CAPÍTULO 16
Maximilian
Hunter. Mi puta condena.
El baño es pequeño, pero el aire está cargado de ella: su perfume, su respiración agitada, la electricidad que vibra en su piel.
Está contra la pared, mirándome con esos ojos azules que me queman más que cualquier bala que haya atravesado mi cuerpo.
Y cada palabra que acaba de soltar se clava en mí como un cuchillo: “Estoy con Simon ahora. Supéralo. Oh, espera. Ya lo hiciste… cuando desapareciste.”
Mi mandíbula se tensa hasta doler. No lo sabe.
No tiene idea de lo que pasé. No sabe lo que fue aferrarme a ella, tratar de salvarla cuando se la llevaron, mientras la sangre me brotaba del pecho, cómo me desangré pensando que ese era mi último aliento y ella el último grito que escucharía.
No sabe lo que significó para mí desaparecer, reconstruirme, volver a levantarme con la única certeza de que nunca más confiaría en nadie. Ni siquiera en mí mismo.
Y ahora la tengo delante, jugando a ser de otro. Pretendiendo que un maldito abogado barato como Simon puede ocupar un lugar que siempre fue mío.
Me inclino más, mi sombra la envuelve, mi voz se vuelve un filo que corta entre nosotros.
—No me hables de desaparecer, Hunter. Tú no estabas conmigo cuando me sacaron la bala del pecho. Tú no viste lo que tuve que hacer para volver a respirar.
Ella aprieta los labios, como si mis palabras fueran demasiado pesadas para tragarlas.
—Eso no te da derecho a venir a destrozar lo poco que construyo, Max.
Mi risa es seca, amarga.
—¿Lo poco que construyes? ¿Con Simon? Ese idiota que ni siquiera puede sostener tu mirada más de dos segundos sin que se le note la mentira en la cara. No jodas conmigo.
Su barbilla se alza, desafiante, aunque sus manos tiemblan apenas.
—Al menos él está aquí. Al menos no me deja sola.
Ese golpe es directo, cruel, y sé que lo suelta para herirme. Funciona. Pero lo único que consigue es despertar lo peor de mí. Me acerco más, mi boca rozando apenas la suya, el aire compartido entre jadeos.
—No te confundas, Königin . Yo no te dejé sola. Yo sangré por ti. Y si hace falta volver a hacerlo, lo haré.
Ella parpadea, y por un segundo creo ver cómo su respiración se rompe. Pero es Hunter. Mi Hunter. Tiene garras, aunque sangren.
—Entonces dime dónde estuviste, Max. Dímelo. No vengas ahora a jugar al salvador cuando te escondiste durante meses.
Me quedo en silencio, porque la verdad no es un lujo que pueda regalarle. No ahora. No con Noel y Claus esperando, no con Londres lleno de enemigos, no con Simon pretendiendo ser algo que no es.
Le acaricio la mandíbula con el dorso de mi mano, suave, casi reverente, aunque por dentro estoy en guerra.
—No voy a explicarme. No a ti. No todavía.
Ella me aparta con la palma abierta sobre mi pecho, justo donde la cicatriz late bajo la tela de mi camisa. Y ese contacto, esa forma en que me toca como si aún me conociera, como si aún me doliera, me parte en dos.
—No me llames así, lo que sea que signifique eso ni Blancanieves . —susurra, temblando.
—Siempre serás todo eso para mí —respondo, con una certeza que me arranca la voz desde lo más profundo—. Aunque me mate por dentro.
La dejo ir, porque si me quedo un segundo más la beso y la destruyo. Y no puedo permitírmelo. No todavía. Salgo del baño con las manos cerradas en puños, con el eco de su respiración persiguiéndome, con la rabia y el deseo mezclándose hasta hacerme arder.
Simon sonríe cuando me ve salir. No sabe lo cerca que estuvo de morir esta noche. Vamos a ver cuánto dura eso.