Vino de los Viernes - Episodio 3 (Vino de los Viernes - Casa de las Golondrinas) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Hoy hemos superado todos los récords y nos han dado más de las dos de la madrugada. El peligro que tiene haber arreglado el Nido es que ahora tenemos la excusa perfecta para seguir sin mirar la hora ni los decibelios.

Maya sigue durmiendo plácidamente en el carro, acurrucada bajo su manta de estrellitas en el rincón más resguardado, ajena por completo al alboroto. Adri ha ido un par de veces a comprobar que respiraba bien, cosa que ella no puede evitar, aunque la niña esté perfectamente.

Gabi rebusca en su bolsa para sacar un cacao de labios y acaba sacando una baraja de cartas con las esquinas desgastadas.

—Gabi, no vamos a jugar al poker —avisa Mónica, sirviéndose un poco más de agua.

—¿Quién ha dicho nada de poker? —Gabi deja la baraja sobre la madera con un golpe seco de palma—. Propongo un Yo nunca. De baja intensidad. Para bajar la comida y el vino.

Elena, que está apoyada contra el respaldo sosteniendo su copa con dos dedos, resopla de inmediato.

—Paso. Los Yo nunca son una trampa inquisitorial diseñada para que Lola nos saque información que luego usará en nuestra contra.

—Prometo solemnemente utilizar la información solo con fines recreativos y de consumo interno —promete Lola, poniéndose una mano en el corazón.

—No me fío —dice Mónica.

—Tres rondas inocentes —negocia Gabi, señalándonos a todas—. Empezamos suave. Primera: Yo nunca me he quedado dormida en el transporte público y me he despertado en la última parada de la línea.

Todas nos miramos sin decir una palabra. Alba, Mónica y yo levantamos las copas y le damos un trago.

—Iba en el tren y me desperté al final del trayecto —confieso, sonriendo ante el recuerdo.

—Segunda —lanza Alba con una sonrisa pícara—: Yo nunca he puesto cara de entender de vino cuando un sommelier me ha dado a probar la copa en un restaurante caro.

Las únicas que no beben son Claudia, Mónica, Adri y Vera. El resto caemos.

—Yo giro la copa, la huelo con solemnidad y asiento con la cabeza aunque el vino sepa a vinagre de manzana —admite Gabi sin ningún pudor.

—Pero lo haces con mucho estilo —puntualiza Núria, riéndose.

—¿A que sí? Eso es lo que cuenta.

—Tercera ronda —interviene Aina desde su esquina—: Yo nunca he mirado el Instagram de una ex desde una cuenta secundaria o en modo de navegación de incógnito.

Elena abre la boca de inmediato, ajustándose la manga del jersey con aire combativo.

—Esa pregunta está mal formulada —protesta Elena—. «Mirar» es un verbo completamente ambiguo. ¿Cuenta si la foto me apareció en la pestaña de explorar por culpa del algoritmo sin que yo la buscara activamente?

—Cuenta si le diste a la foto para verla en grande, Elena —aclara Lola con una sonrisa maliciosa.

—Bebo por si acaso —dice Lola tan ancha—. Creo que seguro que he cotilleado a alguna ex aunque ahora no me acuerde.

El grupo se rompe en una risotada general. Y entonces, Lola se apoya en los codos, inclina el cuerpo hacia delante y nos dedica una sonrisa diabólica.

—Vale. Se acabó el calentamiento —anuncia Lola en un susurro cargado de intención—. Cuarta ronda: Yo nunca me he acostado con alguien en un sitio donde claramente no debería.

Se hace un silencio sepulcral en el Nido. Nadie se mueve durante tres segundos exactos. Y entonces, lentamente, empiezan a subir las copas.

La primera en beber, sin pestañear y con una tranquilidad que roza lo descarado, es Gabi. Le da un trago a la copa, la deja sobre la mesa y sonríe con una satisfacción absoluta.

Todas nos giramos instintivamente hacia Núria. Ella se mantiene inmóvil. Sostiene su copa con los dedos entrelazados alrededor del cristal. Pasan tres segundos. Cuatro. Cinco. Gabi la mira con una ceja arqueada y una sonrisilla triunfal.

Finalmente, Núria deja escapar un leve suspiro de resignación, se lleva la copa a los labios y le da un trago muy corto.

—¡MADRE MÍA! —aúlla Lola, dando un taconazo contra el suelo—. ¡La economista, que escondido se lo tenía!

—Lola, no hay caso —zanja Núria de inmediato, manteniendo una compostura impecable—. No pienso dejar que me hagáis otra canción de eso.

Gabi le susurra algo al oído, y nadie logra escucharlo, pero por la cara de Núria todas nos reímos.

—Gabi —avisa Núria con voz de madura imperturbable—, cállate o les cuento lo que tú sabes.

Gabi se gira hacia Núria, pero Núria ya se ha llevado la copa a la boca y ha bebido. Gabi la mira con la boca abierta.

—¡Ahí hay algo que no pienso ignorar en próximos vinos de los viernes, ya os aviso, chicas!

