Vino de los Viernes - Episodio 3 (Vino de los Viernes - Casa de las Golondrinas) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Vamos yendo todas hacia el garaje. El Nido respira con la potencia de un club privado subterráneo.

—¿Dejamos aquí a Maya, detrás de la columna? —me dice Adri, ajustando la capota con cuidado.

Acomodamos el carrito en la esquina y me inclino para mirar a la peque. Tiene los ojitos cerrados, los labios entreabiertos formando una pequeña 'o' y la respiración tan acompasada que ni el ruido de los baffles que Mónica acaba de instalar consigue despertarla.

—Esta niña es una maravilla. —dice Mónica—. La tía duerme como si nada.

—Es como su madre —dice Adri mientras me rodea la cintura con un brazo—. Vega cuando entra en fase de tener sueño ni te escucha ni se entera de nada.

Mónica se aleja de nosotras y se va directa a la OutRun, que Claudia ya ha enchufado.

—Te voy a arruinar el récord, Claudia —desafía Mónica, remangándose los puños del jersey blanco—. Tengo el codo de tenista descansado y la percepción espacial a punto.

—Haz cola —dice Alba, apareciendo detrás de ella y dejando la copa sobre la máquina—. Esa partida es mía.

—Uy. Piques de pareja. Yo no me meto.

De repente se abre la puerta del garaje y entra Elena. A Lola le falta tiempo para lanzarse emocionada hacia ella.

—Oye, cuenta, cuenta —suelta, mirando de frente a Elena, que está dejando la chaqueta—. ¿Has vuelto a hablar con Cata?

Elena deja la chaqueta sobre una silla.

—Anoche estuvo en casa.

Lola abre mucho los ojos.

—¿Otra cita?

Elena la mira.

—No estamos teniendo citas, Lola.

—Perdona, quedáis, pasáis la noche juntas y por la mañana desayunáis.

—Eso no convierte nada en una cita.

—¿Y cómo lo llamas tú?

Elena coge un vaso y se sirve agua.

—Follar.

Lola se queda inmóvil.

Después da un paso hacia atrás, se lleva una mano al pecho y abre los brazos como si acabaran de revelarle el secreto final de una tragedia griega.

—¡¿FOLLAAAAAR?!

Elena cierra los ojos.

—No.

Lola se corta en seco.

—¿Cómo que no? ¡Lo acabas de decir tú!

—Digo que no hagas eso.

—¿El qué?

Elena la señala de arriba abajo.

—Eso. La mano en el pecho, el paso hacia atrás, la voz como si acabaran de anunciarte que alguien ha muerto en el tercer acto.

Desde el sofá, Vera empieza a reírse.

—Gracias.

Lola gira la cabeza hacia ella.

—Tú no te metas.

—Llevo varios días soportando exactamente esto en casa.

Elena vuelve a mirar a Lola.

—Desde que te has apuntado al grupo de teatro estás intentando interpretar absolutamente todas las conversaciones.

Lola se pone recta.

—Estoy practicando.

—Practicar no significa convertir mi vida sexual en una tragedia griega.

Gabi se tapa la boca para no reírse.

—A mí me parece bastante educativo.

Elena ignora el comentario.

—En el teatro no tienes que hacer veinte cosas para que se entienda una emoción. A veces basta con escuchar lo que te están diciendo y reaccionar.

Lola asiente muy despacio, como una alumna aplicada.

—Vale.

—Vale.

—¿Quieres que lo repita?

Elena la mira.

—No hace falta.

—Quiero repetirlo.

Vera deja caer la cabeza contra el respaldo.

—Por supuesto.

Lola vuelve exactamente al lugar donde estaba antes. Se coloca frente a Elena. Inspira. Baja los hombros. Vuelve a colocarse delante de Elena y adopta una expresión mucho más contenida.

—Entonces… ¿tú y Cata seguís follando?

Elena la observa durante un segundo.

—Mucho mejor.

Lola sonríe, orgullosísima.

Aguanta dos segundos.

—¡¿PERO CUÁNTAS VECES?!

Elena mira al techo.

—Todo el trabajo perdido.

—¡Es que esto no es una escena, Elena! ¡Es tu vida!

—Precisamente por eso me gustaría que bajaras el volumen.

—¿Y qué hicisteis?

Elena coge su vaso.

—No pienso darte detalles.

—¿Ni uno?

—No.

—¿Ni un detalle pequeño?

—Lola.

—Vale. Pregunta profesional entonces.

Elena ya empieza a caminar hacia las demás.

—No.

—¡Todavía no sabes cuál es!

—No.

Vera levanta su copa al verla pasar.

—Gracias por intentarlo.

Elena choca suavemente su vaso con el de Vera.

—No hay de qué.

Lola se queda mirándolas a las dos.

—No me gusta nada la amistad que estáis desarrollando a mi costa.

—Pues deja de regalarnos material —responde Elena.

Y eso vuelve a hacernos reír a todas.

—¿Quién se apunta a bailar? Necesito desfogarme del día que llevo.

Mientras algunas siguen compitiendo en la recreativa, Gabi no necesita que se lo digan dos veces. Se acerca en tres zancadas a la mesa de mezclas, toquetea un par de cosas y hace retumbar los altavoces con un temazo noventero que nos devuelve de golpe a todas a los quince años.

En menos de cinco segundos, El Nido pasa de ser un garaje subterráneo a convertirse en una pista de baile improvisada y desatada.

Alba es la primera en perder la compostura.

Agarra una botella de verdejo vacía a modo de micrófono y empieza a dramatizar el estribillo.

Lola, que no sabe lo que es el sentido del ridículo, caza un tubo de cartón del suelo y se suma al playback haciendo los coros a dos centímetros de su cara.

Las dos se abrazan por los hombros, dando saltos torpes y fingiendo un llanto de telenovela que nos tiene a todas muertas de la risa.

—¡Es que es un temazo! —grita Lola, agarrando a Vera de las manos para hacerla girar aunque la abogada intente mantener la dignidad con la copa en la otra mano.

Al final, Vera cede, se descalza en mitad de la pista y termina soltando una carcajada limpia mientras Lola le despeina el moño a traición.

Por el otro lado, Gabi y Mónica improvisan una coreografía sincronizada de boyband que roza el delito penal. Hacen pasos de robot, gesticulan hacia el techo con miradas intensas de videoclip y terminan dándose un abrazo y riendo.

Núria, apoyada en la columna, no pierde detalle.

Cuando Gabi pasa a su lado haciendo el tonto, la engancha suavemente de las trabillas del pantalón, la atrae hacia ella en un movimiento lento y le murmura algo al oído que hace que a Gabi se le olvide de golpe la coreografía y se le enciendan las mejillas en dos segundos.

Adri me abraza por la espalda y empezamos a balancearnos. Me giro a mirarla: tiene las mejillas encendidas por el calor del garaje.

Echamos un vistazo rápido al carrito. Maya sigue en su universo paralelo, inmune al bajo de los altavoces y al griterío de Lola celebrando que ha conseguido descalzar a Vera.

Adri me besa la nuca con una lentitud tibia que me eriza la piel, pegándome un poco más a ella mientras el neón dibuja sombras sobre las paredes.

En este rincón subterráneo de Poble-sec, entre la música retumbando en el suelo y todas nuestras amigas haciendo el tonto alrededor, resulta bastante difícil acordarse de que mañana todas tenemos una vida adulta que atender.