21. Capítulo 21
Rita se pasó la mano por las mejillas. Se habían sonrojado ligeramente porque, desde que se había levantado, sus pensamientos no habían dejado de girar en torno al apasionado beso entre las vides.
Se observó en el pequeño espejo del baño.
¿Eran imaginaciones suyas o hoy tenía un aspecto diferente?
No, sus ojos brillaban, su piel se veía rosada, tenía un aspecto fresco y descansado.
Y eso que no había pegado ojo en media noche.
Rita posó las yemas de los dedos suavemente sobre sus labios, justo allí donde Leo la había besado.
Con un suspiro, se dejó caer en el borde de la bañera. El beso había sido electrizante, tan intenso y, al mismo tiempo, perturbador.
Sonrió al recordar lo alterada que había estado tras la discusión con su padre.
Leo no había intentado apaciguarla ni convencerla de que la disputa no había sido para tanto.
Había aceptado sin palabras que ella buscaba en ese momento una vía de escape para su rabia, y se alegraba de no haber pagado su frustración con él.
Sin Leo no se habría atrevido a hablar tan directamente con Enrico.
Hasta entonces siempre había intentado ser la hija modelo que nunca decepcionaba a su padre, que hacía todo a su gusto.
Pero ayer algo había cambiado en ella, y Leo había sido el detonante.
Sus confusos sentimientos por él y su sola presencia le habían dado la fuerza para comportarse, por fin, como una mujer adulta y no como una niña pequeña que idolatraba a su padre.
Rita se levantó; la fría cerámica de la bañera se le había clavado de forma incómoda en las piernas.
Una mirada al reloj blanco y negro que colgaba sobre la puerta la hizo estremecerse.
No se había sumido en un sueño inquieto hasta el amanecer y no había sido capaz de reunir fuerzas para levantarse a su hora habitual.
Una y otra vez se había imaginado a Leo y a ella entre las vides, había sentido el suave roce en sus mejillas y su apasionado beso.
Al recordarlo, el corazón le latía más deprisa y solo de pensarlo se le ponían las piernas como si fueran de gelatina.
Se había preguntado repetidamente qué habría pasado si no se hubiera soltado para emprender la huida.
Rita soltó una carcajada sin alegría. Había dejado a Leo allí plantado, se había refugiado en su casa y se había escondido.
Ese beso lo había cambiado todo entre ellos.
El niño rico y engreído al que no había podido tragar al principio de su empleo, ahora le despertaba mariposas en el estómago y no tenía ni idea de cómo gestionar aquello.
Pensativa, se retiró el pelo hacia atrás y se lo recogió. La típica expresión crítica se había instalado en su rostro e intentaba eclipsar el brillo de sus ojos. Pero no iba a permitirlo. Se sentía tan animada como casi ningún otro día desde la muerte de Alberto.
El recuerdo de su difunto marido la hizo estremecerse. Sentía un poco como si lo estuviera traicionando. ¿Pero quizá Julia tenía razón? Alberto sería el último que le reprocharía ser feliz con otro hombre; no querría verla desdichada.
Sea como fuere, ya era hora de enfrentarse al día. Estaba impaciente por su primer encuentro con Leo tras aquel beso maravillosamente perturbador.
Se irguió, echó los hombros hacia atrás y salió de su casa en dirección a la casa principal. Se dispondría a hacer su trabajo como cualquier otro día. Y en cuanto a Leo, se dejaría sorprender.
Cuando Rita entró en la amplia terraza de la casa de sus padres, el sol estaba ya alto en el cielo.
El aire era cálido, los pájaros cantaban con fuerza y las abejas zumbaban entre las flores moradas de la buganvilla.
Aspiró profundamente el aromático aire veraniego; el embriagador aroma de las flores y el toque áspero de los cipreses le llenaron la nariz.
Se sentía como si flotara a un metro del suelo; cada paso era tan ligero como si caminara sobre nubes.
Rita sacudió la cabeza. ¿Cuánto tiempo había necesitado para volver a abrazar la vida y verla como un regalo? Era increíble que precisamente el guapo Leonardo Vitale fuera el responsable de que se sintiera tan radiante como hacía tiempo que no se sentía.
—¿Ha pasado algo?
Enrico Gallo bajó el periódico y miró a su hija con el ceño fruncido.
—Ayer todavía estabas con ganas de pelea, y hoy vas por el mundo con una sonrisa radiante, como si nada hubiera pasado. —Sacudió la cabeza y apretó los labios.
—No te equivoques, padre. Todavía estoy enfadada contigo, pero tengo la leve esperanza de que cambies de opinión. Aun así, no tengo intención de continuar nuestra disputa donde la dejamos ayer. Solo quería tomarme un expreso y ponerme a trabajar.
Enrico la miró consternado. —¿Quieres decir que aún no has trabajado hoy? ¿Has mirado la hora?
Rita se encogió de hombros y le sonrió con una amabilidad exagerada.
No iba a permitir que su huraño padre le arruinara aquel humor excelente.
Que se quedara amargado en su cueva de hielo si quería; ella no iba a dejar que eso la afectara más.
La vida era demasiado colorida y la mañana demasiado radiante para echarla a perder con una discusión.
—Si quieres saberlo exactamente: me he quedado dormida.
—¿Y encima te tomas un café con toda la tranquilidad del mundo? ¿Te has vuelto loca del todo? Paseas por aquí como si no tuvieras nada que hacer.
—Pues ya trabajaré hasta más tarde esta tarde. —Rita se alejó de su padre con intención de entrar en la casa, cuando él la retuvo.
