9. Capítulo 9
Rita se apartó un mechón de la frente con el dorso de la mano. La niebla matinal se había disipado, dejando paso a un cielo azul radiante. Los pájaros gorjeaban alegres y una suave brisa jugaba con su pelo.
Tocó con cuidado las vides con la punta de los dedos. Ya se habían formado las primeras uvas. Todavía eran pequeñas y estaban verdes, pero en los próximos meses crecerían y cambiarían de color poco a poco hasta adquirir su tono típico azul rojizo.
Entornó los ojos y observó cómo alguien subía paseando por el viñedo.
Se puso el brazo sobre los ojos para protegerse del sol.
El hombre parecía dirigirse directamente hacia ella.
Se levantó y se limpió las manos en el pantalón.
No tenía ni idea de quién era ni de qué quería.
Lo único que alcanzaba a distinguir era que se trataba de un hombre de hombros anchos y pelo algo largo.
Como tenía el sol a la espalda, solo veía su silueta.
—¡Buongiorno!
—¿Buongiorno? —Rita se puso las manos en las caderas. Fuera quien fuese aquel tipo, parecía estar buscándola. ¿Pero por qué? —¿Puedo ayudarle en algo?
El extraño soltó una carcajada; era una risa agradable y ronca que le puso a Rita la piel de gallina. —Creo que sí. Tú eres Rita, ¿verdad?
Ella entornó los ojos y dio un paso más hacia el desconocido. —¿Y usted es...?
—Leonardo Vitale, tu nuevo ayudante.
A Rita se le cortó la respiración. ¿Qué había dicho? ¿Ayudante? ¿Leonardo Vitale? Su mente se negaba a dar un sentido coherente a todas esas palabras. Ella no tenía ningún ayudante. Y que ese hombre fuera realmente...
—¿No te ha dicho tu padre que hoy es mi primer día de trabajo?
Rita jadeó. Sintió el calor en la nuca mientras se posicionaba de espaldas al sol para verle la cara a Leo. Era cierto: frente a ella estaba el insufrible Leonardo Vitale, al que conocía desde la infancia.
—No lo entiendo muy bien. Yo no he contratado a ningún ayudante. ¿De dónde sacas que trabajas aquí? ¿Precisamente tú? —Las palabras de Rita fueron duras, pero esa era exactamente su intención. ¿A qué estaban jugando?
La sonrisa de Leo se desvaneció. Mejor, porque no tenía ganas de aguantar más su mueca seudocharmante. Odiaba a ese tipo. ¿Qué se le había perdido precisamente a él por aquí?
Rita recorrió su rostro con la mirada. Leonardo había cambiado en los últimos años, por supuesto; ahora era un hombre y ya no un niño, y las facciones marcadas que ya se intuían entonces se habían acentuado claramente.
La mandíbula era angulosa, los labios carnosos.
Sobre la nariz recta, dos ojos de un azul brillante la examinaban.
Había inseguridad en ellos, pero no apartó la vista.
Al contrario, la inspeccionó con tanta curiosidad como ella a él.
El cabello rubio estaba aclarado por el sol y le caía en suaves ondas sobre los hombros; para el gusto de Rita, lo llevaba demasiado largo.
—¿Qué quieres aquí? De verdad que no tengo tiempo para tus jueguecitos.
Leo se quedó donde estaba, se puso también las manos en las caderas y frunció el ceño. Se inclinó hacia ella y Rita percibió su perfume. Olía a hombre, a madera de cedro y al mismo tiempo a la frescura del mar; le pegaba.
Rita dio un paso atrás. No iba a permitir que aquel tipo la encandilara.
—Ya te he dicho que tu padre me ha contratado. Si tienes algún problema con eso, tendrás que arreglarlo con él, no conmigo. Hoy es mi primer día de trabajo, me pagan por ayudarte, así que lo más oportuno sería que me enseñaras cómo va esto para que realmente pueda servirte de apoyo.
A Rita le zumbaban los oídos, el corazón le latía deprisa y la rabia bullía en su interior.
—No necesito ayuda de nadie. ¿Por qué los hombres siempre pensáis que las mujeres no podemos sacar nada adelante solas?
Llevo años trabajando aquí sin ayuda alguna.
Puedo hacerlo sola, así que mejor coge tus cosas y lárgate ahora mismo.
En realidad, gran parte de su arrebato iba dirigido a su padre, que una vez más había decidido algo a sus espaldas que ella no quería.
Pero su ira se veía avivada además por aquel tipo arrogante, que tenía la desfachatez de aparecer allí por las buenas y decirle lo que, según él, ella tenía que hacer.
Leo mantuvo la calma, aunque aquello parecía costarle cierto esfuerzo.
Se dio la vuelta con una lentitud deliberada, como si no hubiera entendido a Rita.
Quizá quería darle un momento para que se acostumbrara a su presencia.
Caminó entre las vides, cogió las bayas verdes con la mano y acarició suavemente las hojas con los dedos.
A Rita le sacaba de quicio que sus palabras parecieran dejarlo completamente frío.
¿Cómo podía hacerle entender a ese petimetre engreído que no pintaba nada allí?
Había seguido el ascenso meteórico de Giovanni Vitale en los últimos años.
Por supuesto, todo el mundo lo conocía de antes.
