Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 24. Capítulo 24
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24. Capítulo 24

Leo cerró la puerta de la habitación del hospital y se apoyó en ella.

Oyó el estruendo de un carrito de comida al final del pasillo, acompañado por los pasos de la enfermera que lo empujaba.

Odiaba el olor a desinfectante y a gente enferma.

Pero hoy dejaría todo aquello atrás. Su padre estaba estable y pronto regresaría a casa.

Los últimos días habían sido atroces. Leo se había sentido como un prisionero en casa, había notado la mirada penetrante de su madre en la nuca cuando se sentaba en la terraza.

Había extendido ante él los planos de la bodega, pero no lograba verlos.

El rostro de Rita se interponía en todo: sus ojos oscuros, su dulce sonrisa al apartarse un mechón de pelo negro tras la oreja.

Así era el aspecto que tenía aquella noche junto a la hoguera, y nunca olvidaría esa imagen de fragilidad.

Rita se hacía la dura, pero no lo era. Había aprendido a no dejarse vencer, pero bajo esa coraza era sensible y vulnerable.

Leo no veía la hora de volver a mirar esos ojos oscuros, de ceder a esa increíble atracción entre ellos y sentir sus labios sobre los de ella. Su corazón palpitó un poco más rápido al imaginar cómo sería amarla en la hierba, entre las vides, tomando lo que tanto tiempo llevaba deseando.

La puerta en la que seguía apoyado se abrió de golpe. Se apartó rápidamente al darse cuenta de que, sin querer, había encerrado a su madre en la habitación de su padre.

—¿Qué haces ahí parado?

—Perdona, ha sido sin querer.

La madre de Leo cerró la puerta con un fuerte tirón, se agarró de su brazo y tiró de él pasillo adelante.

Él suspiró. —Me alegra que esté mejor. Por suerte podrá salir pronto del hospital.

Beatrice Vitale le lanzó una mirada fría. Ya volvía a cuidar meticulosamente su perfecta apariencia. Nada indicaba que pocos días antes hubiera estado sentada, trastornada, en esa habitación temiendo por su marido y por su futuro.

Con un leve tintineo, se abrieron las puertas del ascensor y ella metió a Leo dentro.

—Ni se te ocurra pensar que algo va a cambiar solo porque tu padre haya salido del peligro.

Sí, regresará a casa dentro de poco, pero aun así es imprescindible que te incorpores de inmediato a la empresa para descargarle de trabajo.

Supongo que no querrás que repitamos una crisis así cada pocas semanas, ¿verdad?

Leo tragó saliva. Se había temido que la rápida recuperación de su padre no ablandaría a su madre.

—Ya te lo he dicho: tenemos un trato. Me incorporaré a principios de año, y hasta entonces tengo que ocuparme de mi proyecto turístico. El tiempo ya es de por sí demasiado escaso para poner en marcha todo lo que tengo en mente.

Beatrice Vitale agarró el brazo de Leo y le clavó las uñas, lo que le hizo soltar un grito. —Escúchame bien, querido. Se acabó el tiempo de los jueguecitos. O te haces cargo de la empresa, o tendremos que vender participaciones. Y no creas que entonces quedará futuro alguno para tu pequeña bodega.

Su voz no era más que un siseo, pero Leo no pasó por alto la amenaza. Su propia madre le estaba chantajeando.

Ella le soltó el brazo y salió del ascensor. En el vestíbulo, se volvió por última vez hacia él. —Decídete, Leonardo, antes de que sea demasiado tarde.

Luego se alejó con el taconeo de sus zapatos altos sobre el suelo de mármol pulido antes de salir del hospital con la barbilla en alto, directa hacia la limusina que la esperaba ante la puerta.

Leo la dejó marcharse. Volvería a casa más tarde, si hacía falta en autobús. Necesitaba urgentemente distanciarse de la ostentosa villa, y no quería tener a su madre cerca ahora mismo. Que se hubiera atrevido a amenazarle suponía un nivel de escalada completamente nuevo.

Conocía a su madre. Beatrice Vitale no se daría por vencida. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera para asegurar la empresa de su marido y, con ello, su nivel de vida. Una vez más, era el prisionero de su propia vida.

Leo salió al cálido sol y se retiró el pelo de la cara.

Todo se había complicado mucho. Por un lado estaban su proyecto turístico, la bodega y Rita.

Por otro, su deber para con su familia, pero también el miedo a que su madre cumpliera su amenaza y condenara al fracaso su proyecto personal antes incluso de que tuviera la oportunidad de hacerlo realidad.

Tenía que decidirse de una vez por todas de qué lado estaba.

Quería contarle toda la verdad a Rita, pero ¿cómo debía abordarlo?

Ella le odiaría por no haberle dicho la verdad, se alejaría de él, le echaría de la bodega, y entonces no le quedaría nada.

Nada más que unos cuantos recuerdos agradables y el corazón roto.

No, Rita no podía enterarse de que él había querido echarle el guante a la bodega. Al principio.

—¡Rita!

Leo no había podido esperar más y había regresado a Montalcino ese mismo día. La nostalgia por el pueblecito, la bodega y, sobre todo, por Rita no le había abandonado. No había querido quedarse en Florencia ni un minuto más de lo necesario.

