Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Hunter

El refugio huele a café recién hecho, a pan tostado y a algo más tenue, un perfume cálido que se mezcla con el aroma limpio del detergente. Es un olor que, para cualquiera, pasaría inadvertido, pero para mí significa algo: normalidad. Y aquí, la normalidad es un lujo.

Me quito el abrigo y lo dejo sobre una de las sillas, mientras mis ojos recorren la sala común.

Los sofás, aunque antiguos, están impecables; las mesas, llenas de pequeños objetos que alguien ha dejado para que las chicas se sientan menos en tránsito: velas aromáticas, una radio vieja que suena bajito con música tranquila, mantas dobladas en un cesto de mimbre.

En las paredes, carteles escritos en inglés, árabe, francés y ruso repiten el mismo mensaje: No estás sola.

Esas tres palabras son el núcleo de todo lo que hacemos aquí.

Les damos ropa limpia, un lugar seguro para dormir, un teléfono para llamar a sus familias…

pero lo que más pesa es que sepan que hay alguien que volverá mañana, y pasado, y al otro, porque eso es lo que más les cuesta creer: la permanencia.

Dejo una bolsa sobre la mesa. Dentro hay sudaderas nuevas, zapatillas, toallas suaves.

Aisha, una chica de apenas diecinueve años, se acerca para tomar una.

Sus manos tiemblan un poco cuando toca la tela.

No levanta la mirada, y no la presiono. Sé que el agradecimiento no se dice con palabras todavía.

Se dice con el hecho de que se atreva a acercarse.

—Son para ti, para que te sientas cómoda —le digo despacio, y ella asiente, apretando la prenda contra su pecho como si fuera un escudo.

En el pasillo, escucho risas suaves. Me asomo y veo a Clara, una voluntaria que lleva años aquí, enseñándole a una recién llegada cómo funciona la cocina común.

Le muestra dónde están las tazas, cómo se enciende la cafetera, y en ese gesto cotidiano hay algo profundamente sanador.

Nadie les está diciendo que obedezcan órdenes, que sonrían para agradar, que se vistan para complacer.

Aquí, lo único que importa es que se sientan humanas otra vez.

Me detengo frente a la ventana del pasillo, observando la calle.

Afuera, Londres sigue su curso: gente caminando rápido, coches pasando, lluvia fina que moja el asfalto.

Por un segundo, me asalta la sensación de que hay algo…

distinto. Como si una sombra se hubiera detenido más tiempo de lo normal.

La ignoro. Aquí, es mejor no dejar que la paranoia te robe el enfoque.

Regreso a la oficina pequeña del refugio para registrar la llegada de dos nuevas residentes.

El papel y la tinta son fríos, pero detrás de cada nombre hay una historia que pesa.

Una de ellas, Alina, apenas habla inglés, pero cuando le ofrezco un té caliente, su sonrisa tímida me recuerda a mí misma, aquella noche en la que pensé que nadie vendría a salvarme.

Respiro hondo, obligándome a anclarme al presente. Mi vida afuera es otra: un apartamento nuevo, un trabajo que me da un sentido que creía perdido. Pero cada vez que entro aquí, recuerdo que hay cosas que no se curan del todo.

Al cerrar el registro y salir al pasillo, vuelvo a mirar por la ventana. Esta vez, el reflejo en el cristal me muestra algo negro, elegante, estacionado más allá de la línea de coches normales. No lo reconozco… pero tampoco puedo apartar la vista. Parpadeo, y cuando vuelvo a mirar, ya no está.

Estoy revisando una lista de suministros cuando Clara aparece en el umbral de la oficina, apoyada con naturalidad en el marco de la puerta. Tiene esa sonrisa suya que mezcla entusiasmo con un dejo de travesura, como si estuviera a punto de lanzarme algo que sabe que me sacará de mi zona de confort.

—Mañana tendremos visita —anuncia, cruzando los brazos—. Un equipo de un noticiero local vendrá a grabar unas tomas del refugio.

Levanto la vista, curiosa, pero sin sospechar nada todavía.

—Eso es bueno, ¿no? Siempre viene bien que más gente conozca lo que hacemos aquí.

—Exactamente —dice, y su sonrisa se ensancha—. Y quieren que tú seas la vocera.

Cierro el bolígrafo con un clic que suena más fuerte de lo que debería.

—¿Yo?

—Tú —confirma, como si fuera lo más obvio del mundo—. Solo responderás algunas preguntas sencillas: qué es St. Pearl, cómo ayudamos, de qué manera las personas pueden donar o involucrarse. Nada complicado, pero tu historia y tu presencia pueden inspirar a mucha gente.

Un calor incómodo me sube por el cuello. No es que no pueda hablar frente a una cámara… es que no me gusta la idea de ser el centro de atención. No aquí, no por lo que viví. La parte de mí que quiere permanecer invisible empieza a temblar.

—Clara… no sé si… —empiezo, pero ella me corta con un gesto suave de la mano.

—Hunter, lo haces todos los días con las chicas. Les hablas, les das esperanza, las conectas con recursos. Esto es lo mismo, solo que habrá una cámara. No pienses en la audiencia. Piensa en que, si alguien nos ve y decide donar o enviar ayuda, será por tus palabras.

Suspiro, mirándola, y sé que tiene razón. Si mi voz puede servir para algo más que cargar con mi propio pasado, entonces tal vez valga la pena.

—Está bien —acepto al fin, aunque la tensión en mi pecho no afloja—. Pero prométeme que no habrá preguntas personales.

—Palabra de voluntaria veterana —dice, con una pequeña reverencia antes de marcharse—. Y ponte algo que grite “confianza”, mañana vas a estar en la tele.

Me quedo sola en la oficina, con el murmullo lejano de las chicas en la sala común y esa sensación inquietante de que cada paso que doy hacia adelante… de alguna forma, me acerca de nuevo a algo que creí haber dejado atrás.