12. Capítulo 12
Leo se lo había imaginado todo mucho más fácil.
Llevaba ya semanas en la bodega y le demostraba a Rita a diario que se esforzaba, que quería apoyarla y serle de ayuda.
Pero, a cambio, ella le demostraba con cada palabra y cada tarea con la que lo atosigaba que no lo podía tragar. ¿Por qué demonios sería?
Se sacudió las telarañas de los brazos desnudos.
Se estremeció con asco. En este viejo cobertizo que hoy debía ordenar por orden de Rita, estaba convencido de que nadie había movido un dedo en los últimos años.
Cuando Leo agarró las garrafas para llevarlas al lugar que les correspondía, se quedó petrificado.
Algo se había movido en la esquina. Con cautela, cogió un cubo azul y lo apartó a un lado.
Aunque el movimiento había sido muy precavido, había asustado a un pequeño ratón que pasó por encima de su zapato chillando y desapareció bajo un gran barril.
Leo soltó un grito. Odiaba a esos bichos.
No se sentía orgulloso de comportarse como una damisela asustada ante la presencia de los pequeños roedores, pero no podía evitarlo.
Las serpientes, las arañas y los gusanos no le importaban lo más mínimo.
Pero los ratones —y peor aún, las ratas— no los soportaba en absoluto.
A su espalda resonó la carcajada de Rita. — ¿Quieres que te traiga un taburete para que te subas encima? Nunca he visto a un hombre hecho y derecho que tenga miedo de un ratón tan pequeño.
—Ja, ja, qué graciosa. —Leo cogió el cubo oxidado y lo volvió a poner en su sitio.
Estaba seguro de que Rita ni se guardaría aquel secreto para sí misma ni lo olvidaría jamás.
Se burlaría de él a la menor oportunidad.
Y seguro que le encargaría más tareas en las que tuviera que encontrarse con esos asquerosos roedores.
Leo suspiró. ¿Qué tenía Rita contra él? Más importante aún era la pregunta de si podía hacer algo al respecto.
¿Cómo podía derribar sus muros y convencerla de su valía y sus capacidades?
¿Cómo iba a superar ese abismo que se abría entre ellos desde hacía años como una puerta al infierno?
Tenía miedo de dar un paso en falso y caer en ese agujero sin poder salir.
Rita no solo era terca y borde, sino que parecía disfrutar torturándolo.
Precisamente ahora, esa sonrisa maliciosa volvía a cubrir su bonito rostro.
—Aún te queda bastante por hacer aquí. Había supuesto que terminarías más rápido.
—¿Por qué? ¿Acaso tienes una nueva tarea con la que torturarme?
—Posiblemente. Pero como todavía te falta mucho para acabar, lo dejaremos para mañana. Y avísame si tengo que rescatarte de más roedores.
Rita salió del cobertizo riendo, y Leo se sintió tan estúpido como pocas veces en su vida. Llevaba horas trabajando entre aquellos viejos muros, cargando trastos de hace décadas de un lado a otro, limpiando y ordenando.
Cuando Rita le había encomendado la tarea, él había aceptado resignado, sin sospechar que pasaría todo el día aquí solo.
Leo tosió; el cobertizo no solo estaba sucio, sino que había mucho polvo en el aire.
Con cada respiración, las partículas se le quedaban pegadas en los pulmones. Era hora de un breve descanso.
Leo salió fuera y aspiró profundamente el aire aromático.
Cerró los ojos y orientó el rostro hacia el sol.
Era un día cálido de verano; el sol ya calentaba con fuerza y le provocaba gotas de sudor frío en la frente.
El cielo se extendía de un azul oscuro sobre el viñedo, solo interrumpido por unas pocas nubes tenues.
Escuchó el trino de los pájaros y el zumbido de las abejas y, cuando una mariposa pasó volando muy cerca de su nariz, una sonrisa se dibujó en su rostro.
El duro trabajo le exigía mucho, y los comentarios mordaces de Rita no ayudaban a que se sintiera a gusto en la bodega.
Pero cada vez que estaba allí, disfrutando del sol y dejando que su mirada recorriera el viñedo, sabía por qué estaba allí.
Aquel trozo de tierra era todo lo que quería, y valía la pena cada agujeta.
Cada astilla en el dedo, cada vaquero roto y cada ratón aterrador. Algún día, todo aquello sería suyo.
Recordó una conversación con Rita a primera hora de la mañana.
Había intentado proponer algunas ideas sobre cómo ella podría abrir nuevas fuentes de ingresos.
