24. Capítulo 24 #2
Julia levantó la mano para impedirle seguir hablando. —Lo solucionamos sin ti. Carlo reparó la instalación con Rita, mientras yo iba a Florencia a por el repuesto.
Él tragó saliva. ¿Quién era Carlo? ¿Qué quería ese tipo de Rita? ¿Acaso tenía ella pareja? ¿Era eso lo que había intentado ocultarle todo este tiempo? ¿Ya estaba comprometida y solo había pretendido romperle el corazón?
—No es a eso a lo que quería ir a parar. En Florencia me encontré con Ornella. Quizá no la conozcas, tiene una joyería en Florencia y es una buena conocida de la familia.
Leo asintió. Por supuesto que conocía a Ornella Ferrara, todo el mundo en Florencia la conocía a ella y a su famosa joyería.
Y sobre todo, sabía que la anciana se enteraba de todo, ya que era la persona con mejores contactos de Florencia.
No le gustaba el rumbo que estaba tomando esta conversación.
Y la pausa cargada de significado de Julia le disgustaba aún más.
Julia respiró hondo. —Me contó que hay rumores de que quieres comprar nuestra bodega. Me lo preguntó directamente porque quería saber si había algo de cierto en ello.
Leo se quedó gélido. —Bueno, ya sabes cómo son estas cosas de los rumores. Nunca hay nada de verdad en los cotilleos.
Inspiró profundamente. Tenía que conseguir convencer a Julia de que la historia no era cierta y disipar sus sospechas. Pero ella no cedía.
—¿Tú crees? He aprendido en los últimos años que todo rumor tiene un trasfondo de verdad; además, Ornella fue muy detallada en su relato.
—Se miró las uñas cuidadosamente esmaltadas.
—Tu madre se desahogó con ella en su última compra de joyas.
Debió de soltar alguna que otra pista. Ornella lo sabe de primera mano.
¡Así que no me mientas! ¿De qué va todo esto?
Julia le clavó el dedo índice en el pecho.
Al contrario que su madre, ella tenía las uñas cortas, pero aun así dolió.
Aunque no era nada comparado con el pesar emocional que provocaban sus palabras.
Julia le había descubierto, ¿y quién había sido la causante?
Naturalmente su madre, que no sabía guardar un secreto.
Suspirando, se retiró el pelo de la frente. ¿Tenía alguna posibilidad de negar su culpa? ¿Quedaba algún resquicio por el que pudiera capear este temporal?
Julia tenía los brazos cruzados y en ese momento él se percató de lo mucho que se parecían las hermanas, aunque a primera vista no se notara. Sus ojos oscuros centelleaban de rabia.
—Vale, lo confieso. —Leo levantó los brazos en señal de rendición.
—¡Maldito canalla! Seduces a mi hermana, te aprovechas de su confianza, solo para quedarte con la bodega a sus espaldas.
—¡Julia, escúchame, por favor!
Él le tomó las manos, pero ella se las retiró. Volvió a cruzarse de brazos.
—No creo que quiera escucharte más. —Intentaba contener las lágrimas que asomaban a sus ojos. Lágrimas de rabia y de decepción, que lloraba por cuenta de su hermana.
—No solo has traicionado a Rita, sino a toda la familia.
—Es cierto, en un principio vine con la intención de comprar la bodega. Quería poner en marcha ese proyecto de agroturismo que había diseñado y la Bodega Gallo era perfecta para ello. Pero tienes que creerme que mis planes han cambiado.
—Nos has traicionado a todos y nos has estado engañando semanas haciendo ver que solo te interesaba trabajar en la bodega, que querías aprender, ayudar a Rita. Dios mío, si se lo digo, se le romperá el corazón.
—Entonces no se lo digas.
—¿Cómo te lo imaginas? ¿Crees que voy a dejar que mi hermana caiga directamente en una trampa? No sé si en tu familia es lo habitual, pero los Gallos estamos unidos. Nos apoyamos y no nos quedamos de brazos cruzados viendo cómo el otro se derrumba. —Le miró indignada.
—Todo eso lo sé, Julia, pero por favor créeme: ya no quiero comprar la bodega.
—¿Y qué haces todavía aquí? ¿Para qué has vuelto siquiera?
—Porque me he enamorado de Rita.
Julia enarcó las cejas y chasqueó la lengua. —Ni tú mismo te lo crees. Para vosotros, los Vitales, solo cuenta el dinero, vuestro renombre, la imagen. Rita tenía toda la razón contigo.
Las palabras de Julia le provocaron un dolor agudo en el corazón. ¿Rita seguía odiándole? No, eso no podía ser. No después de todo lo que había pasado. ¿O sí?
Pero Julia no le dejó tiempo para reflexionar. Volvió a clavarle el dedo índice con todas sus fuerzas en el pecho. Sus ojos centelleaban peligrosamente.
—¿Quieres la bodega? Pues tengo una mala noticia para ti, porque nunca la vas a tener.
Leo levantó las manos para apaciguar a Julia. —Ya no quiero comprar la bodega. Por favor, créeme cuando te digo que todo estaba planeado de otra forma. No elegí enamorarme de tu hermana. Simplemente sucedió, y sé que estamos hechos el uno para el otro.
Julia soltó una carcajada, pero no sonó nada divertida. —¡Sigue soñando! Rita no querrá saber nada de ti cuando se entere de que le has estado mintiendo todo el tiempo.
—Por favor, Julia, no le digas nada todavía.
Quiero explicárselo yo mismo, pedirle perdón y hacerle comprender que nunca quise herirla.
—Solo de imaginar esa confesión, a Leo le entró un sudor frío.
—Sí, quería comprar la bodega y construir una casa de vacaciones en ella, es verdad.
Y el proyecto me importó muchísimo durante mucho tiempo, eso también es cierto.
Pero los últimos meses me han cambiado. Rita me ha cambiado.
La fortuna de mi padre, su éxito, la imagen...
nada de eso me importa. Que todo ese mundo brillante de Florencia no es para mí es algo que ya sabía de antes.
Pero Rita me ha enseñado que la vida es mucho más de lo que jamás me hubiera atrevido a soñar.
Nunca me he sentido tan libre, mi vida nunca había tenido tanto sentido. Por favor, déjame hablar yo con ella.
Leo tragó saliva. No tenía ni idea de cómo iba a contarle todo aquello a Rita, pero si se enteraba por su hermana, seguro que ya no tendría ninguna oportunidad de acercarse a ella.
Julia se puso las manos en las caderas. Temblaba de rabia, pero asintió lentamente. —Vale, aunque no me creo nada de lo que me has contado, te daré esta oportunidad. Habla con Rita, y hazlo pronto. Si no, lo haré yo.