Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 8. Capítulo 8 #2
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8. Capítulo 8 #2

Enrico le puso una mano sobre el hombro y guió a Leo por el estrecho camino que subía a la casa principal. El sendero estaba flanqueado por grandes piedras entre las cuales asomaban aquí y allá flores de colores.

Leo aspiró el aire cargado de aromas. Olía a flores y a hierbas, y sentía el sol en su espalda. La brisa era cálida y suave y le envolvía con aire reconfortante.

—¡Entre! ¿Un café?

—Sí, gracias, sería fantástico.

Enrico le hizo una breve señal a su mujer, que le había saludado con un amable gesto de cabeza. Después le hizo pasar a través del gran salón donde destacaba una chimenea maciza.

Cuando Leo volvió a salir al exterior, quedó cegado por el sol un momento.

Abrió los ojos, asombrado. Había aterrizado en el paraíso.

La amplia terraza, rodeada de macetas con plantas en flor, lindaba directamente con el viñedo.

Este se alzaba majestuoso bajo el sol, las vides estaban perfectamente alineadas y la hierba verde brillante se mecía suavemente con el aire tibio.

Leo cerró los ojos por un instante e inspiró profundamente.

Esto era todo lo que quería. Su padre había tenido razón.

La Bodega Gallo era el lugar perfecto para poner en marcha su proyecto turístico.

Por fin sentía que estaba en el lugar correcto.

Debía hacer suyo este paraíso, cueste lo que cueste.

—Por favor, siéntese. —Enrico señaló una silla no muy lejos de su sillón y se dejó caer.

—Debo decir que me sorprendió un poco cuando llamó por mi anuncio. Y sigo estándolo. —Enrico arqueó las cejas, sus dedos estaban rígidos sobre la mesa frente a él; parecía tenso.

Leo se preguntó por qué el anciano se sentía tan incómodo en su presencia y decidió hacer algo al respecto.

Necesitaba la confianza de Enrico, su aprobación, si es que quería tener alguna posibilidad real aquí.

¿Dónde estaba Rita? ¿Por qué mantenía la conversación solo con su padre y no con ambos?

Estaba convencido de que hoy mismo se cruzaría con ella y se había esforzado por prepararse para ese encuentro.

El hecho de estar hablando a solas con el anciano le hizo respirar aliviado.

Un encuentro con la hija sería inevitable, pero probablemente ella lo echaría a la calle de inmediato durante la entrevista de trabajo, mientras que a Enrico podría convencerle de que lo contratara.

—Bueno, supongo que conocerá a mi familia.

—Eso es precisamente lo que me tiene tan desconcertado, Leonardo. Su padre es muy conocido, un empresario de éxito y millonario, y me pregunto por qué precisamente usted quiere trabajar como ayudante en una bodega.

Leo entrecerró los ojos. Se había temido que esta pregunta surgiría.

Enrico reculó. —Por favor, no me malinterprete, su familia goza de una reputación excelente y me siento honrado de que haya respondido a mi anuncio. Pero no comprendo su intención.

Leo decidió pasar al contraataque. —Signore Gallo, lo sé, es difícil de entender.

Sí, vengo de buena familia y, seguramente, podría limitarme a ser hijo de papá.

Pero eso no es lo que quiero, no va con mi naturaleza.

Mire, soy una persona a la que le encanta la naturaleza y me gusta ensuciarme las manos, hacer esfuerzo físico.

El trabajo físico despeja la mente, ¿no cree?

Enrico tragó saliva visiblemente. ¿Se tragaría esa explicación? Era el momento de subir un poco el tono dramático.

—No se puede ni imaginar cómo es esto: todo el mundo solo ve en mí al hijo mimado de mi padre, al heredero de un magnate inmobiliario. Pero soy más que eso, y quiero demostrarlo. Solo busco una oportunidad justa en este mundo. Lejos de mi padre y de las obligaciones familiares.

Leo suspiró y bajó la cabeza para completar la imagen del hijo desfavorecido de familia rica. Si hasta Enrico mostraba tanta desconfianza, ¿cómo reaccionaría entonces Rita ante él? A ella él nunca le había caído bien.

—¿Tiene entonces experiencia trabajando en un viñedo?

—Por supuesto. Ayudo regularmente a mi amigo Aldo en su bodega. Me encanta apoyar al anciano. Sabe usted, ya no está precisamente en su mejor forma y no puede encargarse de todas las tareas.

Leo se estaba metiendo en un berenjenal. Si a Enrico se le ocurría preguntarle a Aldo, toda su historia se desmoronaría.

Sin embargo, Enrico sonrió aliviado. La desconfianza se había desvanecido de su mirada. —Bien, si es así.

Leo decidió desviar un poco la atención de sí mismo y de su historia. Ya casi tenía a su interlocutor donde quería. —Y... ¿hay muchos candidatos para el puesto?

Enrico sacudió la cabeza. —Si le soy sincero, es usted el único que ha respondido a mi anuncio.

Me alegraría que pudiera incorporarse al puesto muy pronto.

—Enrico pareció querer añadir algo más, pero luego apretó los labios y se guardó para sí lo que parecía importante hace un momento.

Solo sus ojos brillaron por un instante.

Leo volvió a preguntarse por qué su hija no estaba sentada a la mesa para evaluar al candidato.

Al parecer, era el padre de Rita quien todavía mandaba aquí, aunque para asombro de Leo se mostraba bastante reservado.

Tenía un recuerdo de Enrico muy diferente.

En su infancia no había tenido mucho contacto con él, pero su fama de hombre iracundo era bien conocida en Montalcino.

Enrico Gallo era temido, sus ataques de ira eran legendarios.

Pero ahora, el hombre que tenía sentado frente a él estaba hundido.

Leo sonrió. Había sido mucho más fácil de lo que se había atrevido a esperar.

El sentimiento de culpa quiso empañar su alegría como una sombra que se interpone ante el sol, pero no lo permitió.

Él no quería perjudicar a Rita; al contrario, la apoyaría por un salario bajo, le quitaría trabajo, le facilitaría la vida.

¿Por qué debería sentirse culpable por ello?

Leo se levantó y le tendió la mano a Enrico. —Se lo agradezco, signore Gallo. Estoy seguro de que no le defraudaré.