Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Hunter

El vestido me aprieta más el pecho que la ansiedad. Es negro, de escote asimétrico, con una abertura que deja ver la pierna izquierda hasta el muslo. Elegante. Impecable. Estratégicamente diseñado para proyectar poder. Pero yo sé la verdad: no hay tela que cubra el temblor que llevo por dentro.

Mi cabello cae en ondas negras, brillantes, domesticadas con precisión quirúrgica.

Los ojos, delineados en tonos ahumados, proyectan una seguridad que no siempre siento.

El labial rojo sangre completa el disfraz.

No el de belleza… el de control. Y como último accesorio, el guante de cuero que cubre los dos últimos dedos de mi mano izquierda.

Negro, discreto, ajustado. Nadie pregunta por él.

Nadie se atreve. Porque lo que oculta no es moda…

es memoria. La ausencia de un meñique. Un pedazo de mí que alguien decidió arrancar.

Simon va a mi lado. Lleva un traje azul medianoche, perfectamente entallado, la corbata torcida a propósito para parecer relajado. Tomamos la mano del otro con la naturalidad de quienes han ensayado esto cien veces. Sonríe. Yo también. Todo es apariencia. Todo es mentira.

Cuando cruzamos la entrada, la casa de Theron parece una maldita postal de lujo desmedido.

Columnas de mármol, candelabros de cristal, arte moderno y camareros con guantes blancos.

Una sinfonía de riqueza, poder y secretos bien escondidos.

Me obligo a avanzar, a no mirar atrás. A no buscar… lo que mi cuerpo ya está sintiendo.

Antes de que pueda caer en mi propio abismo, escucho una voz dulce y familiar.

—¡Hunter!

Josephine. Embarazada. Radiante. Más suave que todo este mundo de acero.

La abrazo con cuidado, mis manos temen apretar de más. Su barriga ya es evidente y se ve feliz, tranquila… como si el caos no la tocara. Envidio eso.

—Estás hermosa —le digo, con una sonrisa real.

—Tú también. ¿Y él es…?

—Simon —respondo, antes de que ella termine la pregunta—. Mi novio.

Simon besa su mano como un perfecto caballero. Ella le sonríe con esa mirada maternal que todo lo escanea sin emitir juicio.

Luego aparece él. Theron. Mi hermano. Con ese ceño perpetuo como si cargar el mundo sobre los hombros fuera parte de su ADN. Me observa, me estudia, y luego clava los ojos en Simon como si estuviera analizando un virus bajo el microscopio.

—Tienes cinco segundos para explicarme por qué este pendejo está de tu brazo —gruñe.

—Theron, por favor…

—Relájate, nena. —interviene Simon, con una sonrisa que más que calmar, tensa el ambiente—. Estoy desarmado.

Theron no ríe. Solo entrecierra los ojos. Y en ese segundo, sé que ya lo investigó. Porque él no se queda con la primera capa. Nunca lo ha hecho.

Minutos después, cuando los demás están distraídos, mi hermano me aparta con una copa en la mano.

—Ese novio tuyo… dices que es abogado.

—Lo es. ¿Por qué?

—¿Sabías que tiene deudas?

La sangre me baja de golpe.

—¿Qué?

—Más deudas que contratos con clientes. Cuentas congeladas. Demandas pendientes. Está endeudado hasta las pestañas.

—¿Lo investigaste?

—Obvio. Eres mi hermana.

—No puedo creerlo…

—Yo sí. No confío en nadie que te mire como si no supiera lo que vale lo que tiene al lado.

Quiero responder. Defenderme. Fingir un poco más. Pero no me da tiempo.

Porque entonces, lo siento.

No lo veo. No aún. Pero mi cuerpo reacciona antes que mis ojos. Es como si el aire se espesara, como si la sangre se congelara a la mitad del trayecto. Una presencia. Una energía. Una sombra que nunca desapareció del todo. Me tambaleo. Mi mano busca algo y Theron me sostiene por el brazo.

—¿Estás bien?

Levanto la vista.

Noel, el hermano de Josephine. Claus, el mejor amigo de mi hermano y que es como otro hermano mayor para mí entran con...

Y en el momento exacto en que Maximilian Hass, Viper. entra en la habitación, la fachada se resquebraja.

—¿No se suponía que ya lo habías superado? —susurra Theron, sin soltarme.

—No tengo nada que superar —miento, clavando los ojos en esa figura de traje negro y rostro impenetrable—. Maximilian me salvó, ¿recuerdas? Eso es todo.

—Estás nerviosa.

—Han pasado meses desde que lo vi… después de que… —mi voz se quiebra, pero no caigo—. Después de que lo hirieran. Después de que nos llevaran… a mí… y a Josephine.