Pero ella le había señalado rápidamente que sus ideas, aunque bienintencionadas, tenían poco valor práctico.
Y tenía que admitir que, incluso después de semanas de duro trabajo, no tenía ni idea de viticultura.
Leo se apartó el pelo de la frente y sonrió ante su ingenua idea de que podría aprender el oficio en unos pocos días.
No obstante, habría aprendido algo más si Rita no le encargara las tareas más inverosímiles.
Al menos, durante ese tiempo había podido conocer de cerca la vida de un viticultor y se interesaba por las tradiciones y el oficio. Quizá un poco demasiado.
No debía olvidar que todo esto era solo un pretexto.
Se había volcado en su trabajo porque esa vida le parecía muy real.
Pero no lo era. Su estancia aquí solo servía de tapadera para poder llevar a cabo por fin su amado proyecto turístico.
Y, sobre todo, no podía permitir que los misteriosos ojos de Rita lo desviaran de su objetivo.
Leo notó que algo había cambiado en su interior.
Aquí experimentaba la naturaleza de primera mano, veía la responsabilidad que el ser humano tenía con el medio ambiente, y eso lo inspiraba.
Su objetivo real, comprar la bodega y construir una casa de vacaciones, se alejaba un poco.
Más bien veía ahora la posibilidad de compaginar el cultivo y su proyecto turístico por igual.
Estos pensamientos lo desconcertaban. El plan había sido comprar la bodega y contratar a alguien que rehabilitara la casa principal para poder alquilarla después.
Los otros edificios también podrían restaurarse para crear un pequeño complejo vacacional.
Leo no había querido tener mucho que ver con la ejecución ni con todo el lío organizativo.
Su plan era gastar el dinero y luego dejar la finca en manos ajenas.
Pero cuanto más tiempo pasaba allí, más profundo era el vínculo que establecía con aquel pedazo de tierra.
Mientras seguía con el rostro al sol, se imaginó a sí mismo recibiendo a nuevos huéspedes, ocupándose del vino, organizando un pícnic entre las vides.
Leo abrió los ojos de par en par, pues no solo se había visto a sí mismo en su visión.
Junto a él, en la manta de pícnic, estaba sentada Rita, que lo miraba radiante con sus ojos oscuros, con una sonrisa enamorada en el rostro y su mano sobre la de él.
Leo sacudió la cabeza. Lo que le faltaba.
Había que reconocer que Rita era una mujer deseable.
Aunque ocultara sus encantos femeninos bajo su amplia ropa de trabajo, se había fijado en que realmente tenía esa figura atractiva de la que hablaban los viejos del club de golf.
Ella lo atraía, pero sería una imprudencia ceder a sus encantos.
Por el momento, Rita era el enemigo, y ella lo trataba como tal.
Pero él no podía responderle con la misma hostilidad.
Cuanto más tiempo pasaba allí, más crecía su respeto por esa mujer testaruda que había dedicado toda su vida a la bodega de su familia.
Parecía que tenía muy pocas alegrías en su vida.
No sabía por qué Rita era tan dura, por qué trabajaba con tanto empeño y sin descanso.
¿Intentaba olvidar algo con ello? ¿Se escondía del mundo?
¿O eran solo sus propios pensamientos románticos?
Hacía veinte años que no veía a Rita, debería dejar de atribuirle acontecimientos dramáticos. Y, sobre todo, tenía que dejar de pensar en ella de esa forma fatal. A ser posible, de inmediato.
Leo dio una palmada para animarse. Una nueva motivación lo embargaba. Si terminaba de despejar el edificio hoy mismo, se ahorraría ese esfuerzo cuando ya hubiera tomado posesión de la bodega.
Rápido, Leo volvió a entrar al cobertizo e intentó distinguir en la oscuridad si algún otro ratón andaba entre los trastos. Pero apenas entraba luz por la estrecha ventana y sus ojos aún no se habían acostumbrado a la penumbra.
Tropezó con una piedra que estaba en medio del camino.
Maldiciendo, se sujetó el dedo gordo del pie.
Sus mocasines de cuero habían resultado poco prácticos en las últimas semanas, pero no tenía otros zapatos a mano y se negaba a ponerse esas pesadas botas de montaña con las que Rita andaba todo el día de acá para allá.
Leo se prometió firmemente visitar pronto a su masajista en Florencia.
Con una leve sonrisa, se puso de nuevo manos a la obra. Pronto todo aquello le pertenecería y entonces podría hacer y deshacer a su antojo en la bodega.