CAPÍTULO 15
Hunter
No quería el drama en la casa de mi hermano.
Me hizo falta un par de minutos para recomponerme después de la entrevista y esa nueva actitud de mierda que Max tiene conmigo.
Lo primero que hice fue enviarle un mensaje a Willow, habíamos intercambiado números así que quise ser cordial y además no quería salir sola con Simon.
Nunca pensé que diría esto, pero arreglarme frente al espejo con alguien más a mi lado se siente… normal. Y esa palabra, “normal”, es un lujo que pensé que nunca volvería a tener. Willow había insistido en que subiera a su apartamento antes de la salida:
—Es más divertido arreglarse juntas—, dijo, y aunque al principio dudé, terminé aceptando. Ahora estoy aquí, con el sonido de su secador de pelo y nuestras risas llenando la habitación como si fuéramos viejas amigas.
—Dios, Hunter, ese vestido va a matar a más de uno esta noche —dice Willow con una sonrisa pícara mientras me observa ajustarlo en mi cuerpo.
Me miro al espejo: rojo intenso, ajustado hasta la piel, con un escote que roza lo peligroso y una abertura en la pierna que deja poco a la imaginación.
Es atrevido, demasiado para la chica que solía esconderse detrás de camisas grandes y guantes largos.
Pero hoy… hoy quiero recordar que puedo ser mujer, que puedo ser libre, aunque sea por unas horas.
—Tú también luces increíble —respondo, y lo digo en serio.
Su vestido negro se adhiere a sus curvas y su cabello rizado cae como un marco perfecto alrededor de su rostro alegre.
Hay algo en ella, en su risa, en su energía, que me contagia.
No la conozco demasiado, pero por primera vez en mucho tiempo siento que estoy construyendo algo parecido a una amistad. Y eso me da esperanza.
Terminamos de maquillarnos, compartimos un labial —rojo sangre para mí, nude brillante para ella—, y justo cuando nos calzamos los tacones, el timbre suena. Simon. Puntual, como había dicho: ocho en punto.
—Hora de la verdad —murmura Willow con una sonrisa mientras toma su bolso.
Bajamos juntas, y él nos espera en la entrada, impecable en su traje gris. Simon sonríe con esa expresión que parece calculada para las cámaras, y me ofrece su brazo de manera teatral.
—Listas, damas. Londres nos espera.
Me obligo a sonreír, tomando su brazo, mientras Willow se une a nuestro lado.
—Simon esta es Willow, mi nueva amiga y vecina.
—Será mejor que cuides a mi chica, Willow.
—Oh, claro que sí, nos cuidaremos entre las dos. ¿No es así, Hunter?
Me rio y pongo los ojos en blanco. Willow captando algo en mi mirada. Ya la pondré al día y le contaré porque Simon está en mi vida y esta noche con nosotras.
—Por supuesto.
Camino entre los dos, sintiéndome observada, pero también extrañamente acompañada. No estoy sola, no esta noche.
Me pregunto si es buena idea esta noche.
—Necesitas salir, divertirte, aunque sea un rato. Estás demasiado encerrada en tu trabajo, en tu apartamento, en todo lo que cargas. —me había dicho Josephine. Pero qué sabía ella de cómo en verdad me sentía. No lo sabía nadie, a veces ni yo misma lo sé.
Y tenía razón. O al menos eso me repetí mientras me probaba frente al espejo un vestido que no dejaba casi nada a la imaginación.
Un vestido que nunca hubiera usado si no estuviera empeñada en demostrar que ya no soy la misma chica aterrada detrás de un panel de vidrio.
Y aquí estaba con mi novio falso y mi nueva amiga.
Él se veía elegante en su ropa cara de diseñador, pero demasiado pulcro, demasiado correcto.
Un “novio” perfecto para aparentar lo que no somos.
El coche avanza por las calles iluminadas de Londres, y a cada esquina me repito que es solo una noche, solo un club, solo música y luces.
Nada más. Willow va sentada a mi lado, emocionada, y Simon conduce con una calma que raya en lo indiferente.
