CAPÍTULO 10
Hace un año y medio
Hunter
El frío del suelo de mármol atraviesa mis pies desnudos. Las luces son demasiado brillantes, el aire demasiado denso, y el vestido… si se le puede llamar así… apenas cubre mi cuerpo.
Seda negra, escote profundo, espalda descubierta. Fue hecho para humillarme, para volverme un objeto, una pieza de exhibición.
No hay espejo, pero lo veo reflejado en los ojos de los hombres que se pasean del otro lado del vidrio polarizado. No necesito más que sus miradas para saber que me ven como algo que se compra, que se toma.
Mis muñecas tiemblan, aunque intento ocultarlo, y mis labios están partidos por la falta de agua. No sé cuánto tiempo llevo aquí. No sé si es de noche o de día. Lo único que tengo es este instante y el panel de cristal frente a mí.
—Ahí la tienen, caballeros —dice el vendedor con una sonrisa que me da náuseas—. Intacta. Hermosa. veintitrés años recién cumplidos. Educación alta, modales suficientes, buen material para moldear… una inglesa virgen.
Trago saliva. Lo odio. Lo odio con todo mi cuerpo.
Pero entonces lo veo.
En medio de la multitud tras el panel, él aparece.
Apenas levanta el rostro y todo se silencia dentro de mí.
Tiene el cabello perfectamente peinado, un corte clásico pero desordenado.
Sus facciones están talladas con precisión, como si la rabia y la elegancia hubieran encontrado el modo de convivir en su rostro.
Sus ojos… no sé si son grises o verdes, hay demasiada sombra y distancia…
pero su mirada. Dios. Su mirada me arranca el aliento.
No me mira como los demás. No me ve como carne.
Me observa como si ya supiera algo que yo no.
—¿Cuánto inician las pujas? —pregunta un hombre mayor al fondo.
—Cincuenta mil —responde el vendedor.
Algunos murmuran. Otros ríen. Pero él no.
— Veinte millones —habla y todos callan— y quiero probar la mercancía primero —su voz es tranquila, profunda, cortante.
El silencio se vuelve tensión.
—Señor, no puede… —intenta protestar el vendedor, nervioso.
—Una cena —interrumpe él. Frío, exacto. Inamovible. —Solo la llevaré a cenar. Asegurarme de que tenga modales. Transferiré la mitad del dinero ahora mismo para que acabemos con esto.
El vendedor titubea. Lo mira. Abre la boca. Cierra la boca.
Y luego, como todos los cobardes, asiente.
—Muy bien, señor. Enviaremos a dos hombres con ustedes, por protocolo, claro. Solo una hora.
Los demás maldicen, pero se levantan y se van a la siguiente puja, otra chica, no una virgen como yo. Pero sí una víctima más.
Lo miro fijamente. No sé si quiero correr o si algo en mí, muy dentro, siente que este hombre… este desconocido elegante y peligroso… es lo más parecido a una salvación que he tenido en días. Lo veo que sonríe. No con ternura. No con deseo.
Sino con dominio. Como si ya le perteneciera.
Candelabros altos, luz cálida, una botella de vino que no reconozco y copas demasiado frágiles para mi pulso tembloroso. Estoy sentada frente a él, aún con ese vestido diminuto que me hace sentir más desnuda que vestida. Nadie nos interrumpe. Aquí no hay reglas, sólo dinero… y él tiene demasiado.
Veinte millones, eso es lo que cuesta mi virginidad.
Lo observo. No puedo evitarlo.
Se ve…inmaculado, como si el caos nunca le rozara.
Su traje oscuro parece cortado a medida de un dios, y sus ojos—gris o verde, no lo sé todavía, no me atrevo a verle a la cara por mucho tiempo—me tienen atrapada.
No porque sean bonitos, sino porque me miran como si ya me conocieran.
Como si supiera cada rincón de mí… incluso los que me niego a aceptar.
