Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 10. Capítulo 10
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10. Capítulo 10

—Vale, demuéstrame que eres una ayuda de verdad y no que solo estás buscando una aventura. ¿A qué juegas exactamente, Leo?

Leo abrió los ojos de par en par. Rita parecía estar furiosa tras la conversación con su padre, pero ahora daba la impresión de haber cambiado de opinión respecto a su colaboración.

Rita dio un último paso hacia él y le hundió el dedo en el pecho. ¿Había calado sus verdaderas intenciones? ¿Tras apenas unos minutos desde su primer encuentro? No, su plan era arriesgado, pero no era tan fácil de descubrir.

—Demuestra que vales lo que cuestas. No sé cuánto te paga mi padre, pero supongo que cada céntimo es demasiado. Y ni se te ocurra pensar que voy a tener miramientos contigo solo porque seas el rico Leonardo Vitale. ¿Quieres el trabajo? Pues gánatelo.

La voz de Rita se había vuelto queda, le susurró las últimas palabras al oído.

A Leo se le puso la piel de gallina en todo el cuerpo.

Sus palabras sonaban como una amenaza, y probablemente esa era su intención.

Suspiró. Esto no iba a ser ni de lejos tan fácil como la charla con Enrico.

Al viejo se lo había metido en el bolsillo enseguida, pero con su hija no lo lograría tan rápido.

Leo se lo había temido, y Rita estaba confirmando ese presentimiento a la perfección.

—Bueno, empecemos. Primero vamos a quitar algunas de las hojas, pero todavía no demasiadas. Las uvas necesitan sol, aunque seguro que no hace falta que te lo diga. Con tanta experiencia en viticultura, ¿verdad?

Cada una de las palabras de Rita destilaba sarcasmo.

A Leo le brotó sudor en la frente. Quizá no debería haber exagerado tanto en su entrevista.

Se había mostrado un poco demasiado seguro de sí mismo.

Pero ahora ya no había vuelta atrás. Tenía que mantener las apariencias, hacerle creer a Rita que tenía experiencia y que además era hábil con las manos.

Ya se las apañaría, solo no debía presionarse.

Si se mantenía relajado, lo conseguiría todo; no podía ser tan difícil.

En seis meses se haría cargo de una empresa millonaria, ¿qué era comparado con eso un poco de poda de las vides?

Leo soltó el aire. Sí, así funcionaría. Solo tenía que mantener la calma y no entrar al trapo de las pullas de Rita.

—Vale, pues manos a la obra y quitemos hojas. —Leo se inclinó hacia la vid que tenía al lado.

Rita lo apartó tirando de su hombro. —¿Qué te crees que estás haciendo?

—¿Deshacerme de las hojas?

—¿¡Arrancando toda la cepa!? —Rita resopló y levantó los brazos al cielo.

—Sabía que no servirías ni para las tareas más sencillas.

¿En qué estaba pensando mipadre al contratarte precisamente a ti?

Por lo que veo, no eres ninguna ayuda, sino que solo me haces perder el tiempo innecesariamente.

¿Cuánta experiencia tienes de verdad en viticultura?

—Se llevó la mano a los ojos, como si no soportara mirarlo.

Su pelo oscuro brillaba al sol y su piel bronceada lucía sedosa.

Leo se incorporó y se sacudió la tierra del trasero. Rita no solo lo había apartado de la vid, sino que el impulso había provocado que acabara sentado en el suelo. —Dime simplemente qué quieres de mí. ¿Qué tengo que hacer y cómo?

—Primero te voy a enseñar dónde está todo. Así no tiene ningún sentido.

Rita ya bajaba la colina a toda prisa de nuevo. ¿Cuántas veces al día haría ese maratón?

Cuando los viejos habían criticado a Rita, le habría gustado defenderla. Le había dado pena. Pero ahora se daba cuenta de que, desde la época del colegio, apenas había cambiado. Se había vuelto más quisquillosa, insoportable y difícil. Iba a costar mucho trabajo ganarse su confianza.

Leo se secó la frente. Aunque en la bodega hacía un frescor agradable, el sudor le bajaba a chorros por la cara y la espalda.

Rita lo había castigado a ordenar el almacén.

Una tarea en la que al parecer no podía equivocarse mucho, según había recalcado ella.

Antes se habían pasado toda la mañana cortando hojas.

Rita había observado cada corte que él había dado con ojos de lince, sin escatimar en burlas.

Él tenía que admitir que aquel día con Aldo en la bodega le había dado una impresión completamente errónea.

Había idealizado por completo las tareas de un viticultor.

En realidad, era un trabajo físico y duro.

Y había que saber exactamente lo que se hacía.

No tardaría mucho en que Rita descubriera que no tenía ni idea de viticultura.

¿Lo echaría entonces a patadas? Si eso ocurría, podía olvidarse de la compra de la bodega.

Tenía que conseguir por todos los medios acercarse a Rita, ganarse su confianza, disipar sus dudas respecto a él.

No tenían que ser amigos, y esa pretensión sería además bastante poco realista, pero al menos tendría que aceptarlo.

Pero estaban a kilómetros de distancia de eso.

Leo apiló los bidones, tal como Rita le había ordenado.

—¿Pero qué es esto?

Leo se sobresaltó, golpeó el montón de bidones y, con un estruendo, toda la montaña se derrumbó sobre él; un recipiente de plástico tras otro aterrizó en su cabeza.

