Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 17. Capítulo 17
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17. Capítulo 17

Rita cerró los ojos por un momento y suspiró con deleite. Ahora, al caer la tarde, las temperaturas eran agradables y se podía relajar perfectamente en la terraza.

Había invitado a Leo a una copa de vino después del trabajo.

Se le había escapado, aunque sabía que no era una idea muy meditada eso de sentarse con él.

El crepúsculo había comenzado y dejaban atrás una jornada agotadora.

Durante el día hacía tanto calor que el trabajo se le hacía cada vez más pesado.

La tormenta ya era historia; lo habían recogido todo y la bodega volvía a estar en orden.

Los daños eran considerables, tanto en los edificios como en las vides.

La entrega de Leo había evitado lo peor y Rita quería mostrarse agradecida.

No era algo habitual que un ayudante salvara una bodega.

Las zanjas provisionales que Leo había cavado habían contribuido a desviar toda aquella agua de forma provechosa.

Rita sacudió la cabeza, molesta consigo misma.

Llevaba años trabajando allí, pero nunca había vivido una tormenta semejante.

Por supuesto, de vez en cuando había alguna tronada, pero normalmente no era nada dramático.

Incluso cuando la cosa se ponía fea, hasta entonces todo había acabado bien.

Un temporal así, con lluvias torrenciales y granizo como el que había caído sobre la bodega hacía unos días, era inusual. Por suerte.

Rita suspiró. Seguramente eran los efectos del cambio climático.

Era un escándalo que todavía hubiera gente que negara el calentamiento global y el consecuente aumento del riesgo de temporales.

No había más que abrir los ojos y mirar alrededor para que no quedara lugar a dudas.

Los veranos eran más calurosos, la tierra estaba más seca, las tormentas eran más extremas.

Como si la viticultura no fuera ya de por sí lo bastante exigente.

Rita se reclinó en el cómodo sillón y estiró las piernas. En condiciones normales se habría quitado los zapatos, pero en presencia de Leo se contuvo.

Leo: la siguiente preocupación que cargaba a cuestas.

Se había convertido en mucho más que un simple ayudante.

Desarrollaba ideas y planes, no solo quería arrimar el hombro, sino modernizar la bodega, impulsar el negocio, y Rita no estaba segura de qué pensar al respecto.

A veces le parecía inapropiado, casi impertinente, que se metiera en el funcionamiento de la empresa.

Pero, en ocasiones, le fascinaba lo distinta que era su percepción del mundo y cómo era capaz de ver más allá de lo evidente.

Se apartó un mechón de pelo tras la oreja.

Seguramente tenía un aspecto terrible. Estaba sucia de arriba abajo, su pelo caía pajizo sobre sus hombros y su camiseta estaba rasgada a la altura de la cintura.

Normalmente no le importaba, pero hoy le interesaba lo que Leo pensara de ella y no quería, bajo ningún concepto, que le resultara repelente.

—¡Salute!

Leo le tendió la copa de vino para brindar y la sacó de sus pensamientos.

—¡Salute! Y gracias de nuevo por tu esfuerzo durante la tormenta.

Leo puso los ojos en blanco. —Eso ya lo has dicho mil veces. No ha sido nada del otro mundo y cualquier otro habría hecho exactamente lo mismo. Solo he intentado ayudar.

Rita dio un sorbo al vino y disfrutó del suave dulzor en su paladar.

—Sabes que eso no es verdad. Cualquier otro ayudante se habría dado a la fuga y me habría dejado allí arriba en el viñedo, sin importarle lo que pasara con la finca.

Rita hizo una mueca. Solo de pensar en lo que podría haber pasado, el corazón le daba un vuelco. ¿O era por la mirada dulce de Leo?

—No pasa nada. Como te he dicho, lo hice encantado y no hace falta que me des las gracias otra vez.

Leo puso su mano sobre la de ella. Durante unos segundos sus miradas se cruzaron, pero ninguno se atrevió a aprovechar el momento.

Su piel estaba caliente y Rita sintió las durezas en sus dedos, formadas en las pocas semanas que llevaba a su lado.

Habría sido tan fácil acurrucarse contra él, sentir su fuerza, su calor...

Rita retiró la mano y apartó la vista. No era apropiado.

En ese momento no debía de estar en sus cabales.

Su anhelo por Leo era tan intenso que no podía ser real.

Seguramente todo tenía que ver con su desmayo.

Estaba idealizando el comportamiento de Leo como un acto heroico porque ella misma no había sido capaz de hacer nada.

De lo contrario, su ayuda probablemente no habría tenido mayor importancia.

