CAPÍTULO 7
Maximilian
La observo desde la sombra de mi coche, el motor apagado, el cristal polarizado como un párpado cerrado que me permite verla sin que ella sepa.
Está saliendo del edificio con Josephine a su lado, las dos hablando mientras bajan los escalones.
Josephine gesticula con la mano libre, acariciando con la otra su vientre, y Hunter la escucha, sonriendo en ese modo en que sonríe cuando intenta parecer tranquila, pero sus ojos siguen vigilantes. Siempre vigilantes.
Mi pequeña Blancanieves. Se olvida de que no puede moverse libremente por este mundo. O peor… quiere olvidar. Piensa que un nuevo apartamento y una vida “independiente” le dan libertad, como si el pasado no supiera rastrear direcciones nuevas. Como si no hubiera sombras que ya memorizaron su olor.
Se abrazan antes de separarse. Josephine se marcha hacia su coche, y Hunter camina sola hasta el suyo.
Un Mini Cooper blanco con techo negro. Pequeño, femenino, llamativo.
Un coche de ciudad que grita que pertenece a alguien que quiere ser vista, aunque ella jure lo contrario.
Me he dado cuenta de que no solo va a vivir sola…
sino que también tiene un nuevo trabajo.
Claus también mencionó esa mierda y no lo podía creer, pero verlo con mis propios ojos es distinto.
Voluntaria en un refugio para mujeres. Noble, sí.
Peligroso, más aún. Porque los monstruos siempre vuelven a oler la sangre, incluso la que está intentando sanar.
Pienso en llamar a Theron. Decirle que vigile mejor a su hermana. Preguntarle quién la cubre, quién revisa sus rutas, quién sabe cuándo entra y cuándo sale. Pero descarto la idea casi al instante. No necesito pedir permiso. No necesito explicaciones. Hunter no es asunto de Theron.
Es mío.
Y es por eso que estoy aquí, como un halcón en lo alto, acechando, observando cada paso.
Sigo su silueta hasta que abre la puerta del coche y se acomoda al volante.
Sus manos, cubiertas por ese guante de cuero que esconde más de lo que el mundo sabrá jamás, se aferran al volante con la determinación de alguien que cree tener el control.
Sonríe al encender el motor. No sabe que la estoy mirando. No sabe que no voy a dejar de hacerlo. Cuando da marcha atrás y sale a la calle, enciendo mi coche y me incorporo al tráfico con la precisión de un depredador que no necesita correr para atrapar a su presa.
Y tocando la cicatriz en mi pecho, no la pierdo de vista.
La sigo a distancia en mi Aston Martin, midiendo cada giro, cada semáforo.
Londres a esta hora es un laberinto vivo, con luces, ruido y rostros anónimos que no miran más allá de sus teléfonos.
El tipo de ciudad donde cualquiera puede desaparecer…
o ser seguido sin darse cuenta. Hunter conduce con seguridad, como si conociera de memoria cada calle que pisa.
No toma rutas obvias, pero tampoco sospechosas.
Tal vez crea que la costumbre es protección.
Tal vez crea que no hay nadie detrás de ella.
El Mini se detiene frente a un edificio de ladrillo antiguo, con un letrero sencillo: St. Pearl Women’s Refuge. Discreto. Silencioso. El tipo de lugar que parece invisible para cualquiera que no sepa lo que hay dentro. Un refugio. Un santuario… o eso intentan que sea.
Aparco dos coches más atrás, lo suficientemente lejos para no llamar la atención.
Desde aquí la veo bajar, abrir el maletero y sacar una caja de cartón con lo que parecen ser mantas dobladas.
Lleva un jersey beige, jeans oscuros. La veo hablar con una mujer mayor que la recibe en la puerta.
Sus hombros se relajan apenas. Se ríe de algo que le dicen.
No se da cuenta de que la calle detrás de ella es un océano de desconocidos.
No se da cuenta de que la libertad que cree tener es solo una ilusión frágil.
La observo entrar al edificio. Espero unos segundos, contando mentalmente.
Después saco el móvil y marco un número que no figura en ningún registro oficial.
—Quiero un equipo aquí. Sin contacto. Turnos de doce horas. Nadie se le acerca sin mi aprobación —ordeno.
—¿Nombre? —pregunta la voz al otro lado.
—Hunter Sterling.
Cuelgo sin esperar más. No me importa cuánto cueste, ni quién tenga que mover hilos. Si ella cree que puede vivir su vida como si el pasado no existiera… yo seré el recordatorio invisible de que sí.
Y si alguien intenta acercarse, sabrá lo que significa encontrar una moneda con una cobra grabada en la palma.