Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Maximilian

Hunter entra al salón y, aunque sé que todos los focos deberían estar puestos en las cámaras y el periodista, lo cierto es que el aire entero se inclina hacia ella.

Ese vestido burdeos se adhiere a su cuerpo con una sobriedad engañosa, porque lo que para los demás es elegancia…

para mí es provocación. Su cabello negro cae en ondas perfectas sobre sus hombros, y cada mechón brilla bajo la luz como si estuviera hecho para enredarse en mis manos.

Sus labios, ese rojo profundo, son una maldita invitación disfrazada de formalidad.

La veo: el guante negro cubriendo su dedo mutilado.

Ese detalle que para cualquiera es invisible, pero para mí es una daga clavada en el pecho. Porque sé lo que significa.

Sé de dónde viene esa cicatriz. Y sé que nunca dejaré que nadie más marque su cuerpo.

Hunter intenta aparentar control, intenta jugar el papel de portavoz segura de sí misma, pero yo no me engaño.

La veo como realmente es: mía. Aunque se vista de fortaleza, aunque se rodee de paredes y discursos, aunque le pague a otro hombre para fingir que la acompaña…

nada de eso cambia el hecho de que pertenece a mi mundo, y mi mundo no la suelta. Nunca.

No importa cuántas veces me diga a mí mismo que debo mantener la distancia, siempre termino exactamente donde no debería: demasiado cerca de ella.

La observo a través del cristal, sentada frente a un par de cámaras y un hombre que cree tener derecho a sonreírle como si estuviera a su alcance.

Hunter se mueve con gracia, su voz es suave pero firme, y cada palabra que pronuncia sobre este refugio, sobre las mujeres que busca proteger, es un recordatorio brutal de por qué nunca debí dejarla escapar de mis manos. Pero lo hice. Una vez. Y la perdí.

Ahora, verla aquí, rodeada de focos y un periodista que no sabe medir la dirección de su mirada, me enciende algo mucho más oscuro que la simple vigilancia.

Él no la está entrevistando. Él la está desnudando con los ojos, y cada segundo que esa sonrisa plástica se estira en su rostro me tensa más la mandíbula.

Me acerco más a la puerta y espero, solo una señal para sacarla de aquí.

Claus me diría que ignore, que no es nada.

Noel probablemente soltaría una broma ácida.

Pero yo no soy ninguno de ellos. Yo soy Viper.

Y Viper no tolera que alguien crea que puede tocar con la mirada lo que no le pertenece.

El periodista alarga sus preguntas, se inclina demasiado hacia adelante, y yo lo sigo con la mirada desde el marco de la puerta.

Me mantengo en las sombras, porque mi presencia en este lugar ya es demasiado.

Hunter tiene razón: no es prudente que yo ronde un edificio lleno de mujeres que apenas están aprendiendo a confiar de nuevo en el mundo.

Pero tampoco puedo marcharme. No cuando la veo así.

No cuando la noto respirar con dificultad ante una pregunta demasiado personal.

Ella sonríe, esa sonrisa falsa que aprendió a usar para ocultar las cicatrices, y yo reconozco la tensión en sus labios.

Sé lo que siente, porque yo mismo estuve allí la noche en que su voz se quebró por última vez.

Sé cómo su garganta se seca cuando los recuerdos vuelven, cómo su piel tiembla cuando la obligan a mirar hacia atrás.

Ese hombre cruza la línea.

—Pero tú, particularmente… se dice que pasaste por algo. Que tu historia inspiró este proyecto. ¿Quieres compartirla?

El silencio que sigue es peor que cualquier respuesta.

Ella se queda inmóvil, su respiración cambia, sus manos tiemblan apenas, lo suficiente para que yo lo note, aunque nadie más lo haga.

Ese imbécil no lo ve, porque está demasiado ocupado saboreando la incomodidad que acaba de provocar.

Yo sí lo veo. Yo lo siento en mi propia piel.

—Suficiente.

Camino dos pasos hacia adelante, hasta que la luz me alcanza. Mi voz no es un grito, ni una súplica, ni una advertencia. Es una sentencia.

El eco de esa palabra llena la sala. Todos se giran hacia mí, y el silencio se espesa como humo.

El periodista pestañea, sorprendido.

—Disculpe… yo solo…

—Dije que es suficiente. —repito, y esta vez mi tono no deja espacio para malentendidos. Mis ojos lo atraviesan como una daga. Él traga saliva, se reclina en el asiento y se queda callado, demasiado consciente de que, si sigue, puede que no vuelva a salir caminando de este lugar.

Hunter me mira con los ojos abiertos, entre la sorpresa y la furia.

Sé lo que piensa. Sé que quiere gritarme, que quiere echarme, que quiere demostrarme que puede manejar su vida sin mí.

Pero también sé que ahora mismo está agradeciendo que alguien cortara esa tortura antes de que las palabras terminaran de destrozarla.

Camino despacio hasta quedar lo bastante cerca para que ella me escuche sin que los demás lo hagan. Me inclino apenas, dejando que el peso de mi voz la envuelva como un secreto imposible de ignorar.

—No voy a permitir que nadie te arranque lo que apenas has empezado a reconstruir. Ni siquiera tú.

Ella aprieta los labios, y sé que su corazón late tan rápido como el mío, aunque jamás lo admitiría. Su orgullo la salvará de mostrarlo frente a los demás, pero aquí, en esta cercanía, no puede engañarme.

Me enderezo, vuelvo a meter las manos en los bolsillos del abrigo y miro al entrevistador con la frialdad de quien ya ha dictado sentencia.

—Hazle las preguntas correctas, o esta entrevista termina aquí.

El hombre asiente de inmediato, y la tensión se escurre como un río contenido a la fuerza.

Hunter me sigue con la mirada, molesta, alterada, viva. Y esa mezcla, ese fuego que solo ella me provoca, es lo único que me recuerda que, aunque me mate por dentro, nunca podré dejarla fuera de mi alcance.