Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

VIPER

L a pantalla parpadea un segundo antes de devolverme el único rostro que me importa.

Hunter Sterling aparece congelada en una fotografía capturada desde un ángulo lejano, pero suficiente para reconocer cada línea de su silueta.

Como si pudiera ocultarse del mundo detrás de un cristal, y una chaqueta de cuero que no le pertenece.

Esa es su forma de protegerse: envolverse en lo ajeno para que nadie vea que sigue rota por dentro.

Pero yo la conozco. Y nada de lo que se ponga encima va a apagar la luz que emite cuando cree que nadie la está mirando.

Mis hombres creen que estoy investigando una nueva célula de trata en Inglaterra.

Lo dejo correr. No es mentira, pero tampoco es verdad completa.

La imagen en pantalla es parte de otra operación que sólo yo entiendo.

Una búsqueda que no he compartido con nadie.

Porque ya aprendí. Porque confiar fue lo que me costó todo.

No tengo un segundo al mando, tengo tres.

Tengo un círculo íntimo. Los que trabajan para mí lo hacen con miedo, con respeto, con distancia.

Porque yo no acerco a nadie. No después de ella.

No después de haberla sostenido con los brazos abiertos solo para ver cómo la arrancaban de mí mientras me desangraba en el suelo.

Por confiar. Por bajar la guardia. Por pensar que había alguien más capaz de protegerla como yo.

Así como se llevaron a mi madre y mis hermanas gemelas y me las devolvieron en pedazos, literalmente.

Abro el cajón de mi escritorio y deslizo los dedos sobre una pequeña caja de madera negra.

En su interior, la bala. La misma que me perforó el pecho aquella noche.

A veces la saco solo para mirarla, para recordarme que el dolor físico no fue lo peor.

Lo que verdaderamente jodió todo fue su grito.

La forma en que pronunció mi nombre con una desesperación que jamás podré olvidar.

Hunter gritó por mí mientras se la llevaban.

Y yo, tirado en el suelo, sin poder moverme, sin poder gritar de vuelta, supe que no habría redención suficiente en esta vida para perdonarme por fallarle .

Me llevo la mano al pecho. Siento la cicatriz. No es grande. Ni siquiera visible con la camisa puesta. Pero me parte desde dentro como si aún estuviera abierta. Nada se compara con el filo de su voz temblando mientras se alejaba. Esa fue la herida que nunca cerró.

Desde entonces, no delego. No pido ayuda.

No escucho consejos. Código Negro es mi estructura, mi sangre, mi condena.

Es la única manera que encontré de seguir vivo sin ella.

Por eso no me detengo. Cada cobra que dejo en el cuerpo de los hijos de puta que destruyen vidas es por ellas.

Por lo que le hicieron. Por lo que permití que le hicieran a la única mujer que dejé que se acercara demasiado.

Nunca. Nadie. Se. Acerca.

Y ahora, después de un año y medio en la sombra, ella reaparece. En Londres. Con alguien más.

Agarro el mouse y hago zoom sobre su rostro.

Sus labios siguen igual. Llenos de fuego, incluso en una imagen robada.

Esos labios alguna vez dijeron mi nombre como si fuera una promesa.

Ahora lo dice para otro. Ella hizo su vida.

Me dejó atrás. O eso cree. Porque, aunque intentó enterrarme, no pudo borrarme del todo.

Lo sé. Porque yo tampoco la olvidé. Porque sigo mirándola cada maldita noche.

Y esta vez… no pienso dejar que nadie me la arrebate otra vez. Aunque tenga que incendiar el mundo entero para lograrlo.

El zumbido del teléfono me saca de la pantalla. No aparece nombre, solo un número codificado. Aun así, sé quién es. Sólo tres personas tienen esa línea directa y Claus, el nuevo integrante de Código negro; no llama a esta hora. Pulso el botón y no digo nada. Espero.

—Theron quiere vernos. A todos. Londres. Esta noche —la voz de Noel llega limpia, sin ruidos. Directo al grano, como todo lo que hace.

Cierro los ojos un segundo. Aprieto la mandíbula antes de responder.

—Paso.

Marica.

—No pregunté si querías —responde, seco—. Hay algo raro sucediendo en la ciudad, sabes a lo que me refiero.

Sí, y debe ser grave para que me llame con la excusa de Theron, su cuñado. Quien me enteré que pronto será padre. Aun así, no me apetece ir, puedo encontrar mil excusas, pero todas se resumen a una sola, con nombre y apellido, cuyo color de ojos me despierta en la madrugada gritando mi nombre.

—No me interesan sus fiestas y tú manejas todo bien por allá, no me necesitas.

—No es una fiesta, Max. Es una reunión. Seguridad, información, algo grande. Claus ya está al tanto. Faltas tú.

Me inclino hacia atrás en la silla. El cuero cruje. Me llevo la mano a la cicatriz, como si pudiera apagar la presión que empieza a crecer desde adentro.

—Dile a Sterling que le agradezco la invitación, pero mi guerra no se discute en cócteles.

Hay un breve silencio al otro lado. Luego Noel suelta una carcajada sin humor.

—¿Tienes miedo?

La pregunta se instala en el aire como una maldita trampa. No respondo. Él continúa.

—¿Te da miedo verla?

—No sé de qué hablas.

—Claro que sabes. Hunter estará ahí. Y eso te revuelve todo.

Me paro de golpe, cruzo la oficina en tres pasos y apoyo la frente contra el vidrio helado que da al exterior. El amanecer apenas asoma. Berna sigue dormida. Yo no recuerdo la última vez que descansé más de dos horas seguidas.

—No fue tu culpa, Max —dice Noel, ahora con una voz extrañamente suave, casi fraternal—. Que se la llevaran a ella y mi hermana, que te fallaran tus hombres… eso no estaba en tus manos. Nadie te culpa. Solo tú.

—Cállate.

—Ya lo hiciste una vez. La salvaste. Después la perdiste. ¿Y qué hiciste desde entonces? ¿Crear un imperio y dejarnos entrar en él para no sentirte impotente otra vez? ¿Matar a todos menos al que más quieres salvar?

Mi pecho arde. No por sus palabras. Por lo que remueven.

—Ella no me necesita.

—¿Y tú a ella?

—Está con alguien ahora.

—Puedo matarlo por ti y fin del asunto.

No respondo. Porque lo sabe. Porque lo sé. Porque ese silencio lo dice todo.

—Nos vemos en Londres —concluye. Corta antes de que pueda negarme.

El eco de su voz queda flotando, como una condena.

Miro la pantalla otra vez. Su foto sigue ahí. No la he cerrado. No puedo.

Cierro los ojos. La veo de nuevo, gritando mi nombre entre lágrimas, mientras sus dedos resbalan de los míos. Y yo… impotente, herido, destruido, sin nadie a quien culpar más que a mí.

Noel puede decir lo que quiera. Que no fue mi culpa. Que hice lo que pude. Que nadie me culpa.

Pero él no estuvo allí.

No escuchó cómo gritó mi nombre como si fuera su última palabra en la Tierra.

No sintió cómo el metal ardía dentro del pecho mientras mi cuerpo se apagaba.

No vivió con el eco de ese grito cada noche, durante un año y medio.

Porque yo no le fallé como soldado.

Le fallé como hombre.

Y eso… no se perdona.