CAPÍTULO 6
Hunter
Un mes después
El eco de nuestros pasos resuena por el pasillo vacío.
Todavía huele a pintura fresca y a madera recién cortada, el aroma de algo que empieza, aunque esté a medio construir.
El piso está cubierto con láminas protectoras y las paredes, aún desnudas, esperan los muebles que harán que este espacio deje de ser solo un apartamento y se convierta en mi refugio.
Miro alrededor, y por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy en un lugar que no carga fantasmas ajenos.
Este será mío. Con sus imperfecciones, sus esquinas, su luz imperfecta.
—¿Estás segura de que quieres irte a vivir sola? —pregunta Josephine, recorriendo la estancia con la mano sobre su vientre, acariciando esa nueva vida que crece dentro de ella—. Puedes quedarte con nosotros. Es tu casa.
Me detengo frente a la ventana que da a la calle y sonrío, aunque no me gire hacia ella.
—No. Ustedes pronto serán tres, y necesitan su espacio.
—Vivimos en una mansión, Hunter. Espacio nos sobra —responde, con esa mezcla de ternura y firmeza que la caracteriza.
Me acerco, la rodeo con los brazos y apoyo la frente contra su hombro. Su calor siempre me ha dado una paz extraña.
—Sí… y yo necesito algo que no sea una mansión. Necesito un lugar donde cada rincón me pertenezca. Donde pueda cerrar la puerta y sentir que nadie puede entrar si yo no lo quiero.
Ella no responde de inmediato, pero su abrazo se ajusta un poco más. No necesita entenderlo por completo para respetarlo. Nos separamos y vemos a mi alrededor.
En la cocina improvisada —solo un mesón cubierto por herramientas y materiales— dejo mi bolso sobre una silla plegable. Me inclino, sacando una carpeta con papeles y fotos que Josephine hojea por curiosidad.
—¿Y esto? —pregunta.
—Un proyecto personal… y un cambio de vida. —Sonrío apenas—. Conseguí trabajo de voluntaria en el refugio St. Pearl. Es para mujeres que han sobrevivido a la trata.
Sus ojos se suavizan. Sé que entiende sin que tenga que explicarle más.
—Tuve suerte de que Theron me dejara en paz cuando comencé a trabajar allí —añado, como quien confiesa un milagro—. Al principio no le gustaba la idea, pero después lo aceptó.
—Es grandioso lo que haces, Hunter. Ayudar a otras chicas como nosotras… —su voz se quiebra apenas, y no necesito que termine la frase.
Nos quedamos en silencio unos segundos, cada una pensando en sus propias cicatrices, en lo que dejamos atrás… y en lo que nunca se va.
El timbre suena y me sobresalta. No espero a nadie. Camino hasta la puerta y la abro.
Frente a mí, una mujer de piel morena y rizos sueltos que parecen bailar con la luz tenue del pasillo sonríe con la naturalidad de quien ha decidido que las primeras impresiones importan. Lleva en las manos una lámpara envuelta con un moño dorado.
—Bienvenida —dice, extendiéndola hacia mí—. La iluminación en este lugar es espantosa, así que te traje una lámpara de bienvenida. Soy Willow, tu vecina de al lado.
Parpadeo, sorprendida, pero acepto el regalo. Es cálida, directa, como un rayo de luz que irrumpe en un cuarto que ha estado demasiado tiempo cerrado.
—Hunter —respondo—. Encantada.
Willow apenas cruza la puerta para saludar cuando el sonido de herramientas y voces masculinas me recuerda que no estoy sola.
—Esto todavía es un caos, pero pasa, por favor —digo, apartando con el pie una caja medio abierta para dejarle espacio—. ¿Quieres algo de tomar? Solo puedo ofrecerte agua embotellada… todavía no tengo ni vasos decentes.
Willow sonríe con naturalidad y me entrega la lámpara, acariciando la base como si evaluara su peso.
—No te preocupes, se nota que tienes las manos llenas —responde, y sus ojos recorren la estancia con una curiosidad amistosa, como si ya estuviera imaginando cómo quedará todo cuando esté terminado.
Le presento a Josephine, que da un paso adelante y le extiende la mano con una sonrisa cálida pero medida. Willow la toma sin dudar, y en ese breve apretón hay una lectura silenciosa, el instinto rápido de dos mujeres que saben reconocer a otra en cuestión de segundos.
En el fondo del pasillo, dos hombres cargan tablones de madera y un tercero revisa un plano extendido sobre una caja improvisada como mesa. El contratista, un tipo alto con barba cuidada y brazos marcados por el trabajo, levanta la vista al escuchar mi voz.
—Así que esta es la dueña, señorita Sterling. —dice, sonriendo como si ya me conociera de antes—. No esperaba que fuera alguien tan… joven. Soy Dylan.
Su mirada recorre más de lo que debería, con una pausa que me incomoda, pero que he aprendido a manejar con una máscara de indiferencia.
Conseguí el contacto de Dylan por Instagram, me fascinó todo su catálogo y las reformas minimalistas en él.
Pero todo lo hablamos por teléfono y por correo electrónico.
Es la primera vez que nos vemos en persona desde que la reformas comenzaron.
—Y con buen gusto —añade, señalando la lámpara que aún tengo en las manos—. Aunque creo que no hará falta, la luz te favorece.
