Vino de los Viernes - Episodio 3 (Vino de los Viernes - Casa de las Golondrinas) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El cansancio de la madrugada llega de golpe, y el Nido se llena de ese murmullo rítmico y entrañable de los finales de fiesta: el choque suave de los vasos al apilarse, cremalleras que se suben, chaquetas que se buscan en los respaldos de las sillas y el reparto metódico de tuppers con los restos del queso brie y las olivas.

—No te lleves esa chaqueta, Aina, que es de Mónica —avisa Lola mientras rescata su bolso de entre los cojines del sofá.

—No es de Mónica, es mía. Se la olvidó en mi casa hace un mes —se defiende Aina.

—O sea, que es de Mónica —zanja Lola sin admitir réplica.

En la esquina de la barra, Gabi acaricia una cuerda de la guitarra y se arranca en un susurro grave:

—Abanico, abanico… mugriento y emocio…

Núria se gira despacio desde la pila de platos secos, la mira fijamente a los ojos y habla con una parsimonia quirúrgica:

—Gabi, cariño, si rozas una sola cuerda más a las dos de la mañana, uso esa guitarra para encender la barbacoa del patio el domingo.

Gabi cierra la boca al instante, abraza la funda negra contra el pecho como si fuera un recién nacido y le tira un beso volado a Núria, que disimula una sonrisa metiendo la comida que queda en una bolsa de tela.

Vera recoge una de las servilletas que Lola ha dejado encima de la barra y la mira con resignación.

—¿Piensas llevarte esto a casa?

—Es documentación del caso.

—Es una servilleta manchada de vino.

—Tiene valor histórico.

—Tiene una mancha de brie.

Lola se la arranca de la mano.

—Qué poco respeto tienes por mi trabajo.

—Lola, tu trabajo no consiste en escribir teorías sentimentales a las dos de la mañana.

—Eso lo dices porque no entiendes el proceso creativo.

Elena, que está poniéndose la chaqueta, levanta la vista.

—No utilices el teatro para justificar esto.

Lola la señala inmediatamente.

—¿Ves? Eso ha sido una corrección de directora fuera del horario de ensayo.

—Ha sido una petición de auxilio.

Vera se ríe.

—Gracias, Elena.

—No hagáis frente común contra mí.

—No hace falta —dice Vera—. Te bastas sola.

Lola abre la boca, ofendidísima.

—¿Sabes qué? A veces no sé si me quieres o me odias.

Vera le coloca la bufanda alrededor del cuello con una calma absoluta.

—Depende del minuto.

Gabi, que está guardando la guitarra, se queda quieta.

—Espera.

Todas la miramos.

Gabi levanta lentamente un dedo.

—Ya tengo la pregunta del próximo Vino de los Viernes.

Lola frunce el ceño.

—Perdona. Las preguntas las hago yo.

—Esta vez no.

Gabi mira primero a Lola. Después a Vera. Luego, por alguna razón, a Mónica y Aina.

—¿Dónde está la línea fina entre el amor y el odio?

Mónica suelta una carcajada.

—Uy.

Aina gira la cabeza hacia ella.

—Tú no te rías demasiado.

—Yo no he dicho nada.

—Exacto.

Gabi vuelve a señalar a Lola.

—Esta vez te toca a ti estar en el punto de mira del true crime sáfico.

Lola se lleva una mano al pecho.

—Esto es un golpe de Estado.

Vera le da un beso en la sien.

—Yo pienso declarar.

Lola gira la cabeza hacia ella.

—Tú especialmente deberías acogerte a tu derecho a guardar silencio.

—Soy abogada. Sé perfectamente cuáles son mis derechos.

—Y yo sé dónde duermes.

—Amenazas a la letrada. Perfecto —dice Gabi—. El caso se está escribiendo solo.

A mi lado, un bip suave ilumina la pantalla del móvil de Elena.

Lo tiene sobre la mesa, boca abajo. Lo gira dos milímetros.

Lee la notificación en la pantalla de bloqueo.

No llega ni a abrir el mensaje, pero la comisura de sus labios se curva hacia arriba en una sonrisilla pequeñita, cálida, imposible de disimular.

Intenta recuperar la cara de póker en medio segundo, pero al guardar el teléfono en la chaqueta ya parece flotar dos centímetros por encima del suelo.

