Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Maximilian

Las luces del monitor bañan la sala con un resplandor azul, frío, casi quirúrgico.

Tengo frente a mí las grabaciones que Azrael consiguió de las cámaras en la zona del South Bank, la noche que Hunter me llamó con la voz rota por el miedo, dijo que las conseguiría en una hora, pero al final acabó armando una nueva búsqueda, porque nada de esto fue al azar y terminó tomando dos semanas.

Avanzo la imagen en cámara lenta: ahí está, su auto, girando hacia su calle. Y detrás de ella, el auto negro.

Me inclino hacia delante, los codos apoyados en el escritorio, la mandíbula apretada.

El coche no es cualquiera. Matrícula falsa, pero el modelo…

lo reconozco. Es idéntico a los que hemos visto sospechosos en Brighton.

Y lo que me revienta la sangre es que no fue casualidad. Ese auto no estaba allí por azar.

—¿Entonces confirmamos que era un seguimiento? —pregunta Noel desde la sombra, encendiendo un cigarrillo como si la respuesta no fuera a joderme la mente.

—Sí —respondo con calma que no siento.

Claus se cruza de brazos, apoyado contra la pared. Su tono es seco, cortante, como siempre que decide enfrentarme.

—Entonces estamos perdiendo terreno. Mientras jugamos al gato y al ratón, ellos están en nuestras calles.

Lo miro. Mi voz sale grave, sin necesidad de alzarla.

—No son mis calles.

Claus se endereza un poco, como si no esperara esa respuesta. Pero no cedo. No puedo ceder.

—El problema —continúa— es que parece que solo hay una cosa que te importa ahora mismo.

No necesito que lo diga. Sé lo que quiere insinuar. Mis ojos lo atraviesan como cuchillos.

—Dilo.

—Hunter. —Su voz no tiembla, aunque sé que pesa la palabra—. Te estás obsesionando, Max.

Noel suelta humo y sonríe con ironía.

—Como si no lo supiéramos desde hace un año y medio, dos ya dentro de poco.

El silencio que sigue es denso. Solo se escucha el zumbido bajo de las cámaras. Aprieto los puños. Lo saben. Todos lo saben. Y, aun así, no me importa.

—Nunca fingí lo contrario —respondo al fin, con la calma que solo precede a la tormenta.

No perderé el control, quieren que ceda, que acepte que mi bella Blancanieves es una dulce distracción, no lo es. Es lo que me mantiene de pie, jodidamente ella.

Las puertas se abren. Azrael entra, y todos callan. Se escuchan sus pasos, botas de cuero manchadas de la lluvia, chaqueta negra que huele a pólvora y a humo. Me observa primero a mí, luego a las imágenes en la pantalla.

—¿Has encontrado algo diferente? —pregunta.

—Sí. Matrícula falsa. Necesito rastrear el origen.

Asiente, serio. Pero no se mueve. Lo conozco demasiado bien. Quiere decir algo más.

—Habla tú también.

Su mirada gris, más oscura que la mía, me corta de frente.

—Sabes que pudo ser cualquiera. Londres está lleno de depredadores y de escoria que se mueve en la oscuridad. Ella tuvo suerte.

—No fue suerte —le interrumpo, molesto—. Fue porque me llamó. Porque todavía piensa en mí cuando está al borde.

Azrael aprieta la mandíbula, pero no baja la vista.

—Eso es lo que me preocupa.

Mi voz baja un tono, cargada de hierro.

—¿Qué insinúas?

—Que esa chica te descontrola la mente, Maximilian. Lo ha hecho desde el primer día que la viste. Y lo seguirá haciendo si no haces algo, porque simplemente no te la follas y ya.

Eso es nuevo. Lenguaje, nunca lo usa, a menos que esté acorralado, molesto o ambas cosas. Su mierda siempre es tan confusa.

El silencio cae pesado. Claus y Noel observan, pero ninguno interviene. Azrael no me teme, nunca lo ha hecho, y tal vez por eso es el único que puede decirme algo así en la cara.

Me levanto despacio, camino hacia el ventanal. La lluvia golpea el cristal, las gotas deslizándose como cuchillas líquidas. Mi reflejo me devuelve la mirada: traje oscuro, corbata en su sitio, y los ojos vacíos de alguien que ya no se engaña a sí mismo.

No me quedo viendo por mucho tiempo por lo que me pasó la última vez, un jodido ataque de pánico.

—Vuelve a decir algo sobre follarla, hermanito y será lo último que digas en tu vida, aunque seas mi hermano, no te pases —respondo por fin, sin girarme—. Hunter me jode la mente. Y la va a joder hasta el último día que respire. Lidien con ello.

Un silencio denso. Solo el golpeteo de la lluvia.

Claus maldice en voz baja. Noel deja caer la ceniza en un vaso vacío.

Azrael, en cambio, no dice nada más. Y sé por qué.

Porque ha entendido que no pienso retroceder.

Que, si esa mujer vuelve a ser objetivo, el mundo arderá antes de que alguien vuelva a tocarla.

—Consigue un nombre —ordeno, con la voz grave, helada—. Quiero nombres. Quiero rostros. Y cuando los tenga, no quedará nadie vivo para seguirla otra vez. Esa es la nueva misión de código negro, mantener a mi reina a salvo.

La moneda de la cobra gira entre mis dedos y cae sobre el escritorio con un sonido seco, definitivo. El recordatorio de lo que soy. De lo que siempre seré.

Viper.