Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 18. Capítulo 18
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18. Capítulo 18

Leo se inclinó hacia delante y se apoyó en las rodillas, resoplando. ¡Por fin terminaba la jornada! Los días en la bodega eran largos, trabajaban a destajo hasta el anochecer.

Miró de reojo a Rita. El sudor le brillaba en la frente y unos mechones de pelo oscuro se le pegaban a las mejillas, creando un patrón desordenado. Parecía agotada.

Desde su conversación, algo había cambiado.

Sus pensamientos giraban en torno a Rita durante todo el día; ni siquiera el duro trabajo lograba distraerlo.

En los últimos días se había dado cuenta de que ya no estaba allí solo por su proyecto turístico.

O para escapar de su padre. Sobre todo, quería estar con Rita.

A pesar de todas las adversidades, sentía que a su lado estaba en el lugar correcto.

Leo sonrió. Rita se había esforzado de verdad por echarlo de la bodega y le había dado mil razones para odiarla, pero había sucedido exactamente lo contrario.

Se había dado cuenta de que Rita no era en absoluto la persona impaciente que aparentaba ser.

Su coraza se había endurecido en los últimos años, pero él estaba seguro de que debajo se escondía un corazón tierno.

Y se había propuesto descubrir cómo era exactamente.

Quizá su padre tuviera razón y no fuera un hombre de negocios astuto, porque no era capaz de controlar sus sentimientos y no se veía con fuerzas para quitarle la bodega a Rita.

Leo imaginó a su padre poniendo los ojos en blanco y resoplando molesto.

Podía oír sus palabras con tanta claridad como si estuviera allí mismo, a su lado.

—Tienes todavía mucho que aprender, muchacho.

¿Cuándo te darás cuenta de que la vida no es una película romántica?

En nuestro mundo solo llega lejos quien no muestra piedad.

¿Quieres poner en marcha ese lamentable proyecto turístico?

Pues compra de una vez esa maldita bodega.

Leo se dejó caer sobre la hierba, se llevó las rodillas al pecho, apoyó la cabeza en ellas e intentó ahuyentar la imagen de su padre.

Para Giovanni Vitale los únicos valores válidos eran el éxito, la riqueza y el reconocimiento, pero Leo no era así.

Él quería encontrar la plenitud y ser feliz.

Y nunca podría vivir con la culpa de haber destruido la vida de Rita.

Entonces, ¿cómo debía proceder? No quería renunciar a su sueño.

Poner en marcha ese proyecto turístico era demasiado importante para él; era un asunto del corazón presentar a la gente la auténtica Toscana.

Familiarizarlos con su cultura, hacer que la belleza de este paraje idílico estuviera a su alcance.

Pero había un problema: una gran parte de su corazón ya le pertenecía a Rita.

¿Cómo iba a conseguir unir ambas piezas?

—Necesito una ducha urgentemente. ¿Tú también quieres terminar por hoy?

Rita estaba a su lado; su mano descansaba con tal levedad sobre su hombro que casi no la sentía y, sin embargo, el contacto fue tan ardiente que le hizo sobresaltarse.

Ella lo miró extrañada y retiró la mano rápidamente.

Leo se levantó de un salto, sonrió y se despidió. Había tomado una decisión.

¿Se alegraría por la sorpresa? No era nada del otro mundo, pero tenía muchísimas ganas de arrancarle una sonrisa. Aunque solo fuera por un instante minúsculo.

Leo llamó tímidamente a la puerta de Rita.

Pasaron los minutos y no se oía ningún ruido desde la casita. Golpeó de nuevo la puerta principal, esta vez con más fuerza, pero no hubo respuesta. ¿Se habría acostado ya Rita? ¿O estaría en la ducha y no quería que la molestasen?

Leo se dejó caer en el pequeño escalón de la entrada y ahuyentó la imagen que su pensamiento había evocado.

Tenía que ver a Rita. Durante demasiado tiempo se había convencido de que ella no le caía bien, pero, por mucho que le pesara admitirlo, era alguien especial. Sentía el deseo de estar con ella.

No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba así sentado cuando la luz de una linterna lo sacó de su ensimismamiento.

—Leo, Dios mío, qué susto me has dado.

Leo se levantó rápidamente y se sacudió el polvo de los pantalones. —Perdona, por favor, no era mi intención. Todo lo contrario.

—¿Qué haces aquí todavía a estas horas?

—Estaba esperándote.

Rita no respondió nada. Había bajado el haz de la linterna hacia el suelo, su rostro quedaba en la penumbra y, aun así, él podía imaginarse su expresión con total claridad.

Seguro que había arqueado una ceja con curiosidad y fruncido el ceño.

La mímica de Rita no era difícil de leer; ella no ocultaba sus pensamientos.

—He preparado una pequeña sorpresa para ti. Hemos trabajado duro estos últimos días y he pensado que un descanso no vendría mal.

El suspiro de fastidio de Rita lo caló hasta los huesos. ¿Había sido una mala idea? ¿Se había pasado de la raya?

—¿Y dónde está esa sorpresa? —Su voz era una mezcla de aspereza y resignación.

—No está lejos, ¿vienes conmigo?