¿Por qué estaba Leo aquí ahora? Había supuesto que, ebrio por el gran éxito de su padre, estaría despilfarrando toda su fortuna sin sentido.
Mientras Leo seguía acariciando las vides, otra imagen apareció ante los ojos de Rita.
Vio al joven Leo; entonces tenía diez años y se sentaba en la fila detrás de ella.
Siempre que podía, lo miraba. Era el chico más guapo que había visto jamás.
Ya entonces, sus rizos rubios al sol competían en brillo con sus ojos azules.
Había estado loquísima por él. Pero Leo solo la trataba con desprecio.
Constantemente le demostraba que relacionarse con ella estaba por debajo de su dignidad.
Se burlaba de ella, de sus trenzas oscuras; la llamaba Pocahontas.
Ya por aquel entonces era un idiota pagado de sí mismo y, en algún momento, el enamoramiento de Rita se transformó.
Sí, llegó a odiarlo de verdad porque él la hacía sentir como si no fuera nada.
Le había demostrado su desprecio con cada fibra de su cuerpo, y a raíz de eso Leo había empezado a evitarla.
Cuando en su día se mudó a Florencia con sus padres, Rita sintió un gran alivio.
Hacía años que no le dedicaba ni un pensamiento, y ahora, de repente, estaba frente a ella. Tan engreído y soberbio como entonces.
Rita se cruzó de brazos y respiró hondo.
Pero no conseguía calmarse. Su mirada se clavaba en su espalda, pero Leo seguía paseando con total tranquilidad por el viñedo como si fuera de su propiedad.
Leonardo Vitale no iba a someterse. Estaba acostumbrado a conseguir todo lo que pedía.
Una y otra vez, la pregunta rondaba la cabeza de Rita: ¿qué demonios hacía allí?
No podía imaginárselo ensuciándose sus manos refinadas.
Quizá lo mejor sería no hacerle caso. Entonces pronto vería que todo aquello no tenía sentido y volvería a desaparecer. Para no volver jamás.
Rita volvió a ponerse de rodillas y observó las bayas de la siguiente cepa.
Se sumergió en su tarea, pero su mirada se desviaba una y otra vez hacia Leo.
Este ya había terminado su recorrido por el viñedo y se acercaba caminando tranquilamente hacia ella.
Todo en él era deliberadamente desenfadado.
Su pelo, su ropa de marca, totalmente inapropiada para un día en el campo, incluso su forma de andar.
Llevaba unos mocasines de ante y sus vaqueros de diseño no habían recibido nunca ni la más mínima mota de suciedad.
Y la camiseta blanca y ajustada era del todo inadecuada para el trabajo en el viñedo, aunque tenía que admitir que resaltaba de forma favorecedora el musculoso torso de Leo.
Aun así, puede que Leo fuera sexy, pero ella lo conocía y no se dejaría impresionar por ello.
—El viñedo es más pequeño de lo que recordaba. Pero claro, entonces era solo un niño y todo me parecía inmenso.
Rita se levantó. No quería que Leo la mirara desde arriba. —Si este viñedo te parece demasiado pequeño, se me ocurre una solución muy sencilla: vuelve por donde has venido y déjame en paz.
—Eso no puede ser.
—¿Y por qué no? —Rita se cruzó de brazos y atravesó a Leo con la mirada. El viento suave jugueteaba con su pelo y lo hacía brillar al sol como el oro. Cómo odiaba a ese pijo.
—Porque he firmado un contrato con tu padre y le he prometido empezar de inmediato. Él opina que necesitas mi ayuda urgentemente. Mejor ayer que hoy.
Rita resopló, se dio la vuelta y bajó apresuradamente el viñedo. Dejó allí plantado a Leo. No quería continuar con aquella conversación. Si seguía allí parado ante ella con tanta suficiencia, no podía garantizar que no lo empujara montaña abajo por la espalda.
—¡Papá!
Rita llamó a su padre ya desde lejos; hoy no estaba sentado en la terraza como de costumbre. ¿Acaso se estaba escondiendo de ella? Cruzó el porche corriendo y entró directamente en la casa principal, chocando con su preocupada madre.
—Rita, ¿pero qué pasa?
—Buongiorno, mamá, ¿dónde está papá?
—Se ha vuelto a acostar un momento, ha dicho que no se siente muy bien.
Rita sacudió la cabeza. Su rabia era tan grande que ni siquiera se vio mitigada por la preocupación por el estado de salud de su padre.
—Eso no me importa. Tengo que hablar con él. Ahora mismo.
—¿Pero qué ha ocurrido? ¿Pasa algo con el viñedo? ¿Puedo ayudarte yo?
Rita miró a su madre un instante. Se retorcía las manos; en sus ojos reconoció el miedo a que volviera a estallar una gran bronca en casa.
Ella era el alma de la familia, la que siempre intentaba crear armonía.
Una tarea difícil cuando el cabeza de familia actuaba de forma tan desconsiderada, sin tener en cuenta las necesidades de los demás.
—No, no te preocupes, mamá. Pero tengo que hablar con él de todas formas, es importante.
Rita dio un paso hacia ella y le puso las manos sobre los hombros. Sintió la tela suave bajo sus dedos y, cuando su madre le puso las manos en las mejillas para acariciarlas tiernamente, sintió el calor que emanaba de ella.