CAPÍTULO 2
Hunter
Londres, Inglaterra
Me siento en el borde de la cama como si no me perteneciera.
Como si fuera parte de un escenario en el que nunca quise actuar.
La sábana aún está tibia, aunque no por él.
Simon duerme con el torso desnudo y la boca entreabierta, una mano colgando del borde, roncando como si no tuviera ninguna culpa en el mundo. Y en realidad, no la tiene. No conmigo.
El único pecado de Simon es haber dicho que sí cuando le ofrecí dinero para fingir que me ama.
Lo conocí en un bar. Un abogado ambicioso, inteligente, con los huesos afilados y una sonrisa de cabrón encantador. Lo vi besarse con un hombre en los baños del club privado donde me escondía de mis propios pensamientos. Fue ahí cuando supe que era perfecto. No por quién es. Sino por lo que no es.
No es Max.
Le hice la propuesta una semana después.
Dinero mensual, eventos sociales, una historia común lo bastante creíble como para que mi hermano dejara de hacer preguntas y mi nombre desapareciera de las malditas columnas de escándalos.
Él se rio. Pensó que era una broma. Luego vio el número en la transferencia inicial… y dejó de reír.
No me juzgó. Tal vez porque tiene sus propios fantasmas. O tal vez porque a veces los rotos nos reconocemos entre nosotros.
El problema no es Simon. El problema soy yo. Y este hueco en el pecho que no se llena, ni con dinero, ni con hombres, ni con whisky caro.
Camino hasta el baño. El suelo está helado, pero no tanto como lo estaba aquella noche. La noche en que creí que Max era el final de todo. Y resultó ser solo el inicio de la caída.
Me miro al espejo. Hay maquillaje en la comisura de mis ojos. Un rastro de rímel seco que no me molesté en borrar. A veces no duermo. A veces sueño con su voz. Con esa forma en que me llamaba: Blancanieves. Suavemente. Como si no estuviera rota. Como si fuera suya. Como si pudiera salvarme.
Pero eso fue antes.
Antes de que me soltara.
Antes de que desapareciera cuando más lo necesitaba.
Los demonios iban a venir despues. Nadie me lo advirtió. Y él ya no estaba ahí para apartarlos como lo hizo la primera vez.
Antes de que me quedara con su nombre en la garganta y la sangre de otros en las manos.
Abro el cajón, saco un frasco de pastillas para dormir, lo miro y lo dejo donde estaba. No porque tenga miedo. Sino porque ya ni siquiera me hacen efecto.
Vuelvo a la habitación y Simon ha despertado. Se frota los ojos, bosteza. Me mira y sonríe. Nunca me he acostado con el pobre tipo.
—¿Quieres café?
—No —respondo, secamente. Me siento en la silla de terciopelo frente a la ventana y enciendo un cigarro—. Solo quiero que recuerdes lo que tienes que decir cuando estemos en casa de Theron.
—Claro, claro. Nueve meses juntos. Te pedí que fueras mi novia en Cerdeña.
Tu hermano lo odia. Yo lo ignoro. No me gusta el vino tinto ni los gatos.
Pero sí los trajes de diseñador —dice todo como una lista de supermercado, mientras se estira como si de verdad le importara.
Luego me lanza una mirada de reojo y añade—: Si quisieras, podríamos hacer esto sin tanto guión. Podríamos intentarlo de verdad.
Lo miro. Él sonríe. Ambos sabemos que miente.
Y que yo no puedo.
—Tú eres gay, Simon. Y yo estoy jodida.
Él alza las manos como si se rindiera.
—Touché.
Vuelve a acostarse. Yo no me muevo. Porque la verdad es esta: estoy pagando para fingir que ya lo superé.
Que Max no me dejó hecha pedazos. Que no sigo pensando en él cada maldita noche.
Y lo peor de todo es que, aunque finja, aunque mienta, aunque Simon bese mi mejilla frente a todos como si me amara…
nunca me ha besado en la boca, ni en privado, las reglas son claras y el sexo, bueno.
Sigo siendo una jodida virgen, la virgen que una vez Max compró.
Tiene que funcionar, me repito como un mantra. Sé que él estará ahí, a tiempo para ver que lo he superado, que no lo perdono por haber desaparecido. Sé que no funcionará.
Porque si Max aparece otra vez, me va a desarmar con solo mirarme.