CAPÍTULO 14
Hunter
El aire me sabe a hierro y a rabia cuando salgo del refugio.
No sé si es la presión de las cámaras, las preguntas que no supe responder con seguridad o la certeza de que él estaba allí, observándome, como siempre.
Camino deprisa, ajustando el bolso en mi hombro, intentando convencerme de que ya todo terminó, de que fue solo una entrevista y nada más.
Pero mis pasos me traicionan: me tiemblan, como si llevaran el peso de un pasado que nunca me suelta.
Lo veo.
Max. Apoyado en su Aston Martin como si Londres le perteneciera.
El traje oscuro impecable, la mirada fija en mí, esa quietud de depredador que me atraviesa la piel como un cuchillo.
Podría fingir que no me afecta, que soy capaz de caminar junto a él y seguir de largo… pero sería mentirme a mí misma.
—¿Qué diablos haces aquí todavía? —pregunto con un filo en la voz que ni siquiera yo creo.
Él se endereza lentamente, cada movimiento calculado, como si quisiera recordarme que nunca se apresura por nadie.
—¿De verdad necesitas que te lo diga?
—Sí. —Levanto la barbilla, aunque mi corazón late a mil—. Quiero escucharlo de tu boca.
Su sonrisa no llega a los labios, apenas a la sombra de sus ojos.
—Estoy aquí porque al parecer tu “novio” no tiene tiempo de recogerte.
Me congelo. El aire se me atraganta en la garganta.
—¿Perdón?
—Simon. —Su voz pronuncia el nombre con desprecio, como si ensuciara su lengua—. Ese abogado mediocre al que le pagas para jugar a ser tu pareja.
La sangre me sube a la cara, pero no sé si es por vergüenza o por furia.
—No sabes de qué hablas.
—Oh, sí sé. —Da un paso hacia mí y la distancia entre los dos se vuelve insoportable—.
Sé que no te toca, sé que no te desea y sé que tú lo elegiste porque era seguro.
Porque no representa ningún peligro. —Sus ojos grises me sujetan como grilletes—.
Pero ¿sabes cuál es el problema, Hunter?
Que un hombre así no sabe mantener a raya a los monstruos que te acechan.
Trago saliva, mi guante de cuero cruje al apretar el bolso con fuerza.
—No necesito que nadie me proteja. No necesito que tú…
—No mientas. —Su voz baja, cortante, me deja sin aire—. No necesitas a Simon. No lo necesitas a él porque nunca fue real.
—¿Y tú y yo sí fuimos reales? —pregunto dolida.
Como lo esperaba, no responde.
Me arde la piel, me arde la memoria, me arde esa parte de mí que todavía recuerda su mano sujetándome en la oscuridad de aquella noche.
—Mantente lejos de mí, Max. Si en verdad quieres protegerme, empieza por desaparecer de mi vida.
Por un segundo creo que se irá. Que me dejará ahí, con mis temblores, con mis palabras vacías. Pero no. Se inclina apenas hacia mí, lo suficiente para que su aliento roce mi oído, lo suficiente para que mi corazón olvide latir.
—Tú no me das órdenes, niña . —Su voz es un murmullo que me encadena—. Y lo peor… es que no quieres que lo haga.
Me quedo inmóvil, temblando, mientras él se aparta con esa calma arrogante que me destroza y me salva al mismo tiempo. Subo al coche con manos torpes, pero sé que esa frase va a perseguirme toda la noche. Porque puede que tenga razón.
Niña.
Cambio de opinión y le envío un mensaje a Simon.
Le demostraré lo que esta niña puede hacer.