Vino de los Viernes - Episodio 3 (Vino de los Viernes - Casa de las Golondrinas) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Durante unos segundos después de que Gabi deje la guitarra, en El Nido solo se oye nuestra respiración.

Y a Lola.

—Abanico, abanico...

—No —dice Núria.

Lola sigue abanicándose con una servilleta.

—Mugriento y...

—Lola.

—Ya está, ya está.

Gabi todavía tiene la guitarra sobre las piernas y una sonrisa de persona que mañana quizá quiera salirse del grupo de WhatsApp GOLONDRINAS cuando estalle con vídeos demasiado vergonzosos.

Núria le quita la copa que Gabi intenta alcanzar sin soltar la guitarra.

—Agua.

—Tengo sed de otra cosa.

—Agua.

—Qué poco respetas a los artistas después de una actuación.

—Precisamente porque he visto la actuación.

Gabi le dedica una mirada herida, pero acepta la botella.

A nuestro alrededor, El Nido empieza a adoptar esa forma extraña que tienen los sitios cuando una fiesta se está acabando pero nadie quiere ser la primera en irse.

Lola se ha dejado caer atravesada sobre Vera, con las piernas encima de su regazo.

—Aparta una rodilla.

—¿Por qué?

—Porque está en mi estómago.

—Qué delicada eres.

Vera la empuja.

Lola apenas se mueve.

—Duermes exactamente igual —dice Vera.

Lola gira la cabeza.

—Eso es mentira.

—Te expandes.

—No me expando.

—Empiezas en tu lado de la cama y a las cuatro de la mañana has colonizado el mío.

—Eso es cariño.

—Eso es geopolítica.

Gabi levanta la botella de agua.

—Núria también se expande.

Núria gira la cabeza muy despacio.

—¿Perdona?

—Duermes en diagonal.

—Porque tú vienes hacia mí.

—Porque tienes calor.

—Porque me metes los pies congelados entre las piernas.

Gabi sonríe.

—Exacto.

—Eso no demuestra lo que tú crees que demuestra.

—Demuestra amor.

—Demuestra mala circulación periférica.

Elena resopla.

—Por fin un diagnóstico razonable esta noche.

Alba se ríe.

—Claudia duerme muy quieta.

Claudia cierra los ojos.

—Alba.

—¿Qué? Eso es bueno.

Lola gira inmediatamente hacia ellas.

—¿Ronca? ¿Roba manta? ¿Habla dormida?

Alba se ríe. Claudia se queda inmóvil.

—¿Habla dormida?

—Siguiente tema —dice Claudia.

—¡Habla dormida!

Claudia coge un cojín. Lola levanta las manos.

—Vale, vale.

Lola levanta la cabeza desde el regazo de Vera.

—Vale. Os hago una pregunta.

Varias protestamos al mismo tiempo.

—¡No! Esta es buena.

—Eso dices siempre —murmura Mónica.

—¿Cuándo empieza alguien a tener su lado de la cama?

Mónica, sentada en el suelo entre las piernas de Aina, se ríe.

—Nosotras la primera vez pusimos una frontera.

Aina baja la mirada hacia ella.

—La pusiste tú. Una barrera de almohadas.

Gabi casi escupe el agua.

—¿Una qué?

—Solo había una cama —dice Mónica.

—Y necesitábamos límites —añade Aina.

—Exactamente.

—Especialmente ella.

Mónica gira la cabeza.

—¿Perdona?

Aina se encoge de hombros.

—Por la mañana las almohadas estaban en el suelo. Tenías una mano debajo de mi camiseta.

—¡Estaba dormida!

—No he dicho lo contrario. Solo estoy dando contexto.

—¡NO HACE FALTA TANTO CONTEXTO!

—Yo agradezco el contexto —dice Lola.

Gabi da un golpecito con la botella sobre la mesa.

—Punto para la fotógrafa.

Aina todavía está sonriendo cuando vuelve a mirar a Mónica.

—Aunque hay una cosa que nunca te conté.

Mónica suspira.

—No quiero saber nada más sobre dónde estaba ninguna parte de mi cuerpo.

—No es eso.

—¿Qué?

Aina juega un momento con un mechón del pelo corto de Mónica.

—Me desperté antes que tú.

Mónica parpadea.

—¿Aquella mañana?

Aina asiente.

—Sí.

—¿Cuánto antes?

—No sé. Unos minutos, no me acuerdo.

Mónica la mira.

—Espera. ¿Estuviste despierta con mi mano debajo de tu camiseta? ¿Por qué?

—Porque estaba cómoda.

Mónica se queda helada un segundo, baja la mirada y murmura:

—Eso no me lo habías contado.

—Nunca salió.

—Llevamos meses juntas.

—Y hasta hoy nadie había realizado una auditoría de nuestra primera noche.

Lola aplaude, entusiasmada, como si celebrara su victoria.

Aina acaricia con el pulgar la nuca de Mónica.

—Ahora lo raro es despertarme y no encontrarte.

—Eso ha sido bastante bonito.

Se besan despacio, la mano de Mónica termina en el muslo de Aina hasta que Gabi carraspea para arruinar el momento romántico.

—Eyyy. ¡Que hay una bebé delante!

Todas nos reímos.

—Vale, chicas —decreta Lola, agitando en el aire las tres servilletas que lleva toda la noche emborronando con el rotulador—. Atentas, porque he codificado científicamente las Fases de Ocupación Doméstica del grupo.

—Dime que no nos vas a categorizar otra vez —suplica Mónica.