—A ver, dilema logístico —anuncia Mónica, parándose en seco junto a la puerta con la chaqueta en la mano y mirando a Aina—. ¿A qué sede nos vamos esta noche?

Aina se detiene y se ríe. Lola las escucha y también se ríe. Después se les lanza encima y les rodea a las dos con un abrazo.

—Esos son demasiados Misisipis —protesta Mónica, apartándola bastantes segundos después.

Adri termina de abrochar la capota del carro de Maya y se cuelga la bolsa del bebé al hombro. Yo recojo la última copa vacía cuando Lola y Gabi se nos cruzan en el paso, bloqueándonos la salida con los brazos en jarras.

—Por cierto, Vega —dice Gabi, poniéndose seria por primera vez en toda la noche—. Lo del canguro va completamente en serio.

Adri y yo nos miramos.

—Vale —sonríe Adri, apretándome el brazo—. Hecho.

La miro sorprendida por la rapidez de su respuesta. El apretón de su pulgar contra mi brazo no es solo complicidad: es la confirmación silenciosa de que ella siente el peso de estos meses y necesita ese respiro exactamente igual que yo.

—Nos vendrá bien —me murmura al oído con una sonrisa cansada pero brillante.

—Mucho —reconozco en un susurro, sintiendo cómo se me afloja un nudo en el pecho.

Adri me aprieta la mano. Gabi sonríe como si acabáramos de aceptar algo mucho más importante que un fin de semana sin cambiar pañales y, durante un momento, nadie dice nada.

Hasta que Núria coge el móvil.

—Vale. Necesito información.

Gabi se queda mirándola.

—¿Información de qué?

—De Maya.

—Es una bebé, no una adquisición empresarial.

Adri asiente.

—Claro, es importante que os contemos algunas cosas.

—Sí —dice Núria, desbloqueando la pantalla—. Horarios de comida, alergias, rutina de sueño, qué hacéis cuando llora...

Adri se incorpora un poco.

—Mañana a primera hora os mando un documento con todo.

Lola se pone de pie de repente.

—¡OPERACIÓN MAYA!

Elena cierra los ojos.

—Por supuesto.

Núria ya está escribiéndolo en la parte superior de una nota.

OPERACIÓN MAYA.

—Ay, por favor, es que sois las mejores —digo, emocionada.

Estas mujeres pueden liarla con investigaciones y cotilleos sáficos, pero también se plantan de madrugada para planificar cómo cuidar a nuestra niña. Se me saltan las lágrimas.

—Bueno, chicas —dice Lola—. Creo que es el momento de comprobar la idoneidad de las candidatas.

—¿La qué?

Lola mira alrededor. Después coge una botella de vino blanco vacía, le enrolla una servilleta alrededor del cuerpo y la sostiene entre los brazos.

—Esta es Maya.

Adri da un paso hacia delante.

—No.

—Maya de simulación.

—Sigue siendo no.

—Adri, por favor, estamos intentando garantizar la seguridad de vuestra descendencia.

—Estás envolviendo una botella de albariño en una servilleta.

—Exacto. Material de prácticas.

Mónica se tapa la cara con una mano.

—Esto va a acabar fatal.

—Situación número uno —anuncia Lola, balanceando la botella con una solemnidad preocupante—. Maya llora. ¿Qué hacéis?

Gabi responde sin levantar la vista del móvil.

—Compruebo hambre, sueño, pañal, temperatura y sobreestimulación.

Lola se queda mirándola.

—Has estudiado.

—Tengo sobrinos, Lola.

Núria le da un beso rápido en la sien.

—Mi chica viene fuerte.

—Situación dos —continúa Lola—. Maya lleva quince minutos llorando y nada funciona.

Mónica levanta una mano.

—La paseo.

Aina asiente.

—Y si no funciona, cambiamos de habitación. A veces cambiar el estímulo ayuda.

Lola las señala con la botella.

—Bien. Pero necesito saber si vuestra vivienda cumple los requisitos.

Mónica abre mucho los ojos.

—¿Qué requisitos?

Aina ni pestañea.

—Tenemos espacio.

Lola la mira.

—¿Seguro?

Mónica ya sabe por dónde va esto.

—No.

—Porque hay quien sostiene que vuestro trastero está sufriendo una ocupación ilegal de seis cajas.

—¡NO TIENE NADA QUE VER!

