Vino de los Viernes - Episodio 3 (Vino de los Viernes - Casa de las Golondrinas) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

—¿Perdona? —dice Alba, entrecerrando los ojos pero con un hilo de voz al que se le nota demasiado el temblor de la emoción—. ¿Acabas de decir lo que creo que has dicho, ingeniera?

Claudia ni pestañea. Ajusta el cierre de su maletín de piel, repasa con la yema del dedo la esquina de la funda del iPad y se sirve medio dedo de agua mineral.

—Eres una romántica, Clau.

Todas nos reímos, y ellas se dan un beso que me obligo a dejar de mirar.

—¡Momento, momento! —dice Lola, mirando a Aina, para que saque una foto.

Aunque antes de que le dé tiempo, Claudia ya se está apartando y tiene la cara como un tomate.

—Tengo el cerebro frito —murmura Vera, sorbiendo de su copa—.

Hoy he cerrado el convenio de liquidación de un matrimonio de dieciocho años.

Tres millones de euros en patrimonio, dos pisos en Sarrià, una casa en la Cerdanya y cuatro coches.

Cero discusiones. Todo repartido en cuarenta y cinco minutos con una elegancia impecable.

—¿Y dónde estuvo el drama de esos ricachones? —pregunta Mónica, apoyando los codos en la mesa.

—En una cafetera italiana de tres tazas con el asa de baquelita derretida —responde Vera, abriendo los ojos—.

Dos horas y media de negociación encarnizada por una cafetera de treinta euros.

Se han dicho barbaridades que no se dijeron cuando hablaban de las cuentas en Suiza.

Ninguno de los dos quería el aparato por el café.

Lo querían porque esa cafetera era el símbolo de las mañanas de los sábados de 2012, cuando todavía se querían sin hacerse preguntas.

—Ahí lo tenéis —dice Lola en voz baja—. La prueba empírica de mi teoría. Compartir vida no es firmar escrituras; es dotar de un significado ridículo a los objetos cotidianos hasta que se vuelven radioactivos.

Antes de que se vuelva a abrir el debate, Maya acapara toda la atención con un chillido agudo.

Adri se la pasa a la cadera, le mece un poco y después me la pasa. Dejo el trozo de focaccia, cojo a la niña, me la acomodo en el hombro y con la derecha le acerco a Adri el tenedor con comida.

—Estáis deshechas —observa Gabi, mirándonos a las dos.

—La niña lleva unos días durmiendo mal —admito—.

—Dejadnos a Maya el sábado —suelta Gabi con absoluta naturalidad—. Y así descansáis un poco.

—Y el domingo por la mañana nos la quedamos nosotras —dice Lola en el acto—.

—Yo cubro la tarde del domingo con Mónica —se suma Aina—. Circuito de relevos oficial. Os devolvemos a la niña el domingo por la noche duchada y cenada.

Me quedo congelada con Maya en brazos, mirando a la mesa entera. Intento soltar una broma sobre la calidad del servicio de guardería, pero la voz se me engancha en la garganta. Adri me aprieta el muslo por debajo de la mesa, igual de conmovida.

—¿Habláis en serio? —pregunto, limpiándome disimuladamente el rabillo del ojo con el dorso de la mano.

—En esta mesa no se negocia con la salud mental de las madres —sentencia Mónica—.

Y en el silencio cálido que sigue, mientras Maya se queda por fin dormida contra el hombro de Adri y Núria apura su copa de vino, queda claro que las verdaderas casas no se construyen con ladrillos ni se defienden en los juzgados: se sostienen así, con una red invisible de manos dispuestas a sujetarte el peso cuando ya no puedes más.