—No comes —dice, su voz grave, pausada. Como si no estuviera sentado frente a una chica que fue vendida al mejor postor.
—No tengo hambre.
—Mentira —musita, con una leve sonrisa mientras corta un trozo de carne con una elegancia enfermiza—. Tienes miedo. El miedo corta el apetito.
Trago saliva, y sus ojos bajan a mi garganta, como si leyera cada estremecimiento.
Grises. Son grises.
—¿Quién eres? —me atrevo a preguntar. Las palabras me salen más como un susurro que como un reto.
Él alza la mirada, sin dejar el cuchillo.
—Un coleccionista.
—¿De qué?
—Cosas frágiles —responde, dejando el tenedor—. Cosas que nadie más sabe cuidar.
—¿Como yo?
—No. Tú no eres frágil. Eres… algo más.
Se reclina en la silla, sin apartar sus ojos de los míos. Su mirada se suaviza un segundo. O tal vez sólo me lo imagino.
—¿Cómo te llamas? —pregunto.
—Maximilian. Puedes decirme Max.
Max.
Tomo un pedazo de pan y lo meto a mi boca, puede ser una lija, se siente igual, la garganta me duele de tanto gritar y llorar en los últimos días.
Inclina la cabeza apenas, como si estuviera estudiando una pieza de arte maltratada.
—¿Siempre fuiste tan… obediente?
Le sostengo la mirada, aunque por dentro me tiemblan hasta los huesos.
—¿Y usted siempre tan arrogante?
Él ríe, apenas un soplo. Luego, me sorprende.
—Te llamaré Blancanieves .
Mi ceja se alza, sin poder evitarlo.
—¿Porque soy pálida?
También tengo el cabello oscuro. Y esa es mi princesa favorita, pero él no lo sabe.
—Porque estás envenenada y no lo sabes —dice, sin sonreír esta vez—. Y aun así, todos quieren un pedazo de ti.
Mi corazón se detiene un segundo. Él se inclina hacia mí, sus dedos tocando apenas el borde de mi copa.
—Pero yo… —susurra—. Yo no vine a devorarte.
Sus ojos arden cuando dice lo siguiente:
—Yo vine a devolverte el corazón… y con él, tu libertad.
No sé si lo odio o si quiero creerle. No sé si el temblor en mis manos es miedo o algo más desconocido.
Solo sé que nadie —nadie— me ha mirado así antes.
Como si, detrás de la mercancía, del cuerpo exhibido, del silencio obligado… todavía quedara alguien.
Todavía quedara yo.
Y por un segundo —fugaz pero real—, no me siento a la venta.
Me siento vista. Me siento recordada por mí misma.
—Cierra los ojos —ordena, su voz grave apenas un murmullo entre el estruendo lejano.
Sus ojos recorren el lugar con la precisión de un depredador, atento a cada sombra, a cada movimiento sospechoso.
El guardia que nos acompaña para custodiar la mercancía no parece un simple vigilante; en su postura hay una alerta constante, una ferocidad contenida.
Y como obediente que soy —o quizá porque intuyo que mi vida depende de ello—, obedezco.
Cierro los ojos, hundiéndome en la oscuridad que me regala un segundo de falsa calma.
Apenas lo hago, lo siento. Su cuerpo se mueve, sólido y firme, interponiéndose entre el peligro y yo.
El calor que irradia su proximidad me envuelve justo cuando el mundo estalla.
Los disparos empiezan como un trueno seco, uno tras otro, multiplicándose hasta que el aire se vuelve plomo y pólvora.
Cada estruendo me sacude el pecho, pero detrás de ese muro humano que me cubre, sé que no me alcanzan.
Sé que lo que sucede a mi alrededor no es caos sin sentido, sino el preludio de algo más grande: mi libertad.
Y mientras el estrépito de las balas retumba, nace en mí la certeza de que, aunque el miedo me aprieta la garganta, cada detonación me acerca un paso más a escapar de la jaula en la que me encerraron.