Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Maximilian

El reloj en la pared marca las tres de la mañana, pero para mí el tiempo dejó de tener importancia hace mucho. La oficina está en penumbras, iluminada solo por la lámpara que proyecta un círculo de luz sobre los papeles esparcidos en mi escritorio.

Odio esta isla de mierda. Extraño estar en Suiza, pero vamos, Suiza no es igual desde hace mucho tiempo, no hay nada que pueda llamar hogar.

Regreso mi mirada al escritorio. Mapas, fotografías, informes interceptados.

Claus me envió un informe hace apenas una hora: movimientos extraños en la frontera de Brighton, rutas de transporte que no encajan con el flujo normal de mercancía.

Noel, por su parte, confirmó que alguien en Londres está comprando silencios demasiado caros, y eso solo significa una cosa: la red de trata sigue viva, respirando, adaptándose como la plaga que es.

Mi club nuevo es una fachada para vigilar por la noche, para concretar reuniones falsas y quien caiga en el anuncio de mis compras falsas de chicas.

Tengo mis negocios por toda Suiza, no necesito estar en esta mierda de peligro constante, pero es lo que soy, es la liberación y justicia que necesito.

El teléfono vibra sobre la mesa. Veo el nombre de Noel en la pantalla. Contesto sin pensarlo.

—Habla.

Su voz suena serena, pero lo conozco lo suficiente como para detectar la tensión bajo la calma.

—Tenemos que reforzar Londres. La ciudad se está llenando de rumores… y de movimientos que no deberían estar sucediendo tan rápido.

Aprieto la mandíbula.

—Londres es tu terreno y el de Claus. No mío.

—Deja de joder, Max —responde con un suspiro cargado de fastidio—.

Sabes que, aunque Theron maneje Londres, Claus y yo tengamos el control aquí sobre Código negro, pero nada se mueve sin ti.

Eres el Viper. No puedes pretender dirigir desde tu puta oficina en Berna mientras el mundo se prende fuego.

Ya estás aquí, pongamos el plan en marcha, el club está funcionando como queríamos.

Mis ojos se clavan en la moneda sobre el escritorio. La tomo, la hago girar entre los dedos.

—Mi mundo ya se prendió fuego una vez, Noel. Y aún no apagué las cenizas.

Hay un silencio al otro lado, un silencio que pesa. Después, la voz de Noel baja un tono.

—¿De verdad vamos a fingir que esto no se trata de ella?

Cierro los ojos. El grito de Hunter aún resuena en mi cabeza, como si fuera ayer.

—No la nombres.

—Alguien tiene que hacerlo. Porque mientras tú te encierras con tus fantasmas, Hunter camina por Londres como si fuera intocable. ¿Sabes lo que vi la última vez? Sonriendo. Con ese abogado barato de fachada. Y tú aquí, como un idiota, vigilándola de lejos.

Ya no tan lejos.

El filo de la moneda se hunde en mi palma hasta que siento el calor de la sangre.

—No necesito tus sermones.

—No los necesitas, pero los vas a escuchar. —Noel suena firme, cortante—. No fue tu culpa joder. Y sigues alimentándote de eso como si fuera droga.

La moneda cae de mi mano sobre el escritorio, el sonido metálico retumba en la oficina como un disparo. La observo un segundo. El símbolo de la cobra me devuelve la mirada, mortal y eterno.

—Dile a Claus que prepare el terreno —murmuro, con la voz grave, seca, definitiva—. Iremos a limpiar las calles y esta vez no iré solo.

—¿Lo llamarás? —pregunta. Sé a quién se refiere.

—No fue culpa de él tampoco, ni siquiera estaba ahí. Se quedó en Berna arreglando toda mi mierda mientras me recuperaba. Es momento de traerlo al juego.

—Mierda, se lo diré a Claus.

Cuelgo sin despedirme.

Sin pensarlo dos veces, marco su número.

Sé que se alegrará de saber que lo haré volver al ruedo, a este lugar… después de un año y medio fuera.

El tono suena una vez. Dos. Y cuando finalmente responde, solo dice:

—Azrael.

Y aunque me rompa por dentro, sé que no lo hago por la red, ni por la guerra.

Lo hago por ella.

Y voy a necesitar toda la ayuda posible para limpiar las calles… por ella.

—Hermano.