Siento la presencia de Josephine a mi lado, su silencio es tan elocuente como un suspiro. Willow, en cambio, arquea una ceja y sonríe, pero no es una sonrisa de aprobación; es la de alguien que acaba de leer toda la escena y no piensa guardárselo.
—Encantada —respondo, manteniendo la voz neutra, como si su comentario no hubiera tenido ningún efecto—. Confío en que el apartamento esté listo a tiempo. ¿Verdad?
—Por supuesto —dice él, inclinándose un poco más de lo necesario para alcanzar un destornillador sobre la mesa improvisada—. Cuando algo vale la pena, se cuida… y se entrega en perfectas condiciones.
Willow finge toser y Josephine la mira con una expresión que mezcla incredulidad y diversión. Yo respiro hondo, recordándome que este lugar es mío y que nadie cruza los límites que yo no permita.
—Bueno —interviene Josephine, con ese tono de cuñada protectora que no admite discusión—, Hunter tiene mucho que organizar, y nosotras tampoco queremos interrumpir su trabajo.
El contratista asiente, pero sus ojos permanecen un segundo más sobre mí antes de volver a sus planos. Siento la mirada de Willow, curiosa, mientras camino hacia la cocina para dejar la lámpara.
—¿Siempre recibes ese tipo de… servicio? —pregunta Willow, con media sonrisa.
—Solo cuando la gente cree que puede —respondo, y aunque suene ligera, sé que Josephine capta la sombra que hay debajo.
—¿A qué te dedicas, Willow? —pregunta Josephine, y no necesito verla para saber que esa es la voz entrenada de alguien que ha aprendido de mi hermano a evaluar, casi sin darse cuenta, a toda persona que se acerca a mí.
—Soy enfermera. Trabajo en el hospital central de Londres.
—Oh, mi esposo trabaja ahí también —responde Josephine con un gesto de sorpresa sincera—, es neurocirujano.
Willow se queda en silencio un par de segundos, como si su mente conectara piezas que no esperaba. Sus ojos se apartan de Josephine para posarse en mí, una chispa de reconocimiento encendiéndose en su expresión.
—Espera… Sterling. —Su voz se suaviza, pero tiene esa curiosidad inevitable de quien está atando cabos—. ¿Eres hermana del doctor Theron Sterling?
Hago un gesto de resignación exagerada, dejando que una sonrisa torcida suavice el golpe.
—No me lo recuerdes —bromeo, aunque ambas saben que detrás de la broma siempre hay algo de verdad.
Willow suelta una risa ligera, pero enseguida asiente con una seriedad que no esperaba.
—El doctor Sterling es una celebridad… y ha hecho mucho por nosotros en el hospital. No solo por los pacientes, sino por el personal. Lo respetamos muchísimo, me alegro de tener a su hermana como vecina.
Josephine sonríe, orgullosa, aunque sé que en su cabeza ya está evaluando si Willow es el tipo de persona que podría formar parte de mi pequeño y selecto círculo de confianza.
Yo, en cambio, me limito a devolverle una mirada amigable a mi nueva vecina, sin decir en voz alta que, a pesar de la reputación de mi hermano, su sombra es demasiado larga para que yo pueda moverme libremente.
El sonido de botas pesadas contra el piso interrumpe el momento.
El contratista entra desde el pasillo con un plano enrollado bajo el brazo y un lápiz detrás de la oreja.
Su camiseta gris, manchada de polvo y pintura, se ajusta lo suficiente para dejar claro que sabe lo que hay debajo, y que probablemente lo usa como parte de su encanto.
—Señorita Sterling —me llama por mi apellido con la familiaridad de alguien que se ha permitido usarlo más veces de las necesarias—, vengo a confirmar lo de la instalación eléctrica del dormitorio.
Su mirada recorre la habitación y se detiene en mí como si quisiera tomarme medidas invisibles, y sé reconocer ese brillo en los ojos. Lo he visto mil veces. No es profesional. No es accidental. Es cálculo.
—Claro, ¿qué pasa con eso? —pregunto, manteniendo el tono neutral, como si no hubiera notado nada.
—Nada que no podamos solucionar —responde, y la sonrisa que acompaña sus palabras tiene un matiz que me obliga a mantener la barbilla en alto—. Pero sería mejor que lo revisáramos juntos. Así puedo asegurarme de que todo quede… a tu gusto.
No tengo que mirar para saber que Josephine lo está fulminando en silencio, ni que Willow, a mi derecha, ha captado cada matiz de su entonación. De hecho, la escucho carraspear suavemente, como si se estuviera conteniendo para no hacer un comentario.
—Aprecio tu dedicación —respondo, sin moverme de donde estoy—, pero confío en que puedes manejarlo sin mí.
El contratista sostiene mi mirada un segundo más del que debería, antes de asentir y marcharse con el mismo paso seguro con el que entró. Cuando la puerta se cierra detrás de él, Josephine y Willow intercambian una mirada que no necesito interpretar: un pacto silencioso de “lo hemos visto”.
—Bueno… —dice Willow, rompiendo el silencio—, al menos vas a tener entretenimiento durante las reformas.
Josephine rueda los ojos y yo dejo escapar una risa breve, aunque por dentro me repito que este apartamento es para tener paz, no para abrir otra puerta a la incomodidad.