Vino de los Viernes - Episodio 3 (Vino de los Viernes - Casa de las Golondrinas) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El crujido de la verja del pasaje interrumpe la conversación. Aparece Mateu, con las manos metidas en los bolsillos de su bata azul.

—Solo venía a deciros que el lunes empiezan a podar los árboles de la calle. Por si alguna tenéis pensado aparcar por aquí.

—Mateu, bona nit, toma una copita de vino blanco —le dice Mónica, sirviéndole un poco de Albariño.

—No, no. Yo solo venía a avisar.

—Pues ya has avisado —dice Lola—. Ahora puedes beber.

—Bueno. Pero una.

—Eso dicen todas —murmura Gabi.

Mateu se queda de pie junto a la mesa, porque por alguna razón sentarse convertiría oficialmente la visita en una visita y él parece empeñado en sostener que ha bajado exclusivamente por responsabilidad vecinal.

—¿Qué árboles podan? —pregunta Aina.

—Los del lado de arriba. El lunes desde las siete. Van a poner las señales mañana, pero como aquí aparcáis cada una donde buenamente puede...

—Yo he venido en bici —dice Mónica.

—Y yo en metro —dice Núria.

Mateu da un sorbo y empieza a mirar la mesa: las servilletas escritas con el código penal de las relaciones, los rotuladores, las copas de vino.

Mateu entrecierra los ojos.

—¿Qué estáis haciendo?

—Estamos determinando cuándo una empieza oficialmente a vivir en casa de su novia —dice Lola.

—Mónica tiene seis cajas en casa de Aina.

—Lola.

Mateu mira a Mónica.

—¿Seis?

—Son pequeñas —dice Mónica.

Aina se lleva la copa a los labios.

—Dos son medianas.

—¡No ayudas!

Mateu vuelve a beber. Durante unos segundos parece que está pensando seriamente en el asunto.

Yo ya conozco esa cara. Me recuerda mucho a la que ponía mi abuelo. Ay, cómo lo echo de menos… Es esa cara de que va a decir algo que nadie le ha pedido y que suele tener bastante sentido.

—Una caja puede ser un despiste —dice al fin—. Seis cajas son una mudanza con miedo al papeleo.

Lola golpea la mesa con las dos manos.

—¡GRACIAS!

—Mateu —protesta Mónica.

—Yo no he dicho que vivas allí.

—Acabas de decir exactamente eso.

—He dicho que tienes miedo al papeleo.

Aina empieza a reírse. Mónica también.

Lola apunta algo frenéticamente en otra servilleta.

—¿Qué escribes? —pregunta Vera.

—Jurisprudencia vecinal.

—Eso tampoco existe.

—A partir de hoy sí.

Mateu deja la copa vacía.

—Bueno. Yo me voy.

—¿Ya? —pregunta Gabi.

—He bajado a avisar de la poda.

—Y te has bebido un vino.

—Porque insistís mucho.

—Te hemos insistido una vez.

Mateu se encoge de hombros.

—Soy fácil de convencer.

Empieza a caminar hacia la verja y desaparece por el pasaje con las manos otra vez metidas en los bolsillos de la bata.

Lola espera exactamente dos segundos.

—Una mudanza con miedo al papeleo.

Mónica cierra los ojos.

—Como lo escribas en otra servilleta, te juro que—

—Demasiado tarde.

Nos enseña el papel.

SEIS CAJAS = MUDANZA CON MIEDO AL PAPELEO.

Me parece que el debate aún no se ha acabado. O eso creía, hasta que Gabi se levanta y coge la guitarra. ¡Ay madre, que la cosa se pone peor!

—Espera —dice Mónica. — ¿Bajamos al Nido? Así podremos hacer ruido y olvidarnos de la hora.

—Buena idea —suelta Gabi, chocándole los puños.

Todas nos vamos levantando, siguiendo su iniciativa.

Me acuerdo de las tartaletas justo cuando coloco a Maya en el carrito.

—Id bajando —digo—. Voy a por las tartaletas a la nevera.

—Te esperamos abajo —dice Adri, cogiendo el carrito con una mano y estirando el brazo para besarme con la otra.

Cruzo el patio hacia la cocina de La Casa, sorteando dos sillas y una copa que alguien ha dejado en el suelo como si fuera lo más normal del mundo. La puerta está entornada. La luz de dentro es esa luz amarilla de fluorescente viejo que nunca han cambiado porque a nadie le importa lo suficiente.

Empujo la puerta y me quedo congelada con la mano todavía en el pomo.

Alba tiene a Claudia contra la nevera. No la nevera grande, la pequeña, la de las bebidas, la que hace ese ruido raro cuando se cierra mal.

Claudia tiene las manos hundidas en el pelo de Alba y una pierna medio enredada entre las suyas, y ninguna de las dos parece muy preocupada por el hecho de que la puerta de una cocina compartida por doce personas no tenga pestillo.

Me quedo un segundo de más mirando, porque es que es una imagen bonita, y luego carraspeo con toda la delicadeza de la que soy capaz, que es poca.

Se separan de golpe. Claudia se lleva la mano a la boca como si eso fuera a servir de algo. Alba ni se inmuta, se limita a quedarse ahí, despeinada, con esa cara de quien ha sido pillada y le da exactamente igual.

—Las tartaletas —digo, señalando la nevera grande, la otra, la que no tiene a nadie apoyada—. Solo he venido a por las tartaletas.

—Vega —dice Claudia, recolocándose el cuello de la camisa con una dignidad que no le está sirviendo de nada—. Esto no es lo que parece.

—Claudia, os he pillado literalmente besándoos.

—Es exactamente lo que parece —corrige Alba, sin el más mínimo apuro, pasándole un brazo por la cintura a Claudia otra vez como si yo no estuviera ahí—.

Claudia me mira con una expresión que reconozco perfectamente: es la misma cara que pone Adri cuando quiere que yo mienta por ella delante de su madre.

—No hace falta que le digas nada a Lola —dice, muy seria—. Bastante tiene ya con las servilletas.

—Yo no he visto nada —contesto, abriendo la nevera y sacando la bandeja de tartaletas con una tranquilidad que no siento del todo—. Salvo que, evidentemente, esta no es la primera vez que os escondéis en una cocina.

Alba sonríe de lado, ese gesto suyo de niña que sabe que se va a librar del castigo.

—Digamos que tenemos preferencia por los electrodomésticos.

—Alba.

—¿Qué? Es información relevante para la investigación.

Claudia cierra los ojos un segundo, como pidiéndole paciencia al universo, y después, bajito, casi sin querer, se le escapa:

—Al menos esta vez no era la nevera del Bulevard Rosa.

Me detengo con la bandeja a medio camino de la puerta.

—¿Qué nevera del Bulevard Rosa?

—Nada —dicen las dos a la vez, con una sincronía que da un poco de miedo.

Salgo de la cocina con las tartaletas y una información absolutamente inútil que pienso guardarme por ahora.

Dios. Qué mujeres más especiales. A Adri fijo que sí se lo cuento en cuanto llegue al Nido.