Tras el desagradable intercambio de palabras con su madre, solo había vuelto brevemente a la villa, había hecho las maletas y se había marchado sin despedirse de ella.

No habría servido de nada intentar hablar con ella otra vez.

Su madre tenía su opinión y él la suya; por desgracia eran demasiado distintas como para llegar a un punto intermedio.

Tenía que tomar una decisión por sí mismo e intentar que sus padres no influyeran en él.

Rita levantó la cabeza al oír su llamada. Estaba sentada entre las vides, presionando la tierra con sus delicados dedos para comprobar la humedad. Se levantó, pero en lugar de acercarse a él, se dio la vuelta y echó a correr.

Leo corrió tras ella. —¡Rita, espera! —Su corazón latió más rápido al acercarse y percibir su aroma tan característico. Le habría encantado estrecharla de inmediato en sus brazos y besarla con pasión, pero su actitud distante le hizo detenerse.

—Siento haberme tenido que marchar así, fue una emergencia urgente.

Rita volvió a darle la espalda y se encogió de hombros con indiferencia. —Mi padre me dio tu mensaje, pero ya no contaba con que volvieras a aparecer por aquí. Pensé que tu empleo había terminado.

Leo se estremeció. Sus frías palabras le hirieron como puntas de lanza que se clavaban en su cuerpo. La más grande de todas, en el corazón.

—¿Por qué no iba a volver? Le dije a Enrico que mi padre estaba en el hospital y que regresaría lo antes posible. ¿No te lo ha dicho?

Entonces Rita se volvió hacia él. Sus ojos centelleaban de rabia y se cruzó de brazos.

—No, los detalles no me los ha contado, pero si te hubiera importado que yo lo supiera, podrías haberme escrito un mensaje o haberme llamado.

No lo hiciste, así que di por sentado que habías cancelado nuestro contrato.

Si te soy sincera, ya me había hecho a la idea.

Así que ya te puedes marchar, no te necesito.

Rita se dio la vuelta y dejó a Leo allí plantado como una caja de uvas olvidada.

Leo se pasó la mano por el pelo. Parecía estar tremendamente enfadada con él, y tenía razón, debería haber contactado con ella, pero no sabía qué decir.

Tantas cosas se habían quedado sin decir que no había querido tantear el terreno por teléfono.

Al fin y al cabo, ella había salido huyendo tras su beso, y él no había tenido oportunidad de volver a hablar con ella.

De descubrir si él significaba para ella tanto como ella para él.

—¿Así que quieres echarme?

Rita volvió a encogerse de hombros. —Me es indiferente que estés aquí o no. Debo admitir que has sido una ayuda bastante útil, pero también me las arreglaré sin ti. Así que no te imagines que voy a llorar ni una lágrima por ti.

Leo inspiró profundamente. Las palabras de Rita eran frías; era obvio que pretendía herirle.

—¿Entonces nuestro beso no ha significado absolutamente nada para ti?

—Fue un impulso momentáneo, nada más. Olvidémoslo.

Leo se acercó a Rita, la tomó por los hombros y la obligó a girarse. Buscó en su rostro esa expresión tierna que tanto había echado de menos estos días, y la vulnerabilidad que ella le había mostrado.

—¿Y si yo no puedo olvidarlo así de fácil? ¿Y si no quiero irme, sino que quiero estar contigo?

Rita le miró un momento y luego se soltó de sus brazos. —Entonces ese es tu problema y no el mío. Si quieres quedarte, quédate. Si quieres irte, vete. Es tu decisión.

Volvió a darse la vuelta, y esta vez la dejó marchar. Ella no le escuchaba en ese momento, pero él había visto lo que quería ver. Tras la rabia de sus ojos, había descubierto el dolor. Y así abrigaba la esperanza de que pudieran volver a salvar los abismos que se habían abierto entre ellos.

Leo bajó la colina arrastrando los pies. Caminaba con pesadez. Estaba agotado. Los días en Florencia le habían desgastado más que el trabajo físico en el viñedo.

Llegó tambaleándose a su coche y se sentó dentro. Cuando iba a arrancar el motor, alguien llamó a la ventanilla y se sobresaltó. Suspirando, bajó el cristal y asomó la cabeza.

—¿Julia? ¿Puedo hacer algo por ti?

La hermana de Rita tenía los ojos entrecerrados y los labios apretados con firmeza. Nunca había visto tan seria a la despreocupada Julia. ¿Habría pasado algo? Quizá ella pudiera darle un consejo sobre cómo volver a ganarse la confianza de Rita.

Abrió lentamente la puerta del coche. El estruendo al cerrarla a sus espaldas resonó por todo el viñedo.

—Tengo que hablar contigo.

—¿Pero qué ha pasado?

Julia se pasó la mano por la frente, su voz delataba una rabia contenida. —Mientras no estabas, se averió el sistema de riego del viñedo.

Oh, no, había dejado a Rita sola ante aquello. No era de extrañar que estuviera decepcionada con él. Debería haberla ayudado, pero una vez más, se había enfrentado sola a sus problemas.

—Si yo hubiera sabido eso…