Aina se ríe.

—Podemos mover dos.

—¡NO HAY QUE MOVER NADA!

—Mónica —dice Vera—, estás gritando delante del bebé de simulación.

Mónica mira la botella.

—Odio muchísimo esta noche.

Lola anota algo imaginario en el aire.

—Pareja Aina-Mónica: vivienda apta, gestión emocional mejorable.

—Como vuelvas a evaluarme, te meto la botella en—

—Siguiente candidata.

Claudia, que estaba intentando mantenerse completamente al margen, comete el error de mirar hacia la bolsa de Maya.

—¿Las mudas están separadas por tipo?

Adri gira la cabeza inmediatamente.

—Sí.

Claudia señala la bolsa.

—¿Pañales en un compartimento independiente?

—Sí.

—¿Crema, toallitas y medicación identificadas?

Adri parece genuinamente emocionada.

—Todo etiquetado.

Claudia asiente con aprobación.

—Entonces no veo el problema.

Me quedo mirándolas a las dos.

—Creo que Adri acaba de encontrar a su persona favorita.

—Siempre he apreciado la organización —dice Adri.

—Lo sé. Estoy empezando a sentirme amenazada por una CEO.

Alba rodea a Claudia por la cintura.

—Haz cola.

Claudia le da un golpecito con el codo, aunque está sonriendo. Lola acerca la botella hacia ella.

—Prueba práctica.

—No.

—Solo tienes que cambiarle el pañal.

—Es una botella.

—Precisamente. No se mueve.

Claudia observa el albariño envuelto en la servilleta.

—Eso simplifica considerablemente el procedimiento.

—Claudia —dice Alba, partiéndose de risa—, como empieces a optimizar tiempos con la botella, me voy.

—No iba a optimizar nada.

Todas nos echamos a reír. Lola decide que la prueba ha terminado y vuelve a acunar la botella.

—Bien. Nos falta valorar capacidad de reacción ante emergencias.

Alba se apoya en Claudia mientras termina de ponerse la chaqueta.

—Nosotras nos vamos.

—¡Cobardes! —grita Lola.

—Buenas noches —responde Claudia con absoluta dignidad.

Salen de la mano.

—¿Qué emergencia puede tener una botella? —pregunto yo, siguiendo el juego a Lola, muerta de risa.

Lola mira alrededor buscando inspiración.

—Vómito.

—Una botella no vomita —dice Elena.

—Fiebre.

—Tampoco.

—Pérdida repentina del chupete.

Gabi se lleva una mano al pecho.

—Dios mío.

—Gracias. Alguien entiende la gravedad.

Núria ni siquiera levanta la cabeza.

—Llevaremos dos.

Adri vuelve a asentir.

—Buena respuesta.

—Esto está amañado —protesta Lola.

—Esto no era una competición —le recuerda Vera.

—Todo puede ser una competición si le pones puntuación.

Le quito finalmente la botella de las manos antes de que intente practicar una maniobra de Heimlich con ella.

—Ya está. Se acabó el casting. Todas estáis aprobadas.

—¿Incluso Mónica? —pregunta Lola.

—Especialmente Mónica.

—Gracias.

—Porque si Maya desmonta algo, probablemente sepa arreglarlo.

Mónica se lo piensa.

—Acepto ese criterio.

Núria guarda por fin el móvil.

—Perfecto. Mañana os mando el protocolo.

Parpadeo.

—¿Qué protocolo?

—El de Operación Maya.

Elena deja escapar un suspiro.

—No vamos a llamarlo así.

Núria vuelve a mirar la pantalla.

—Demasiado tarde.

Gabi se inclina para cotillear.

—¿Has creado un grupo?

—Todavía no.

Hace una pausa.

—Ahora sí.

Mi móvil vibra sobre la mesa. Miro la pantalla.

OPERACIÓN MAYA 🍼

—Núria.

—¿Qué?

—No necesitábamos otro grupo de WhatsApp.

—Eso lo dices ahora.

A mi lado, Adri ya está escribiendo. La miro.

—¿Tú también?

—Estoy enviando la lista de cosas de la bolsa.

Me dejo caer contra su hombro.

—Estoy rodeada de mujeres peligrosísimas.

Adri me besa en la frente.

—Y el sábado vas a dormir hasta que te canses.

Eso consigue que deje de protestar durante unos segundos.