Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Hunter

El reloj en el tablero de mi coche avanza más rápido que mi pulso, o al menos eso siento mientras me acerco al refugio.

He repasado mil veces en mi cabeza las respuestas para la entrevista, intentando convencerme de que no hay nada de qué preocuparse.

Solo un par de preguntas, un noticiero local, un poco de exposición para el refugio.

Clara lo explicó con tanta calma, tan segura, que por un momento hasta me lo creí.

Pero entonces lo noto.

Un coche detrás del mío. No es la primera vez que me pasa en los últimos días. Esa silueta oscura que aparece en mis retrovisores, a veces cerca, a veces a la distancia, siempre constante. Mi piel reacciona antes que mi mente, como si cada fibra de mí supiera exactamente quién es.

Aparco frente al refugio y, con el corazón en la garganta, lo veo. La puerta del coche se abre, y ahí está. Max. Alto, impecable, ese abrigo negro que parece hecho para envolver la noche misma. Su sola presencia roba oxígeno.

Bajo del Mini sin pensar y me acerco a él, como si las piernas me arrastraran por sí mismas.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

Su mirada se clava en la mía, fría y ardiente a la vez.

—¿Qué crees que hago? Pensé que eras lista.

Siento el calor subir a mis mejillas, rabia mezclada con nervios.

—¿Estás siguiéndome?

—No —responde, con esa voz grave que me hace temblar por dentro—. Estoy cuidándote.

—¿De entrar en un edificio lleno de mujeres vulnerables? —mi sarcasmo es un escudo demasiado débil, lo sé.

Él da un paso más cerca, lo justo para invadir mi espacio sin tocarme.

—Sí. Nunca se sabe.

Esta guerra no la ganaré y no tengo la energía si quiera de intentarlo.

Si mi hermano lo envió o no, será mejor no tener una discusión con él, ya suficiente tiene con su esposa embarazada como para venir a quejarme como una niña.

Le dije que estaría bien sola y que podía confiar en mí y fui clara en decirle sobre que, la seguridad podía encargarse él, sé que la seguridad de mi hermano es discreta, están en las sombras observando y haciendo informes para él de mis movimientos.

Que Max esté aquí solo lo empeora todo y no tiene nada que ver la seguridad, es lo que siento cada vez que lo veo.

—Por favor —le digo, bajando la voz, casi suplicante—. Mantente alejado de mí. No quiero que asustes a nadie aquí.

O me pongas nerviosa.

Un segundo de silencio. Su mirada baja a mis labios, vuelve a mis ojos.

—Lo intentaré —responde, y esas dos palabras suenan a promesa imposible.

Me giro antes de que pueda decir algo más y entro al refugio. El aire aquí dentro es distinto, más cálido, lleno de movimiento y voces femeninas que contrastan con el silencio denso que siempre lo acompaña a él. Pero, aun así, no consigo sacudir la sensación de que lo tengo en la piel.

El salón principal está preparado para la entrevista: un par de sofás, focos improvisados, cámaras que parecen demasiado grandes para este lugar. El periodista, un hombre joven de sonrisa excesivamente blanca, se acerca a saludarme con un apretón de manos que dura más de lo necesario.

—Tú debes ser Hunter. Soy Fred. Encantado de conocerte.

—Mucho gusto, Fred.

Siento el gesto, la presión, y sé que está coqueteando, aunque intente disfrazarlo de cortesía profesional.

Me siento frente a las cámaras, los micrófonos apuntándome como armas. El periodista me dedica una sonrisa tranquilizadora, pero sus ojos recorren mi escote con descaro. Por un segundo, recuerdo a Max afuera, y sé que si lo ve… la paciencia se le acabará.

Pero antes recibo un mensaje de… mi novio falso.

Vuelvo a guardar mi teléfono y veo a todo a mi alrededor esperando que todo este espectáculo comience.

Las preguntas comienzan fáciles: el origen del refugio, cómo pueden ayudar las personas, qué se necesita.

Hablo con fluidez, porque eso sí lo sé: cómo convencer, cómo mostrar lo que hacemos.

Pero de pronto la conversación cambia de dirección.

—Dinos, Hunter… ¿cómo llegaste tú aquí? ¿Por qué involucrarte tanto en este tema?

Mi estómago se encoge. Sé adónde va. Clara me dijo que tal vez saldría, pero no estaba preparada.

—Bueno, todos tenemos razones personales para ayudar… —intento mantener la voz estable.

El periodista inclina la cabeza, con esa sonrisa que no se mueve, demasiado interesado.

—Pero tú, particularmente… se dice que pasaste por algo. Que tu historia inspiró este proyecto. ¿Quieres compartirla?

El aire me falta. Siento los ojos sobre mí, no solo los de él, sino otros. Invisibles. Me cuesta respirar. El recuerdo de la jaula de cristal, de las luces brillando sobre mí, de voces apostando por mi cuerpo, se filtra como veneno. Intento sonreír, pero mis labios tiemblan.

Ahora lo escucho.

Una sola palabra. Un murmullo grave que corta como un cuchillo.

—Suficiente.

No viene del entrevistador, ni de Clara, ni de nadie del refugio. Lo reconozco en el acto. Max.

Mis ojos lo buscan instintivamente, y lo veo, apoyado en el marco de la puerta, sus manos en los bolsillos, su mirada helada clavada en el periodista. No dice nada más, pero no necesita hacerlo. Su sola presencia silencia la sala.

Y yo… yo solo puedo sentir cómo, de nuevo, Maximilian Hass ha tomado el control de mi mundo sin pedirme permiso.