—Mientras tú te desperezabas tranquilamente en tu cama, Leonardo ha estado aquí. Me ha pedido que te diga que ha tenido que irse urgentemente a Florencia y que aún no sabe cuándo volverá.
Rita se detuvo en seco; la sonrisa de enamorada se esfumó de un plumazo y el corazón le dolió ante las palabras de su padre.
Por una vez, no porque él pretendiera herirla, sino porque Leo se había marchado.
¿Estaba tan confundido como ella o el beso no había significado nada para él?
¿Había decidido que sería un error involucrarse con ella?
Rita giró la cabeza. La mueca de satisfacción en el rostro de su padre la mortificó.
—¿Ha dicho algo más?
Su voz sonó quebrada, agotada, como si no le perteneciera. Rita se aclaró la garganta. No le mostraría a su padre que le dolía el hecho de que Leo se hubiera marchado sin hablar con ella.
—Te estaba buscando, pero como aún no habías aparecido y él no podía esperar tanto a que te dignaras a salir de la cama, me pidió que te entregara el mensaje.
Rita asintió y apretó los labios con fuerza. Se había marchado sin más, sin explicaciones, sin una palabra de consuelo.
—Está bien, entonces es hora de ponerse a trabajar; después de todo, tendré que compensar de algún modo la falta de apoyo de Leo.
Sin mediar palabra, Rita entró en la espaciosa casa.
Tras el sol radiante de la terraza, el interior le pareció sombrío, ¿o era su estado de ánimo lo que estaba tan empañado?
Con los hombros caídos se arrastró hasta la cafetera y dejó que un expreso cayera en la pequeña taza blanca.
El zumbido de la máquina la envolvió mientras sus pensamientos daban vueltas en un tiovivo.
¿Había ahuyentado a Leo de la bodega? Se apoyó sin fuerzas en la encimera. Otra vez estaba sola ante el peligro. Al dolor por la muerte de Alberto se sumaba ahora el de la repentina partida de Leo.
Unas lágrimas gotearon sobre sus manos frías.
Rita ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando.
¿Por qué se había ido Leo? ¿Es que ella no significaba nada para él?
¿Cuántas veces más tenía que sufrir una decepción en su vida?
¿Cuántas veces los hombres a los que abría su corazón la dejarían atrás sola?
¿Y por qué? ¿Qué le había hecho a Leo? ¿Había sido todo solo un juego para él?
¿Podía confiar en él? Había desaparecido de la noche a la mañana, como si no le importara lo más mínimo lo que había pasado entre ellos.
No solo había sido el beso en las vides, también la noche junto a la hoguera, en la que ella se había sincerado y él había ido derribando sus muros piedra por piedra.
¿Por qué había hecho todo eso si no sentía lo mismo que ella?
¿Acaso se había imaginado sus miradas intensas, el anhelo por ella y esa cercanía inexplicable entre ambos?
—¿Está todo bien?
Rita se irguió y se secó rápidamente los ojos para ocultar sus lágrimas. Respiró hondo antes de volverse hacia su hermana pequeña y forzar las comisuras de sus labios hacia arriba.
—Sí, claro, todo bien. Buongiorno, Julia.
Julia se acercó a ella y la estrechó entre sus brazos. —Pues no parece que estés muy bien.
Rita se zafó del abrazo de su hermana. Le resultaría más fácil recomponerse y ocultar sus verdaderos sentimientos si mantenía un poco de distancia.
—He dormido mal. Y padre me acaba de decir que Leo se ha marchado. Ahora se me acumula aún más trabajo y no sé si podré con todo hoy.
Julia la miró con aire inquisitivo, sin responder nada.
Rita sintió que su hermana no se tragaba el cuento y que, en ese momento, se debatía entre seguir sonsacándola o aceptar su excusa barata.
Julia le puso la taza de expreso en la mano antes de prepararse un capuchino. Tomó un sorbo despacio y observó a Rita por encima de la taza rosa con las cejas arqueadas.
—¿Así que se ha ido sin más, sin pedirte permiso? Quiero decir, al fin y al cabo, eres su jefa.
Rita golpeó la taza contra la encimera. —No. No ha hablado conmigo en absoluto. Le ha dejado el recado a padre.
—Vaya.
Julia no dijo más, pero en esa sola palabra había tanta sorpresa como en cien frases. Pero no solo eso. Con ese pequeño sonido expresaba que sabía que esa partida tendría consecuencias. Aunque, seguramente, no pensaba solo en el trabajo de la bodega.
Pero Julia no sería Julia si no intentara animar a su hermana.
—Seguro que ha tenido que hacer algo importante y vuelve mañana. Si quieres, puedo ayudarte hoy. Solo tienes que decirme lo que hay que hacer. ¿Qué te parece? ¿Hacemos un día de hermanas?
Rita sacudió la cabeza con gesto huraño. El desbordante buen humor de Julia a veces resultaba difícil de soportar. Su hermana pequeña saltaba alegremente ante ella dando palmaditas, como si no pudiera imaginar nada mejor.
—Venga ya, no me mires de forma tan crítica. Sé que no tengo ni idea del trabajo, pero Leo tampoco la tenía al principio; y lograste enseñarle tanto que ahora te sirve de gran ayuda. Estoy segura de que puedo ocupar su lugar.
—No, no puedes. —Rita se mordió la lengua para no expresar ese pensamiento en voz alta.
Quería a su hermana más que a nada, pero para los sentimientos que Leo había despertado en ella en los últimos días, no podía ofrecerle ningún sustituto.
Daba igual cuánto se esforzara Julia y cuánto apoyara a Rita: las mariposas que esa mañana volaban tan agitadas por su vientre se habían desvanecido.
En su lugar, solo quedaba el sabor amargo de la decepción.