Leo se detuvo un instante y se quedó mirando al vacío. Luego retiró la mano lentamente y rodeó su copa con ella. Como a cámara lenta, dio un sorbo al líquido de color rojo sangre mientras volvía a clavar la mirada en ella.

Rita sintió un escalofrío. Se había levantado una ligera brisa que resultaba fresca tras el calor del día. ¿O eran los ojos azul mar de Leo los que le ponían la piel de gallina?

Cuando Leo tomó la palabra, Rita suspiró aliviada. El ambiente romántico se había esfumado. Al menos por el momento, volvía a estar en terreno seguro.

—La bodega se ha convertido ya en una especie de segundo hogar para mí. Me siento bien aquí, aunque el trabajo sea mucho más agotador de lo que esperaba al principio.

—Ajá, ¿así que por fin admites que tu experiencia en la viticultura no era para tanto?

La voz de Rita había recuperado ese tono burlón. Tenía que mantenerse firme y alejarse de Leo; su presencia era demasiado peligrosa y debía evitar que él saltara los muros que ella había construido a su alrededor durante los últimos años.

—Me has pillado —Leo se pasó la mano por el pelo, avergonzado—. Mi amigo Aldo existe de verdad, y estuve en su bodega para que me enseñara algunas cosas, pero no fue con tanta frecuencia como quizás di a entender. He aprendido mucho más de ti que de él, digámoslo así.

Leo parecía tan compungido que Rita no pudo reprimir la risa que le subía por la garganta. Fue tan liberador que no podía parar.

—¿Tan divertido es?

Rita asintió. Se secó las lágrimas de la risa de las comisuras de los ojos antes de dar otro sorbo de vino.

—Si recuerdo lo seguro de ti mismo que te presentaste aquí el primer día... y en realidad no sabías hacer nada. Te calé desde el principio.

Se reclinó en la silla sonriendo. ¿Se equivocaba o una sombra se había cernido sobre su rostro?

De repente se le veía tan serio que la risa se le quedó atrapada en la garganta.

¿Le ocultaba algo Leo? Ya había admitido la falta de experiencia.

¿Por qué estaba allí, después de todo? De nuevo Rita sintió una punzada en el corazón.

¿Estaba siendo sincero? Tenía la sensación de que no debía confiar en él, algo que se estaba volviendo mucho más difícil de lo que había imaginado.

Leo se aclaró la garganta y recuperó su sonrisa juvenil. —Aunque no tenga experiencia, tengo algunas ideas sobre cómo la bodega podría modernizarse. ¿Te gustaría escucharlas?

Rita arqueó las cejas con asombro. Leo había cambiado de tema de forma tan abrupta que casi se sintió mareada.

Aun así, se propuso darle una oportunidad.

Se la había ganado con creces, a pesar de que dudaba de su sinceridad.

Seguramente no era un error que él viera la bodega desde otra perspectiva.

No obstante, debía tener cuidado en su trato con ese hombre tan deseable que estaba a punto de volverle loca la cabeza.

—Vale, ¡dispara!

—No me lo tomes a mal, por favor. No pretendo meterme en tus asuntos y te aseguro que no voy de sabelotodo. Solo me he dado cuenta de algo y quizá podrías reflexionar sobre ello.

Rita asintió mientras Leo continuaba hablando.

—Por un lado, he pensado que deberíamos actualizar la página web con urgencia.

No te enfades, pero el sitio que tenéis ahora está totalmente anticuado y da una imagen poco profesional.

Las imágenes están desenfocadas, los textos son aburridos y no se transmite nada de atmósfera.

La bodega es preciosa, pero la escondéis detrás de fotos lúgubres.

Rita se incorporó. Sabía perfectamente que la web no cumplía con los estándares actuales, pero Alberto la había diseñado en su día.

Sonrió al recordar que él casi se desesperó para insertar una imagen que debería haber sido fácil de colocar. Había pasado noches en vela y soltado muchos juramentos para que tuvieran presencia online. Hasta entonces, ella no se había visto capaz de cambiar ni una sola palabra.

Su sonrisa se desvaneció al darse cuenta de cuánto vivía todavía en el pasado. Pasaría tiempo antes de poder mirar al futuro, pero Leo tenía razón. Sus recuerdos no debían impedirle hacer todo lo que estuviera en su mano para sacar adelante la bodega.

Asintió y apartó rápidamente el pensamiento de Alberto.

—Tienes razón, la web no es precisamente nuestra mejor carta de presentación. El caso es que no tengo ni idea de cómo se maneja eso.

—Si me das las claves de acceso, yo puedo encargarme. Entiendo del tema.