Yo miro por la ventana, intentando convencerme de que todo es normal.
Cuando llegamos, el ruido ya se siente desde la acera: bajos que hacen vibrar el aire, risas, gente haciendo cola para entrar.
El edificio es imponente, luces rojas bañan la fachada y el logotipo en forma de cobra brilla como una amenaza elegante sobre la puerta.
Mi estómago se tensa, pero respiro hondo.
No es más que un club, me repito. Solo un club.
—Dicen que inauguró hace poco —comenta Willow, mirándose el reflejo en los cristales mientras ajusta su vestido—. El dueño es extranjero, millonario, leí algo en internet. No recuerdo bien, pero creo que viene de Suiza.
Mi piel se eriza. Un escalofrío me recorre la espalda como si alguien hubiera apagado el aire de golpe. Camino con Simon y Willow hacia la entrada, pero en cuanto cruzamos las puertas, lo entiendo.
El interior es un templo del exceso: columnas oscuras, lámparas de cristal que parecen flotar, espejos que duplican las luces de neón. Y al fondo, en una sección elevada, tres hombres se roban la atención sin siquiera proponérselo. Claus, Noel… y él.
Maximilian Hass.
Mi corazón se detiene y luego golpea con tanta fuerza que temo que todos lo escuchen.
No necesito que nadie me diga quién manda aquí; lo sé en cuanto lo veo, erguido, con ese aire de poder absoluto, con una simple mirada que arrastra a todos a inclinarse ante él.
Claus y Noel lo acompañan, pero es Max quien absorbe todo el aire del lugar.
Trago saliva.
—Salgamos de aquí —le digo a Simon, apretando su brazo.
Él frunce el ceño.
—¿Qué? Apenas entramos.
La música nos arrastra a la pista antes de que pueda replicar.
Simon me rodea con sus brazos, juega a ser el novio perfecto.
Bailamos, aunque yo lo único que siento es incomodidad: sus manos bajan demasiado, su contacto es más posesión que ternura.
Intento apartarlo, pero él sonríe como si nada pasara.
Y sé que Max está viendo y no me importa.
Sí te importa.
—Simon, basta —susurro, girando el rostro.
—Relájate —me responde, con esa sonrisa impostada que me recuerda que todo es una farsa.
Mis ojos buscan a Max, desesperados, como si solo su presencia pudiera ordenar este caos dentro de mí. Pero ya no lo veo. Su silueta, su sombra, su mirada… han desaparecido. Y eso me desarma más que tenerlo delante.
Excusándome con Willow y Simon, camino entre la multitud hacia el baño. El ruido queda atrás, y por un segundo agradezco el silencio, el agua fría, cualquier cosa que me devuelva el control. Pero apenas cierro la puerta, una mano la detiene.
Él.
Max entra, y el mundo se encoge hasta que solo existe su sombra, su olor, su mirada clavada en mí. Su perfume se instala en mis huesos y flaqueo, tan hermoso tan él, tan…frío.
—Termínalo —ordena, su voz grave, peligrosa.
Solo una palabra. Una sola, y lo es todo.
Mis labios se abren, incrédula.
—¿Qué?
Su mirada es un filo.
—Esa farsa. Ese hijo de puta.
El aire se espesa. La pared fría me sostiene, pero mis palabras arden al salir.
—¿Por qué? ¿Porque soy tuya? ¿Es eso lo que quieres que diga?
Sus ojos grises brillan con furia contenida.
— Termínalo, Hunter, o lo mataré.
Mis manos tiemblan, pero lo miro fijo.
—No lo harás. No vas a matar a nadie.
Él se inclina, sus manos firmes a cada lado de mi rostro, atrapándome.
—No me provoques, Hunter.
—No lo hago, Max. —Mi voz tiembla, pero no retrocedo—. No soy yo quien lo jodió todo. Estoy con Simon ahora. Supéralo.
El silencio nos devora. Y entonces lo escupo como veneno.
—Oh, espera. Ya lo hiciste… cuando desapareciste.