendo su territorio. Sus ojos recorren mi rostro, mi guante, mi vestido sencillo manchado de polvo, como si todo le perteneciera también.

—Asegurándome de que todo esté listo para cuando te mudes, Königin —responde al fin, su voz un susurro cargado de amenaza y deseo.

Mis labios se abren apenas, queriendo decir algo, pero no encuentro palabras.

Max sigue acercándose, paso a paso, hasta que la distancia entre nosotros desaparece.

Su mano, grande y marcada de tinta, atrapa mi muñeca izquierda, la del guante.

Su pulgar recorre la tela negra con una lentitud calculada, como si quisiera recordar cada detalle de mi cicatriz, de mi pérdida, de mi pasado.

—Que te quede claro una cosa, Hunter —murmura, sin apartar los ojos de mí— nadie, ni los hombres que entren en él van a tocarte nunca.

Su tono es grave, definitivo, como si estuviera firmando un pacto con la muerte misma. Un escalofrío me recorre entera, y mi cuerpo me traiciona: quiero soltarme, pero no lo hago. Lo miro, con el corazón golpeando tan fuerte que temo que lo escuche.

—No puedes… no puedes controlarlo todo, Max —consigo decir, aunque mi voz suena débil, casi un ruego.

Él se inclina más, hasta que puedo sentir el roce de su aliento contra mi frente. Su cercanía me envuelve, una mezcla insoportable de seguridad y peligro, de deseo y miedo.

—Claro que puedo —responde, apenas un susurro—. Si se trata de ti, claro que puedo.

Tiro de mi muñeca, pero su agarre se mantiene firme, aunque no me duele. No se trata de fuerza. Se trata de posesión. Se trata de dejar claro que para él no soy libre, ni lo he sido nunca.

—¿Qué quieres de mí? —pregunto, finalmente, con un hilo de desesperación que se me escapa sin permiso.

Su mirada se suaviza apenas, como si una grieta se abriera en su máscara impenetrable. Me observa con una mezcla de furia contenida y algo más… algo que me aterra reconocer.

—Quiero que estés a salvo.

Porque me duele escuchar esas palabras.

Mi respiración se corta. La mía se mezcla con la suya, atrapada en un espacio demasiado pequeño, demasiado cargado.

Sé que debería gritarle, que debería empujarlo y recordarle que no tiene derecho a irrumpir así en mi vida.

Pero en cambio, lo único que hago es quedarme quieta, inamovible bajo su sombra, odiándome por no poder odiarlo.

Su mano sigue en mi muñeca, y sé que no va a soltarme. Mi respiración se acelera, queriendo escapar de un cuerpo que no me obedece, cuando de pronto su voz se endurece aún más, como un cuchillo helado.

—Escuché lo que te dijo ese imbécil.

Parpadeo, confundida.

—¿Qué?

Sus ojos se entornan, una chispa peligrosa brillando en su mirada gris.

—La copa. Te ofreció una copa cuando inauguraran este lugar. ¿Pensaste que no lo oí?

Me quedo helada. La escena regresa a mi mente: la sonrisa insinuante, el tono bajo, esa cercanía incómoda. Y ahora lo veo reflejado en Max, pero multiplicado por mil.

—No fue nada —murmuro, aunque mi voz es divertida ahora.

Él se inclina más, su boca rozando la mía sin llegar a tocarla, un roce apenas perceptible que me enciende de rabia y de miedo al mismo tiempo.

—Para ti puede ser nada. Para mí, es todo.

Intento apartar la muñeca esta vez, pero su agarre no cede. Sus dedos recorren lentamente el borde del guante de cuero, como si ese pequeño pedazo de tela fuera suyo también.

—No quiero volver a escuchar a ningún hombre invitándote a nada. Ni copas, ni cenas, ni malditas conversaciones privadas. ¿Entendido?

Me río, pero es un sonido quebrado, nervioso.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Golpear a todos los hombres que me hablen? ¿Destruir a cualquiera que se acerque a mí?

Su mandíbula se tensa.

—Si es necesario, sí.

La furia se mezcla con algo que no quiero nombrar en mi pecho. Siento que me ahogo, que me consume la forma en que me mira, la forma en que me reclama como si nunca me hubiera soltado.

—No puedes hacer esto, Max —digo, más fuerte esta vez, con la garganta cerrándose de lo nerviosa que siempre me pone —. No puedes irrumpir en mi casa, en mi vida, y decidir con quién hablo o con quién no.

Él se inclina aún más, y ahora ya no es su boca rozando la mía, sino su aliento mezclándose con el mío, el filo invisible de un beso que no llega.

Podría besarlo yo y acabar con esto. Pero joder, quiero que me bese.

—No decido nada. Solo pongo las reglas.

Un ruido en el pasillo nos sobresalta. El contratista vuelve, cargando unos planos bajo el brazo. Se detiene al vernos, incómodo, intentando fingir normalidad.

—Eh… señorita Sterling, traje los bocetos actualizados…

Max se gira lentamente, aún sin soltarme. Sus ojos, fríos como el acero, atraviesan al hombre con un desprecio que me hace temer lo peor.

—Te dije dos semanas. Ni un día más. Y una cosa más —su tono se oscurece, tan bajo que es casi un gruñido—: si vuelvo a escucharte invitarla a una copa, será lo último que invites en tu vida.

El contratista palidece, traga saliva y asiente rápido antes de desaparecer otra vez, casi corriendo. Yo me quedo inmóvil, atrapada en la contradicción de querer gritarle a Max que se vaya, y al mismo tiempo… sentirme más segura con él aquí que con cualquier otra persona.