Rápido levantó las manos para protegerse antes de quedar sepultado bajo los recipientes.

Con un fuerte gemido, se abrió camino entre el plástico blanco.

—Al menos no te han caído los barriles de madera en la cabeza. ¿Pero es que te has vuelto loco?

Rita estaba frente a él, con los brazos cruzados sobre el pecho y los labios apretados.

Sus ojos negros centelleaban de rabia. ¿Por qué estaba tan alterada?

Ella le había dado un susto y él por poco se queda aplastado.

En realidad, le correspondía a él reprocharle algo.

Leo intentó contenerse para que su respuesta no resultara demasiado afilada.

—Eso es lo que te gustaría, ¿eh? Así habrías acabado conmigo ya el primer día.

Rita sonrió con malicia. —No me des ideas. Probablemente sería mejor para todos que mañana ni siquiera volvieras.

Leo se liberó de los bidones restantes y se tambaleó hacia ella. —Puedes olvidarte de eso. Mañana a las seis en punto estaré aquí al pie del cañón.

Rita soltó una carcajada. —Pues ya veremos. Y ahora limpia este desastre, luego ya puedes terminar por hoy. —Se dio la vuelta y salió por la puerta con la cabeza bien alta.

Leo suspiró y volvió a poner los bidones en su sitio. Esta vez se aseguró de apilarlos con sumo cuidado para que no le ocurriera el mismo percance dos veces.

Leo se dejó caer en la cama con un gemido.

Solo había alquilado en Montalcino una habitación pequeña con baño; no tenía nada de lujosa.

Quería ver todo aquello como una aventura y que su historia pareciera lo más creíble posible.

Además, sería demasiado pesado desplazarse todos los días a Florencia y volver al día siguiente.

Se apartó el pelo de la cara. Tenía todo el cuerpo sucio y le dolía.

Sin duda era hora de una ducha caliente.

Pero por el momento no podía moverse. Así que estiró los brazos a los lados y se dejó hundir por completo en el colchón blando.

No había contado con que el trabajo en la bodega fuera tan cansado.

Le dolía cada músculo del cuerpo, ya sentía las agujetas que lo acompañarían durante todo el día de mañana.

Probablemente no podría dar ni un paso sin encogerse, y Rita disfrutaría con ello.

Negó con la cabeza. Rita era una mujer malditamente dura.

Ya de niño lo había mirado con desprecio con sus grandes ojos oscuros.

Durante un tiempo había pensado que ella era especial.

Incluso le había gustado un poquito, había intentado llamar su atención molestándola un poco, llamándola su Pocahontas.

Deseaba tanto que ella se abriera y le dedicara esa sonrisa encantadora que reservaba para sus amigas.

Pero Rita siempre le había demostrado que no le caía bien, que lo despreciaba y que era mejor mantenerse alejado de ella.

Le había apenado que ella no correspondiera a su encaprichamiento.

Al fin y al cabo, las otras chicas le habían demostrado que tenía potencial para ser el rompecorazones de la clase.

Pero Rita siempre había sido diferente, y hoy en día seguía siendo una mujer extraordinaria.

Pero no necesariamente en el sentido positivo.

Era difícil, y aunque tenía una cara preciosa y todavía le recorría un escalofrío cuando lo miraba fijamente con esos expresivos ojos negros, no la soportaba.

Estaba en tensión, como si estuviera siempre al acecho.

¿Pero por quién o por qué se sentía amenazada?

¿Por él, acaso? Si él había intentado ser amable, acercarse a ella sin prejuicios de ningún tipo.

Cosa que realmente no podía decirse de ella.

Leo se sopló un mechón de pelo rubio de la frente.

El primer día no había salido como esperaba, pero al menos no lo había echado de la bodega de inmediato.

Volvería mañana, pasado mañana y al otro.

El tiempo que hiciera falta hasta que se hubiera metido a Rita en el bolsillo y pudiera comprarle la propiedad.

La Gallo era su sueño hecho realidad. Tenía justo el tamaño adecuado.

Los edificios estaban en buen estado. Por supuesto que tendría que rehabilitarlos, pero ya contaba con eso.

Definitivamente había visto cosas peores en las últimas semanas.

La tierra era perfecta para sus planes. Aquel día se había quedado varias veces en el viñedo mirando por encima de los campos hasta Montalcino.

Pero entonces, en el fondo de su mente, había surgido la pregunta de si sería realmente el camino correcto reconvertir la bodega para su proyecto turístico, o si sería mejor no tocar nada.

En realidad, sería una pena reformar las tierras.

Los viñedos estaban cuidados con esmero, en perfecto estado, y el vino que Rita producía era excepcional.

Ese sabor con cuerpo y suave, la calidad de primera, los aromas equilibrados...

todo encajaba. Si se hacía cargo de la bodega y la transformaba, ella tendría que dejar la producción de vino.

Eso sería realmente una pérdida. ¿O habría otra posibilidad?

¿No sería todavía más auténtico si ella siguiera explotando la finca a menor escala? ¿Aceptaría Rita este compromiso?

Leo gimió al incorporarse de un tirón. Quizá esa fuera la solución. No tendría por qué quitarle todo a Rita, solo tendría que convencerla de que él, como inversor, podría infundirle nueva vida a la bodega.

Cerró los ojos con pesar y se dejó caer de nuevo. Hasta que llegara ese momento, pasaría algo de tiempo, y él lo aprovecharía, sin importar cuántas veces Rita le demostrara lo indeseado que era.