Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 9. Capítulo 9 #2
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9. Capítulo 9 #2

—¿No querrías calmarte primero y tomar un café? Estoy segura de que Enrico bajará pronto.

Rita sacudió la cabeza y se soltó del abrazo. Su madre solo tenía buena intención, pero en este caso la discusión era inevitable.

—¿Querías hablar conmigo? —Enrico estaba en el rellano de la escalera y miraba hacia abajo a su hija.

Ella odiaba que hiciera eso. Echó la cabeza hacia atrás y lo miró desde abajo, tal como él quería. Pero su rabia era tan inmensa que se tragó su orgullo. Por el momento.

—¿Has contratado a alguien sin decirme nada? Te dije que no necesitaba ayuda. Ya puedes despedirlo ahora mismo, porque a mí no me hace ni caso.

Enrico bajó la escalera escalón a escalón. Cuando estuvo ante ella, vio un destello peligroso en sus ojos. Su voz era apagada, pero firme y no admitía réplica.

—Leonardo es ahora tu ayudante, aunque no te guste. Delégale las tareas que te resulten demasiado pesadas.

—No hay ninguna tarea que me resulte demasiado pesada. Llevo años encargándome de todo sola, no necesito a nadie y no quiero a nadie cerca. ¿Por qué no lo entiendes? —Rita estaba sin aliento, como si hubiera corrido un maratón.

Enrico retrocedió un poco y, por un momento, su mirada vaciló antes de recobrar la compostura. —No quieres reconocerlo, pero un poco de ayuda no te vendrá mal. Él ya está aquí, así que saca el mejor provecho de ello.

Rita se dio la vuelta, apartándose de su padre. Temblaba de rabia. No solo había contratado a alguien a pesar de que ella le había advertido de que no hacía falta ayuda, sino que ni siquiera se había dignado a informarle de que Leo tenía hoy su primer día de trabajo.

—¿Cómo te lo imaginas? De repente se me planta delante este tipo insolente y afirma que es mi empleado. Yo no lo he contratado y me niego a aceptarlo como ayudante.

—¿Es porque no quieres ayuda o porque se trata de Leonardo Vitale?

Rita se sintió descubierta. ¿Qué sabía su padre sobre su relación con Leo?

¿Era consciente de que de jovencita había estado coladita por él?

¿De que él le había roto el corazón al burlarse de ella?

Sintió una punzada en el pecho al darse cuenta de que a su padre le traía sin cuidado el pasado que compartía con Leo.

—¿Por qué precisamente él? Ya sabes quién es. Un hijo de buena familia, ¿por qué iba a echarme él una mano precisamente? ¿Le has visto las uñas de la manicura y los mocasines de piel? Ese tipo debería estar en una oficina elegante, no en un viñedo.

Enrico puso los ojos en blanco, harto. Toda la discusión le resultaba molesta, pero Rita no iba a dejar que se saliera con la suya tan fácilmente.

—Muy sencillo: era el único candidato. Además, tiene experiencia en el viñedo.

Sabes que la viticultura se enfrenta a tiempos difíciles.

Muchas bodegas cierran, los viticultores se rinden, reniegan de todo aquello en lo que alguna vez creyeron.

Y no quiero que te pase lo mismo a ti. Rita, entiéndelo, no lo he contratado para fastidiarte.

Al contrario, debe encargarse de algunas tareas para que tú no tengas que deslomarte tanto por la bodega.

Rita bufó. Enrico no había hecho nada en su vida para ayudar a los demás. Siempre había tenido segundas intenciones. Y esta vez, con toda seguridad, era igual. No confiaba en ella para dirigir la bodega, esa era la razón. ¿Por qué no lo admitía de una vez?

—Perdona que no te crea ni una palabra.

Enrico se encogió de hombros; para él la conversación había terminado. —Ya está todo dicho. Leonardo está contratado y le pago mucho dinero, así que encárgate de que al menos haga algo útil.

Enrico se dio la vuelta y se puso de espaldas a ella frente a la cafetera.

La máquina zumbó mientras el brebaje negro caía lentamente en la pequeña taza blanca.

Rita se giró. No tenía sentido gritar por encima de aquel zumbido, y además Enrico no entendería por qué estaba ella tan indignada.

Él había tomado una decisión y la familia tenía que acatarla.

Así había sido siempre y así sería siempre.

Nunca le había entregado realmente la bodega.

Seguía moviendo los hilos desde la sombra.

Ella solo era una capataz de lujo que resultaba ser de la familia y que durante un tiempo había llevado su mismo apellido.

Cuando se casó, adoptó el apellido de Alberto, aunque Enrico se había opuesto.

Rita ahora era una Venturi. Y llevaba ese nombre con orgullo.

Salió de casa pisando fuerte de pura rabia. Leo seguía allí arriba, en el viñedo. Le pareció que podía ver su sonrisa de superioridad incluso desde allí abajo.

Rita se detuvo. Se sentía dividida entre su orgullo y la necesidad de aceptar ayuda. Un apoyo no venía mal, ¿pero tenía que ser precisamente aquel imbécil engreído quien la acompañara?

Leo se acercó a su encuentro; no tenía forma de evitarlo.

—Bueno, ¿está todo aclarado? ¿Podemos empezar entonces? —Leo se frotó las manos sonriendo.

¿A quién pretendía engañar? ¿Acaso pretendía que ella se creyera que estaba deseando empezar aquel trabajo tan duro?

Rita sonrió con saña. Él mismo lo había querido. Le iba a demostrar en qué pesadilla se acababa de meter.