CAPÍTULO 9
Hunter
La jornada termina y el refugio empieza a apagarse.
Las voces se vuelven murmullos, las luces se atenúan y el aroma a café se disuelve en el aire frío que se cuela por la puerta cuando salgo.
No lo admito en voz alta, pero cada vez que cruzo ese umbral siento una presión en el pecho, como si mis pulmones olvidaran cómo respirar.
Hoy es peor. El corazón late demasiado rápido, y la sensación de encierro me persigue incluso en plena calle.
Llego a mi mini, abro la puerta, me siento, pero no enciendo el motor. Pongo las manos sobre el volante y trato de regular la respiración. No funciona. Necesito aire, movimiento, algo que me recuerde que puedo ir a donde quiera sin que nadie me lo impida.
Arranco y conduzco sin rumbo fijo, dejando que las luces de Londres se reflejen en el parabrisas como ráfagas de color.
Cruzo el puente de Waterloo y sigo hasta la South Bank, donde el Támesis se abre ante mí como una cinta oscura salpicada de reflejos dorados.
Aparco a un lado de la calle, bajo y camino hacia la orilla.
El aire helado me golpea de inmediato, picándome la nariz y enrojeciéndome las mejillas, pero no me importa. Me recuerda que estoy viva. Que sigo aquí.
A mi izquierda, el London Eye brilla como una corona de luces; a mi derecha, el Big Ben se alza con su imponente silueta iluminada. El murmullo constante del río me envuelve, mezclado con el eco de pasos lejanos y el rumor de la ciudad que nunca duerme.
Respiro hondo. No pienso en mañana, ni en la entrevista, ni en las caras que tendré que mirar. Solo me concentro en este instante, en este aire cortante que me llena los pulmones y me dice que, por mucho que mi historia me haya marcado, todavía hay espacios donde puedo existir sin miedo.
O al menos, eso quiero creer.
Apoyo las manos en la barandilla, dejando que el viento helado me muerda la piel. El Támesis se mueve oscuro y pesado bajo mis pies, reflejando las luces doradas de la ciudad. Cierro los ojos un instante, intentando dejar atrás la tensión del día, el nudo en el pecho.
—¿Acaso piensas saltar? —la voz, grave y perfectamente modulada, llega desde detrás de mí.
Me giro tan rápido que casi pierdo el equilibrio. Y ahí está.
Maximilian Hass.
De pie, a pocos pasos, vestido de negro impecable, el abrigo largo ondeando con la brisa.
Las farolas lo bañan en un juego de luces y sombras que acentúa cada línea de su rostro.
No lleva las manos a la vista; las mantiene en los bolsillos, como si estuviera completamente seguro de que no necesita usarlas para tener control de la situación… o de mí.
—¿Has estado… vigilándome? —pregunto, y mi voz suena más baja de lo que pretendía.
Él ladea la cabeza, con esa calma que desarma.
—¿Qué?
—No… debo estar loca.
Max avanza un paso, y siento cómo el aire se vuelve más denso, más suyo. Ese porte, ese físico, Dios, cada vez lo veo más hermoso y lo odio.
—¿Dónde dejaste a tu novio falso?
—No es falso… y debe… estar trabajando.
Su mirada se oscurece, su voz baja una octava.
—Y te dejó sola esta noche. Qué novio tan… confiado o estúpido.
—No estoy sola —respondo, clavándole la mirada—. Vengo de trabajar. ¿Y qué haces aquí de todas formas?
—Estoy cuidándote.
—Mi hermano debe de estar loco. No necesito que me cuides.
Max inclina el rostro hacia el mío, sus palabras rozándome la piel como una orden que no admite réplica.
—Eso no lo decides tú… Blancanieves.
Ese apodo… no me lo decía desde aquella noche. Esa noche que aún me quema la memoria.
Trago saliva, apartando la mirada hacia el agua, intentando recuperar el aire que su cercanía me roba.
No funciona. Max no es un hombre que pase inadvertido.
Es un hombre que ocupa espacio, que se adueña de él, que lo convierte en un territorio bajo su dominio.
Incluso este trozo de Londres, con sus luces reflejándose en el Támesis, parece inclinarse hacia él.
—No me llames así —susurro, aunque mi voz carece de la firmeza que quise darle.
—Entonces no me obligues a recordarte quién soy para ti —su respuesta es tan suave que duele más que si me gritara.
—¿Es eso? ¿Estoy en deuda contigo por haberme comprado esa noche?
Él inclina la cabeza apenas, con un gesto que mezcla incredulidad y diversión oscura.
—Me lo debes todo, Hunter. Incluso lo que crees que conquistaste por ti misma.
Mi pulso se dispara, pero no cedo terreno.
—¿Siempre tan arrogante?
—No, solo contigo —sus labios apenas se curvan, pero no hay calidez—. Y con cualquiera que intente tocar lo que es mío.
—Yo no soy tuya —digo, sin mirarlo, porque mirarlo sería admitir demasiado.
Él se acerca un paso más, reduciendo el espacio a una distancia que me obliga a notar su calor, su sombra cubriendo la mía.
—Ya veremos cuánto dura esa mentira —sus palabras se clavan como un anzuelo que sé que no podré arrancar sin sangrar.
El silencio se estira. Pasa un coche por la avenida, y la ráfaga de aire frío me golpea la espalda. Max no se mueve.
—Vuelve a casa, Hunter—ordena, no pide, no sugiere—. Y no me hagas venir a buscarte.
Gira sobre sus talones, se mete las manos en los bolsillos y se aleja con esa cadencia felina que me desconcierta tanto como me irrita. No mira atrás, porque sabe que lo estoy observando. Porque sabe que siempre lo haré, aunque me mate por dentro.