Rita tuvo que admitir que no había ningún argumento en contra para no aceptar.

—Si tú lo dices... Pero quiero estar al tanto de todo. Antes de que se publique una sola palabra, quiero dar mi visto bueno, ¿entendido? Es mi bodega y quiero decidir cómo se percibe desde fuera.

Leo levantó las manos. —Por supuesto, tus deseos son órdenes. Nada saldrá a la luz sin tu permiso, prometido.

Rita cruzó las piernas y empezó a mover el pie de arriba abajo.

El ambiente era relajado, las estrellas brillaban en el cielo y la terraza estaba iluminada por la luz tenue de las velas.

Era casi romántico, y sentía que la atracción entre ella y Leo aumentaba cada día, qué digo, cada hora que pasaban juntos.

Se distrajo rápidamente de sus pensamientos absurdos.

—¿Y tienes más propuestas?

Leo se miró los dedos, que rodeaban el delicado tallo de la copa. Ya no parecían los de alguien con la manicura hecha, sino los de un hombre que trabajaba con las manos. Leo había cambiado.

—Bueno, es indiscutible que el marketing efectivo debe ser emocional. Y la forma más sencilla de crear un vínculo emocional con los clientes es precisamente crear esos momentos. ¿Qué te parecería ofrecer catas de vino para turistas?

Las palabras de Leo resonaron en Rita. Él siguió hablando de su idea, pero ella ya ni siquiera le escuchaba. Estaba realmente entusiasmado. ¿Por qué le atraía tanto aquello? ¿Se trataba de sus propuestas o más bien del hombre que había tras ellas?

—Se podría organizar a lo grande. Creo que puede funcionar de verdad. ¿Qué te parece?

Rita ladeó la cabeza. No se había enterado ni de la mitad de lo que Leo había explicado. Su idea era fascinante, pero primero tenía que reflexionar y consultarlo con su padre.

—Lo pensaré. —Rita se levantó—. Pero ya es tarde y debería entrar.

Dicho esto, agarró su copa y se apresuró hacia la casa. Necesitaba poner distancia urgentemente entre ella y Leo, que hacía que su corazón latiera cada vez más rápido.

—Solo por encima de mi cadáver.

—¿Por qué? Son buenas ideas.

Rita se había encontrado con su padre a la mañana siguiente durante el desayuno y le había contado las propuestas de Leo. Especialmente lo de las catas de vino no la había dejado pegar ojo en toda la noche, imaginándose cómo sería abrir la bodega a los visitantes.

—No quiero gente extraña por aquí. Además, es una idea absurda. Leo no tiene ni idea de cómo se lleva una bodega.

—Puede que de eso no. Pero sabe de marketing y ventas.

—Me da igual. Esas ideas no valen para nada, excepto tal vez para impresionarte. Te dejas influir demasiado por Leo y, de alguna manera, no puedo evitar sentir que no es solo por sus ideas. ¿Puede ser que te traiga así de confundida?

Rita se quedó sin aliento. No iba a decirle a su padre, por supuesto, qué sentimientos despertaba Leo en ella. No se confiaría a nadie, y mucho menos a él.

—Deberías saber que no me dejo convencer tan fácilmente por nadie. Además, ya sabes que no soporto a Leo. Sobre todo porque lo contrataste contra mi voluntad. Pero lo ha hecho bien estas últimas semanas, ha aprendido mucho y la idea me pareció estupenda, por eso quería compartirla contigo.

Rita esperaba haber tranquilizado a su padre, pero él entrecerró los ojos y la miró con recelo.

—Me decepcionas, Rita. De verdad que no pensé que precisamente tú caerías rendida ante una carita bonita.

Rita apretó los labios, molesta. Su maniobra de distracción no había tenido éxito; su padre no se creía que no le gustara Leo, igual que ella misma tampoco se lo creía.

—Si no me crees cuando digo que solo se trata de la propuesta, entonces no es mi problema. Me interesaba saber qué pensabas, por eso quería contarte la idea. Y ya lo he hecho. Haz con ello lo que quieras.

Rita se bebió el expreso caliente de un trago y gimió. Se había quemado la lengua, y esa sensación de raspado le recordaría aquella discusión durante horas.

Agarró su móvil de la mesa, se lo metió en uno de los bolsillos grandes del pantalón y salió de la terraza furiosa.

Las palabras de Enrico se le habían quedado grabadas.

Había dado en el clavo: no eran solo sus ideas, sino sobre todo el hombre lo que la tenía tan trastocada.

Tenía que volver a establecer urgentemente una distancia profesional con Leo.

De lo contrario, no podría garantizar que fuera capaz de seguir resistiéndose a él.