Theron no dice nada por unos segundos. Luego toma mi mano. La aprieta. Firme. Real. Presente.

—No pienses en eso. Estamos aquí.

—Sí. Estamos aquí —respondo. Aunque ya no estoy tan segura de si eso es un alivio…

o una advertencia.

Mi garganta se cierra antes de que pueda evitarlo. El aire ya no entra como debería. Es un segundo, un latido, una imagen congelada en una película sin sonido… pero lo llena todo.

Maximilian.

Su nombre no sale de mi boca, pero retumba en cada rincón de mi cuerpo.

Traje negro, impecable. Camisa blanca, con corbata.

El primer botón abierto como si el protocolo le diera igual.

Sus pasos son firmes, su espalda recta, su rostro tan sereno que parece esculpido en piedra.

Pero yo sé. Yo lo conozco. Cada línea de su mandíbula, cada sombra bajo sus ojos, cada silencio que carga.

Noel camina junto a él, relajado como siempre, medio riéndose de algún comentario de Claus. Pero Max no ríe. No se detiene. Y aunque aún no me ha mirado directamente, sé que lo hará. Lo está alargando. El castigo es ese.

Y no es cualquier mirada. No es una casualidad. Es una embestida silenciosa. Como si me arrancara la máscara con solo alzar la vista.

Sus ojos se clavan en mí y, por un segundo, no hay ruido. No hay música. No hay gente. No hay Simon. Solo nosotros. Solo Max y yo. Y esa distancia infinita entre dos personas que fueron algo sin tener nombre.

Me sostiene la mirada sin parpadear. No sonríe. No frunce el ceño. No se altera.

Pero yo… yo me derrumbo por dentro.

Mi cuerpo recuerda el peso de sus manos. El timbre exacto de su voz cuando me decía que no me dejaría. El frío del suelo cuando lo vi sangrar. La oscuridad que vino después. Todo está ahí. Entero. Vivo. Ardiendo bajo la superficie de una piel que he intentado anestesiar desde entonces.

Mi novio falso llega a mí. Simon, que no entiende nada, aprieta ligeramente mi cintura. Me sobresalto. Max lo ve. Su ceja apenas se levanta, como si acabara de ver una mancha en un cuadro que él mismo pintó.

Ahora… camina hacia mí.

Lento. Como si no hubiera nadie más en la fiesta. Como si el mundo entero se comprimiera en el trayecto que hay entre sus pasos y mi corazón.

Siento a Theron tensarse a mi lado, pero no se interpone. No ahora.

Y ahí, justo antes de que Max llegue, antes de que diga una palabra, antes de que siquiera respire frente a mí, lo supe.

Me va a destruir.

Otra vez.

Y esta vez… voy a dejar que lo haga.

Doy un paso atrás, rompiendo el contacto visual, fingiendo que no tiemblan mis rodillas, que la piel no me arde donde sus ojos se posaron.

No puedo quedarme ahí. No puedo respirar con él tan cerca.

Necesito espacio. Aire. Falsedad. Lo que sea, menos esa maldita verdad que se instala en mi pecho con su presencia.

—Voy al baño —le murmuro a Simon, sin esperar respuesta. No me sigue. Sabe que no debe.

Camino con pasos calculados, espalda recta, como si no me estuviera desmoronando con cada zancada. Cruzo el salón decorado con luces cálidas, risas y música instrumental que no logro escuchar. Todo se desdibuja. Sólo quiero cerrar la puerta. Separarme de él. Aunque sea por minutos.

Empujo la puerta del baño con más fuerza de la necesaria y me encierro. El click de la cerradura es lo único que me reconecta con algo parecido al control. Me apoyo sobre el lavabo. Respiro por la nariz. Exhalo por la boca. Otra vez. Otra vez.

No sirve.

El espejo frente a mí me muestra una versión editada de lo que siento. El vestido negro, el maquillaje impecable, el cabello ondulado que tarda horas en lograr ese equilibrio perfecto entre el descuido y el deseo. Todo intacto. Pero mis ojos… mis ojos no mienten. Y mi cuerpo… tampoco.

Me doy vuelta para intentar calmar el temblor de mis manos cuando la puerta se abre de golpe, sin anuncio.

Y ahí está él.

Max.

Cierra la puerta con la misma calma con la que solía cargar un arma. Su cuerpo ocupa el espacio como si el resto del mundo no importara. No habla. No necesita. Porque todo en su presencia grita.

Esa puerta estaba cerrada con llave. ¿Cómo es que…

—¿Qué haces? —pregunto, con una voz que no reconozco como mía. Baja. Dura. Vacía.

