Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 18. Capítulo 18 #2
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18. Capítulo 18 #2

Leo tocó la mano de Rita y esta vez ella no la retiró cuando él se la estrechó.

—¿Quieres contarme algo más sobre cómo el destino se portó mal contigo?

Rita negó con la cabeza, pero enseguida asintió. —En realidad no suelo hablar de ello.

—¿Sobre el destino o sobre tus sentimientos?

—Sobre ambas cosas.

—¿Sabes qué llevo preguntándome desde que llegué?

Rita giró la cabeza y miró a Leo con sus ojos oscuros. Por un momento, él olvidó lo que quería decir. Apartó la mirada para concentrarse de nuevo en la conversación.

—Me acuerdo de antes; por aquel entonces siempre estabas cantando. En todas partes y a todas horas. Llevo ya mucho tiempo aquí, pero no te he oído ni siquiera tararear para tus adentros. ¿Por qué?

Rita volvió a clavar la vista en el cielo, como si buscase entre las rutilantes estrellas una respuesta que él pudiera comprender.

—¡Una estrella fugaz! ¿La has visto?

Rita asintió.

—¡Pues pide un deseo, rápido!

Ella cerró los ojos por un momento y una expresión de desesperación asomó a su rostro. —No creo que eso funcione. Lo que deseo no lo conseguiré nunca. Nunca más.

El dolor de Rita se sentía casi palpable entre ellos, como un fantasma. Él deseaba con todas sus fuerzas ayudarla, estar allí para ella, consolarla y devolverle el brillo. Aunque solo fuera por un instante. Pero no se movió.

El fuego chisporroteaba cuando el viento se metía en él. Una brizna de hierba que crecía justo al lado de la manta le rozó la mejilla.

Solo después de un rato largo Rita continuó hablando.

—Tienes razón, antes siempre cantaba y quería ser cantante.

Estar en los grandes escenarios bajo el foco y emocionar a la gente con mi voz.

¿No es absurdo pensar en lo que me he convertido?

—Rita tragó saliva. Le costaba seguir hablando.

Su voz destilaba desprecio hacia sí misma—.

Una mujer que no le da ningún valor a su aspecto, que se arrastra por los viñedos en pantalones anchos. Todo bastante desolador, ¿verdad?

Leo le cogió la mano. —Digámoslo así: si fueras por ahí entre las vides con un vestido de lentejuelas, quizá fuera algo más estiloso, pero también una auténtica locura.

Volvió a girar la cabeza hacia Rita y vio cómo una leve sonrisa asomaba a su rostro.

—Quizá lo pruebe algún día, solo por fastidiar a mi padre.

Leo se puso de costado y miró a Rita con expectación. —¿Qué pasó? ¿Por qué guardaste bajo llave tu vestido de lentejuelas junto con tu magnífica voz?

—Han pasado demasiadas cosas. Tuve que hacerme cargo de la bodega y…

Rita se interrumpió; le costaba seguir hablando.

La bodega no era en absoluto el problema, ahora se daba cuenta.

Tenía que haber habido algo más en la vida de Rita que le hubiese arrebatado las ganas de cantar, ¿pero qué?

Ese suceso había apagado su alegría de vivir como una llama bajo una campana de cristal.

—No quiero hablar de ello.

Rita volvía a levantar su muro piedra a piedra, pero él no iba a permitir que se atrincherara tras él. Si ese tema era tan doloroso para ella, tenía que encontrar la forma de rodearlo.

—No tienes por qué contarme nada que no quieras. Me alegra que estés hoy aquí conmigo. ¿Sabes qué me haría realmente feliz?

Rita negó con la cabeza.

—Que cantaras algo para mí.

Ella se incorporó de golpe. —Eso … no puedo hacerlo, Leo. Lo siento, has preparado esto de forma maravillosa y me has servido de gran ayuda en las últimas semanas. Pero, por favor, no me pidas eso.

—Nunca te exigiría algo que no estés dispuesta a dar. Solo creo que para ti también sería un paso importante de vuelta a tu vida.

La mirada de Rita volvió a entristecerse y él intentó distraerla. No había planeado esta sorpresa para ver esa expresión de pesadumbre en sus ojos; ya la conocía de sobra. Quería ahuyentarla de una vez por todas.

—¿Te das cuenta de que después de mi primer día en la bodega casi no podía ni caminar? Me dejaste para el arrastre, pero yo era demasiado orgulloso para admitirlo, claro.

Rita se burló con la mirada. —¿Y si te dijera que era exactamente lo que pretendía? Quería quitarte esa sonrisita de superioridad.

—No me digas, casi no me doy cuenta. Bueno, hasta ahora donde más ejercicio hacía era en el campo de golf.

Rita entrecerró los ojos. —No sabía que se consiguieran esos músculos allí.

Leo se quedó sorprendido. ¿Se suponía que aquello era un cumplido? Él era consciente de que no estaba nada mal, pero Rita no le había dado hasta entonces la sensación de estar impresionada por su físico.

—Tienes razón, también me hacían falta unas cuantas horas extras de gimnasio.

Rita se sentó con las piernas cruzadas y se pasó la lengua por los labios. Reprimió con todas sus fuerzas un suspiro, pues ese gesto atrajo su mirada hacia esa boca que tanto deseaba besar.

—Eres un misterio para mí, Leonardo Vitale. Cuéntame, ¿cómo es tu vida? Tu padre ha hecho una carrera impresionante; sale casi todas las semanas en los periódicos. Por sus éxitos, su fortuna, sus proyectos benéficos… Debes de llevar una vida emocionante.

Leo volvió a tumbarse hacia atrás y le contó a Rita su día a día.

No quería aburrirla con detalles de la empresa, así que bromeó con humor sobre encuentros surrealistas en el campo de golf y contó anécdotas divertidas sobre los socios de su padre y sus respectivos cónyuges.

Sus historias lograron dibujar en ella esa sonrisa que le hacía sentir cerca de ella.

Las horas fueron pasando, la hoguera se iba extinguiendo, pero no tenían frío. Estaban muy a gusto juntos y reían relajados, como si no hubieran hecho otra cosa en la vida. Parecía mentira que hace escasas semanas fuesen enemigos acérrimos.

De pronto, Rita se quedó callada. Su mirada estaba clavada en los labios de él, y la de él en los de ella, y ya no pudo resistirse más.

Con cuidado, se inclinó hacia delante. Percibía el entorno como a través de una densa niebla: el chisporroteo del fuego, el murmullo del arroyo.

Solo veía a Rita y sus seductores labios.

Durante una fracción de segundo, ella se quedó inmóvil; luego, giró la cabeza.

Su voz era apenas un susurro. —Te agradezco mucho esta velada tan bonita, pero es complicado.

El corazón de Leo, que se había abierto hacía apenas unos segundos, se encogió decepcionado. El dolor recorrió su cuerpo como una punzada.

Rita había bajado la mirada al suelo, como si no pudiese sostenerle los ojos.

Leo se levantó y terminó de apagar las últimas brasas del fuego. Estaba seguro de que ya no le era indiferente. Pero ella no estaba preparada todavía. Ni para él, ni para lo que él esperaba de ella.