Leo dio un paso hacia Rita y le cogió la mano. ¿Aceptaría seguirlo en mitad de la noche? Sintió las dudas de Rita sin necesidad de que dijera nada. —¿Confías en mí?

Rita soltó una carcajada. —No lo sé, Leo. De verdad, no tengo ni idea de si puedo confiar en ti. Pero ya sabes que te estaré eternamente agradecida por haber salvado la bodega. Así que sí, iré contigo. Solo voy a coger mi chaqueta.

Leo se hizo a un lado para dejar que Rita entrara en casa. El corazón le latía con fuerza y las rodillas le temblaban un poco.

—Muy bien, estoy lista. —Rita se ajustó la chaqueta de punto clara, que brillaba bajo la luz de la luna.

No se tocaban y, aun así, Leo sentía su presencia con cada fibra de su cuerpo.

Le habría encantado cogerle la mano para guiarla por el camino.

Pero no se atrevía; no quería romper el ambiente ni quería que ella saliera huyendo y se atrincherara en su casa y en su pequeño mundo particular.

Pocos minutos después, Leo apartó unas ramas a un lado y dejó pasar primero a Rita.

—¿Qué es esto?

Bajo el cálido resplandor de la hoguera, Leo observó el rostro de Rita. Sus ojos brillaban, tenía la boca ligeramente abierta por la sorpresa y se había llevado la mano al corazón. Era exactamente la reacción que Leo esperaba.

—Es mi pequeño descanso de la bodega. Espero que te guste. —Leo se agachó y añadió un tronco al fuego. La hoguera había bajado bastante durante la larga espera.

Rita asintió sin palabras, pero Leo vio la emoción en sus ojos. Ella no estaba acostumbrada a recibir regalos. En los últimos meses había trabajado muy duro, lo había dado todo y él estaba seguro de que aquello no era algo nuevo en su vida.

Leo puso su mano suavemente sobre el omóplato de ella y la guio hacia la manta de cuadros que había extendido entre la hierba alta.

Conocía aquel lugar desde su infancia; lo había descubierto en una de sus excursiones de entonces.

Le encantaba deambular sin rumbo fijo y explorar el paisaje.

Se sentía como un pequeño aventurero. Aquel escondite a la orilla del río se le había quedado grabado en la memoria durante todos estos años, aunque le había costado un poco volver a encontrarlo.

La hoguera, que había construido con cuidado sobre la arena, ahuyentaba el frescor de la noche. Sobre la suave manta de pícnic había preparado algunas delicias. Unos aperitivos y una botella de vino de la bodega de Aldo, para que Rita no pensara que estaba robándole sus existencias.

Leo se dejó caer sobre la manta y, sin pensárselo dos veces, tiró hacia él de Rita, que todavía estaba rígida como un palo a su lado.

—¿Has preparado todo esto para mí?

—Por supuesto, ¿para quién si no?

—Esto es… Me faltan las palabras, Leo. Gracias. —Fascinado, Leo observó cómo cambiaba el gesto en los ojos de Rita. De la desconfianza a una alegría desbordante. Lágrimas de emoción brillaron en ellos.

Sirvió un poco de vino y se tumbó de espaldas.

Aquí fuera, el cielo oscuro estaba cuajado de estrellas.

Centelleaban y brillaban como en ningún otro lugar.

En Florencia apenas lograba verlas; lo más habitual era que las intensas luces de la villa y la ciudad iluminasen el cielo.

Pero aquí todo era diferente. Leo podría quedarse así tumbado eternamente.

Rita se tumbó con cuidado a su lado y también miró hacia el cielo. Él se prohibió girarse a mirarla. Este momento era íntimo, reconfortante, y no quería estropearlo. Una suave brisa le acariciaba el pelo, el río gorgoteaba bajito en su cauce y los grillos entonaban su canción romántica.

Durante un buen rato se quedaron allí tumbados, absortos en sus pensamientos. No le importaba; al contrario, lo tranquilizaba estar al lado de Rita en silencio. No se sentía nada forzado, sino como si fuera lo más natural del mundo.

—Esto es una locura.

Leo giró la cabeza, pero Rita seguía mirando al cielo.

—Hace unos meses no podía ni verte; sí, te odiaba de verdad. Y ahora estoy aquí tumbada contigo en mitad de la noche, mirando las estrellas. No tengo ni idea de cómo ha pasado esto y me desconcierta.

Leo sonrió para sus adentros. Él se había preguntado exactamente lo mismo en los últimos días.

Al principio había tenido que hacer de tripas corazón para soportar el carácter hosco de Rita y sus humillaciones.

¿Cómo se había convertido la antipatía que se profesaban al principio de su colaboración en este vínculo tan íntimo?

¿En esta sensación de flotar que se volvía más intensa con cada momento que pasaba con Rita?

—Quizá fue el destino lo que hizo que volviéramos a cruzarnos después de tantos años.

Rita soltó un bufido sonoro. —¿Crees en el destino?

—¿Tú no?

Ella negó con la cabeza y Leo notó con asombro que, una vez más, las lágrimas brillaban en sus ojos.

—Si el destino existe de verdad, es un auténtico cabrón.

Él se incorporó de golpe y miró a Rita desconcertado. Sus duras palabras no encajaban con el tono romántico que él había intentado crear.

—Perdona, por favor, quizá ha sido un poco excesivo.