—Respira —responde él, y juro que esa palabra no debería doler como lo hace.

—No puedes estar aquí.

—Puedo estar donde me dé la gana.

—Sal de este baño.

—Oblígame.

Su voz no se eleva. No se agita. Pero la amenaza está ahí, envuelta en calma, envuelta en historia. En todo lo que no dijimos.

Retrocedo un paso. Él avanza uno.

—¿Por qué estás aquí, Max?

—Porque tú estás aquí.

—No me sigas.

—Demasiado tarde.

Quiero gritar. Quiero empujarlo. Quiero hacerle daño. Pero en lugar de eso, lo miro. Y me odio por todo lo que aún siento.

—No tienes derecho a irrumpir así en mi vida —escupo, con el corazón latiendo como tambor de guerra—. No después de desaparecer. No después de dejarme con la sangre de todos en las manos. No después de abandonarme. No tienes derecho, Max.

Se acerca. Dos pasos. Estoy contra la pared. Otra vez.

—¿Y tú? —me lanza, suave, cruel, real—. ¿Tú tienes derecho a caminar del brazo de otro? ¿Vas a besarlo frente a mí? ¿A fingir que no me soñaste cada noche?

—No finjo —miento.

Él se inclina. Su rostro a centímetros. Su aliento me roza la piel como un maldito recuerdo.

—Lo haces. Eres una obra de teatro vestida de princesa. Pero tus ojos no mienten. Ni tu cuerpo. Ni la forma en que tiemblas cuando estoy cerca.

—Vete, Max.

—No.

—¡Vete!

—No hasta que me digas la verdad.

—¿Cuál verdad?

—Que aún me sientes.

Y ahí estoy. Contra la pared. Atrapada entre el hombre que me salvó y el hombre que me dejó. Entre las ganas de escupirle todo lo que me destruyó y la necesidad maldita de tocarlo, aunque sea una última vez.

— Te odio —susurro.

Sus ojos bajan a mi boca. Y cuando me mira otra vez, arde.

Su aliento roza mi boca. Está tan cerca que puedo contarle las cicatrices si tan solo me atreviera a alzar la mano.

Mis dedos se cierran en puños a ambos lados del cuerpo, temblando con una mezcla venenosa de rabia y deseo.

Lo odio. Lo necesito. Lo detesto. Lo extraño.

Y sé que si me besa… no voy a poder fingir que no lo estuve esperando todo este tiempo.

—Entonces bésame con eso —susurra él.

Su voz es un disparo contenido. No hay urgencia. No hay súplica. Solo certeza. Esa maldita certeza con la que siempre me envolvió… como si el mundo girara a su favor y yo solo fuera una extensión de su voluntad.

Sus labios se acercan un poco más. No me toca. No me invade. Solo me acorrala con la forma en que me mira. Y ahí está: el momento. Suspendido. Afilado. Cargado como una tormenta a punto de caer. Mis latidos gritan. Su pecho sube y baja como si contuviera fuego.

Pero no se mueve. No me besa.

Y yo tampoco cedo.

Nuestras bocas están a un suspiro de distancia, pero ninguno cruza la línea. Porque sabemos que si lo hacemos… no habrá marcha atrás. Porque sabemos que un beso de él no es un gesto: es una guerra.

Me aparto. No mucho. Lo suficiente para que el aire regrese, aunque esté envenenado.

—No lo hagas —le digo, con la voz ronca, como si me estuviera arrancando cada sílabа desde las entrañas—. No empieces lo que no piensas terminar.

Él no se inmuta. No se disculpa. Solo me observa. Con esa expresión que nunca aprendí a leer del todo. Como si me entendiera mejor que yo misma. Como si me hubiera reconstruido y deshecho con una sola mirada.

—No vine a terminar nada, Hunter.

Trago saliva. Muerdo el interior de mi mejilla. Mis ojos queman, pero no lloraré. No por él. No otra vez.

—Vete y deja de jugar conmigo. —le exijo, aunque su presencia ya se me haya metido bajo la piel otra vez.

Max da un paso atrás. Solo uno. Luego se gira y abre la puerta como si la conversación no le hubiera desgarrado nada. Pero antes de salir, se detiene y sin mirarme, deja caer una frase que me parte por dentro.

—No vine a jugar, vine a reclamar lo que el mundo me debe… y eso empieza contigo.

Y se va.

Como si el fuego no acabara de pasar por este cuarto.

Me quedo sola. Otra vez.

Con los labios que casi lo tocaron.

Con el corazón desarmado.

Y con una verdad brutal latiendo en mi pecho:

Todavía soy suya.

Aunque no lo quiera.

Aunque no lo diga.

Aunque me mate por dentro.