Viper (Código Negro 1)
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PRÓLOGO
Viper
Berna, Suiza
El crujido del hueso cuando lo reviento con el mazo me provoca un silencio sagrado.
No porque me conmueva. Sino porque me concentra.
—No me gusta repetir las cosas —murmuro, agachándome frente a él—. Y tú ya hiciste que contara hasta tres.
Está atado con alambre oxidado, los nudillos rotos, el rostro apenas humano.
Tiene la nariz colapsada y los dientes flojos, como si el miedo le hubiese aflojado el alma desde dentro.
Grita. Siempre gritan . La primera vez, la segunda…
y luego ya no es grito. Es un sonido roto. De alguien que sabe que va a morir.
—Te juro que no sé nada más… no sé —balbucea.
Lo miro.
No parpadeo.
—Tu hermano trabaja en la casa de Lucerna. Tú recogías mercancía para ellos. Y tú firmaste el traslado de las chicas a los Balcanes.
Los Balcanes son una región geográfica en el sureste de Europa, conocida por ser una ruta común para el tráfico ilegal de personas, armas y drogas.
Clavo el cuchillo en su costado. No una puñalada. Lo hundo lento, para que lo sienta. Para que el dolor le saque la verdad por los poros.
—Yo… yo solo entregaba paquetes… no sabía que eran niñas…
—Sabías —susurro. Giro el cuchillo.
Se orina encima. Sabe que no tiene escapatoria.
Me pongo de pie. El cuero del delantal se me pega a la ropa. Mis guantes están empapados. El aire apesta a sangre y miedo. A justicia.
—Quiero la dirección exacta del próximo transporte. Nombres. Rutas.
—¡Ya te dije todo! ¡Ya no hay más!
Mentira. Siempre hay más.
Y si no lo tiene él… entonces lo sacaré de su cadáver.
Tomo el gancho de carnicero. Es pesado, viejo, con bordes oxidados. Lo clavo en su muslo izquierdo hasta que atraviesa el músculo. Luego lo levanto. Gime como un animal herido, cuelga de lado, desangrándose.
—No es personal —le digo al oído, con la voz tan baja que apenas me escucho yo mismo—. Pero no eres la víctima aquí. Las niñas que vendiste lo eran, las que drogaron, las que se llevaron a gritos, las que ya no volvieron. Y yo… soy lo último que vas a ver antes de que todo se apague.
Lo dejo colgado. La sangre empieza a gotear con ritmo. Tic… tic… tic…
El suelo de concreto dibuja una mancha roja que se expande como un presagio.
La sangre sigue cayendo en el mismo ritmo, como un metrónomo maldito. Tic. Tic. Tic.
El aire huele a cobre, sudor y miedo seco.
Meto mi mano en el bolsillo de mi pantalón, y saco el pequeño objeto dejándolo en la palma de mi mano, una única moneda dorada, redonda, sin numeración, sin país. Solo el grabado de una cobra con la boca abierta.
Mi sello.
La sostengo entre los dedos. Pesa más de lo que parece.
Porque no es dinero.
Es destino.
—¿Sabes qué es esto? —le pregunto al tipo que cuelga. Ya casi no puede hablar, pero sus ojos se clavan en la moneda como si acabara de ver al diablo.
Sé que ha escuchado hablar de este símbolo.
—No.… por favor...
—Miente peor que grita —susurra Azrael.
Lanzo la moneda al suelo. Golpea el concreto y rueda hasta detenerse junto a su sangre.
—Eso no vale nada en tu mundo. Pero en el mío… es una promesa.
Me acerco y le alzo el rostro con dos dedos. Apenas mantiene los párpados abiertos.
—Quien recibe una moneda con la cobra... muere pronto. A veces en minutos, a veces en días. Pero siempre muere. Porque nosotros no olvidamos. Y no fallamos.
Me giro y camino hacia la puerta oxidada, dejando que el frío de Berna entre al matadero improvisado. La luz temblorosa de una farola se cuela por una rendija, suficiente para que el brillo de la moneda resalte sobre el suelo ensangrentado.
Cierro la puerta tras de mí.
Escucho el último suspiro. Y sonrío.
Código Negro no es una organización. Es una sentencia. Y yo soy la firma.
Y las cobras. Esas no muerden sin avisar. Yo sí.