Todas se llevan las manos a la cabeza, y yo me parto mirándolas.

Alba da un trago a su cerveza y le lanza un codazo cariñoso a Claudia. Claudia, que está sentada recta como si estuviera a punto de presidir una junta de accionistas, intenta mantener la mirada fija en el infinito.

—No —dice Claudia con tono neutro.

—Claudia, por favor —se ríe Alba, delatándola sin ninguna piedad—. Nosotras tenemos unas cuantas, y lo sabes.

Lola se tapa la boca para no soltar un chillido de hiena.

—Mi pequeña agente del caos —murmura Claudia muy bajito. Después empieza a beber.

—Subestimáis a la ingeniera —añade Alba con los ojos brillantes, después de beber también—. Pero os vais a tener que quedar con la imaginación, porque soy un libro cerrado.

—Uy, qué peligro tienen aquí la jugadora uno y la jugadora dos —dice Mónica.

Lola se gira hacia Mónica y Aina, esperando el siguiente escándalo. Pero ninguna de las dos bebe. Mónica sigue con su vaso de agua en la mano y Aina sostiene la copa de vino sin moverla un milímetro.

Lola pone cara de indignación profunda.

—¡Venga ya! ¡Menuda decepción de pareja! ¡Con la furgoneta que tiene Mónica! Algo habrá…

—Tenemos una cama perfectamente funcional y con colchón ergonómico en casa, Lola —responde Mónica con practicidad absoluta—. No necesito clavarme el freno de mano en los riñones por hacerme la moderna.

Lola entorna los ojos. El garaje se llena de risas otra vez, y de pronto todas las miradas convergen en Elena.

Elena tiene la copa parada a tres centímetros de la boca. No bebe, pero tampoco la deja en la mesa. Tiene los ojos clavados en el cristal de la copa y una expresión indescifrable en la cara, como si su cerebro estuviera haciendo un cálculo matemático complejo de magnitudes y coordenadas.

Alba la señala de inmediato.

—Elena... ¿por qué tienes la copa congelada en el aire y la mirada fija en el suelo?

Elena parpadea, sale de su trance y nos mira a todas con una serenidad fingida.

—Yo me lo paso tan bien en la cama que no necesito hablar de ello —suelta tan tranquila.

—¡Madre mía, Elena! Tú debes de ser la peor de todas, y qué callado lo tienes.

El silencio de Elena, cargado de esa sonrisa tímida que intenta esconder a toda costa, dice muchísimo más que cualquier anécdota. Se me escapa una sonrisilla al verla.

Y entonces, Lola se gira hacia nosotras.

—Vale. Vuestro turno —nos apunta con el dedo a Adri y a mí—. Primero amigas, luego catas con antifaces y otros fetichismos… Vosotras dos tenéis que tener una colección histórica de imprudencias.

Adri y yo nos miramos. En la mirada de Adri hay un brillo cálido, cómplice, lleno de recuerdos.

Las dos nos acordamos perfectamente de aquella noche en Montjuic.

Pero, al sostenerle la mirada a Adri, me entra un pensamiento muy sencillo, muy suave, que se me instala en el pecho.

Hace muchísimo tiempo que no hacemos nada impulsivo.

Nuestra realidad últimamente tiene la forma de una trona de madera, de biberones esterilizados, de bolsas de recambio preparadas junto a la puerta y de calcular al milímetro cuántas horas de sueño acumulamos antes de que Maya se despierte a las seis de la mañana.

Adri sonríe hacia la mesa y hace una broma rápida para salir del paso:

—A ver, sinceramente... el sitio más arriesgado donde lo hemos hecho en el último año ha sido en el sofá del salón, un martes a las cinco de la tarde, mientras Maya dormía de milagro veinte minutos seguidos y nosotras teníamos un ojo puesto en la pantalla del vigilabebés.

Todas se ríen, tomándoselo como el chiste perfecto de la maternidad.

—Eso es deporte de riesgo, Adri —se ríe Alba.

—Un subidón de adrenalina puro —añade Vera.

Yo me río con ellas y le doy un trago a mi copa, pero por debajo de la mesa busco la mano de Adri. Adri me entrelaza los dedos al instante, apretando con suavidad. Me mira de reojo, adivinando exactamente lo que se me acaba de pasar por la cabeza.

Me acuerdo de lo que nos han dicho al principio de la noche, cuando se han ofrecido tan campantes a quedarse con Maya un fin de semana entero para que nosotras nos escapemos solas.

En ese momento me ha parecido una locura inasumible.

Ahora, sintiendo el calor de la mano de Adri entre los dedos, me doy cuenta de que tal vez no sea tan locura.

Tal vez sea exactamente lo que necesitamos.

Me recuesto en la silla, sintiendo el hombro de Adri pegado al mío y escuchando el bullicio de mis amigas resonar contra las paredes del garaje de La Casa de las Golondrinas.

La noche se acaba, pero la certeza de estar exactamente donde queremos estar se queda flotando en el aire, luminosa y cálida, mientras el vino apura sus últimas gotas en el fondo de las copas.