—Fase uno: Negación absoluta —anuncia Lola, señalando a Elena.

—A mí ni me mires —salta Elena antes de que Lola abra la boca—. Cata y yo no vivimos juntas. Que duerma en mi casa no convierte nada en convivencia, Lola. Y no pienso participar en tu auditoría sentimental.

—La negación confirma la fase —dictamina Lola sin despeinarse, pasando a la siguiente servilleta—. Fase dos: Objetos que misteriosamente no vuelven a su casa. Cargadores, pijamas de seda, cepillos de dientes.

—Doy fe —aporta Alba—. Como las zapatillas de estar por casa y el pijama de seda de Claudia en mi piso. Que ya tienen cajón propio.

Claudia se pone muy recta en la banqueta, ajustándose el reloj con seriedad.

—Es pragmatismo —aclara con tono de reunión de consejo.

—Claro que sí, ingeniera, te va a tener que hacer otra canción Gabi de pragmatismo —se ríe Alba, y todas detrás, incluida Claudia.

—Fase tres: Difuminación del inventario —continúa Lola—. Ya no sabes qué pertenece a quién. Aquí entran, por ejemplo, las seis cajas de Mónica en el espacio de Aina.

—Eran dos —corrige Mónica de inmediato—. Dos cajas medianas de herramientas.

—Eran seis —puntualiza Aina con una calma aplastante—. Y dos eran de libros.

Mónica se la queda mirando, buscando una réplica que no llega.

—Y Fase cuatro —Lola apunta con el rotulador a la pareja del suelo—: Dormir juntas deja de ser un acontecimiento. Mónica y Aina, os declaro oficialmente afincadas en la cuatro.

—No reconozco la legitimidad de tu marco teórico —protesta Mónica, aunque no se mueve un milímetro del regazo de Aina.

Lola se dispone a dar un taconazo para anunciar la quinta fase, pero Vera la interrumpe levantando la mano desde el sofá.

—Lola, olvídate de las fases —dice Vera con una sonrisa divertida—. Hay una pregunta mucho más directa para saber en qué punto está cada una. ¿Qué pasa si llegas a casa de la otra y ella todavía no ha salido del trabajo?

Se hace un pequeño silencio en la mesa. Elena mira al techo, Alba sonríe y Mónica entreabre la boca para buscar una respuesta razonable.

Aina, sin embargo, arruga el ceño suavemente, sin entender dónde está el problema.

—Entras —dice Aina con total naturalidad.

—¿Con qué? —pregunta Lola.

—Con las llaves.

—Chicas, os voy a decir algo: vivís juntas y ni lo sabíais.

—Qué va —salta Mónica de inmediato, cruzándose de brazos—. Aina y yo tenemos cada una su alquiler, su contrato y su independencia.

Vera, apoyada en el sofá con su copa de vino, ladea la cabeza y lanza una pregunta en apariencia inocente:

—Mónica… ¿cuándo fue la última vez que dormiste sola en tu piso?

Mónica abre la boca para responder al instante. Luego la cierra. Se le queda la mirada fija en la OutRun, que brilla encendida al fondo, mientras sus dedos empiezan a hacer una cuenta rápida e invisible.

—A ver… el domingo no. El sábado salimos. El viernes…

—El martes catorce del mes pasado —interrumpe Aina—. Hace veintitrés días.

Mónica gira la cabeza de golpe hacia ella, como si hubiera dicho una barbaridad.

—¡Eso no es verdad! ¡El jueves pasado dormí en mi piso!

—¿Sola? —pregunta Lola, inclinándose sobre la mesa.

—No —admite Mónica—. Con Aina.

—O sea, que dormisteis juntas —dice Vera.

—¡Pero en MI casa! —protesta Mónica, erigiéndose en la banqueta—. ¡En mi cama y con mis sábanas! ¡Eso rompe la racha!

—Claro, Mónica —se burla Alba—. Cambiar de código postal anula completamente el hecho de que llevas casi un mes durmiendo con tu novia todas las noches.

—¿Tenéis una relación con dos sedes o cómo va esto? —aporta Adri entre risas.

—Es un holding inmobiliario sentimental —añade Gabi.

—¡Que no es un holding! —insiste Mónica, acorralada—. Para que haya convivencia tiene que haber un acuerdo explícito, una mudanza, cajas…

Lola empieza a contar con los dedos de la mano, elevando el tono como un fiscal en pleno alegato:

—A ver, repasemos la prueba documental. Uno: Mónica tiene seis cajas instaladas en el piso de Aina. Pregunta importante: ¿En la nevera de Aina hay la cerveza Moritz que solo bebe Mónica?

—Eso es cortesía gastronómica —se defiende Aina, aunque ella misma se está riendo.

—Eso es un hogar distribuido en dos inmuebles, Mónica —sentencia Lola.

Mónica busca desesperadamente la mirada de Aina para que la respalde, para que ponga orden técnico en el tribunal. Pero Aina no está protestando. Aina la mira desde arriba con los brazos rodeando su cintura, mostrando una calma absoluta y una sonrisilla imperceptible en la comisura de los labios.

Lola reúne las servilletas, las alinea sobre la madera y se cruza de brazos, mirando alternativamente a la una y a la otra.

—A ver si lo he entendido bien —suelta Vera—. Tenéis dos pisos, inventario cruzado, llaves, compras duplicadas y lleváis veintitrés días seguidos sin separaros ni una sola noche… Vosotras sabéis que ya vivís juntas y que la negación os está saliendo un pelín cara, ¿no?