6. Capítulo 6
Leo siguió con la mirada la pequeña bola blanca. Incluso desde allí, a varios metros de distancia, oyó el chapoteo cuando la bola de golf se hundió en el obstáculo de agua.
Una mano pesada se posó sobre su hombro.
No le hacía falta ni escuchar; sabía perfectamente lo que vendría a continuación.
El golf nunca había sido lo suyo. Pero su padre había insistido en que lo acompañara hoy a esta importante partida con sus socios.
Le había recordado por enésima vez que Leo había aceptado el trato de encargarse de su sucesión.
Y no le había quedado más remedio que tragarse sus sermones de horas.
A estas alturas se preguntaba si no habría podido sacar adelante el proyecto turístico también con un crédito.
¿Había sido inteligente estrechar la mano de su padre y claudicar ante sus exigencias?
¿O acaso Leo había vendido su alma con ello?
—Bueno, parece que aún tienes que practicar, muchacho, ¿eh?
Los socios de su padre se unieron a las carcajadas de Giovanni.
No eran más que viejos ricos y gordos que se daban importancia matando el tiempo en el campo de golf.
Leo se preguntaba en secreto si no tendrían nada mejor que hacer que aporrear la pelotita blanca con el palo para demostrar a todo el mundo lo geniales que eran.
Leo bajó la cabeza. Fingió que le importaba ser, con diferencia, el peor jugador de golf de allí.
Su padre se regodeaba en la admiración de sus socios. Tenía el mejor hándicap, era el que menos golpes necesitaba y, además, era el único de entre ellos que podía presumir de un matrimonio que funcionaba, al menos de cara al exterior.
—A decir verdad, el golf no es lo único en lo que Leo necesita mejorar.
Giovanni sonrió con desprecio, y Leo estuvo a punto de estamparle el puño en la cara para quitarle de un golpe esa mueca de suficiencia.
Llevaba toda la tarde dejándolo por los suelos ante sus socios, riéndose de él, humillándolo.
Miró su reloj de pulsera, una reliquia de oro de su abuelo.
¿Cuánto tiempo más tendría que mantener este teatro? ¿Cuándo lo dejarían por fin en paz?
—Vamos, no pongas esa cara de deprimido, hijo.
Con el golf pasa como con los negocios. El éxito no llega de la noche a la mañana, pero si eres lo bastante tenaz, algún día verás que tu esfuerzo ha valido la pena.
—Giovanni Vitale les sonrió a sus socios—.
Leonardo, por desgracia, todavía no ha comprendido cómo se dirige una gran empresa, pero al comienzo del año nuevo seguirá mis pasos.
El más gordo de los socios, un hombre de unos sesenta y tantos con una barriga considerable y poco pelo, arqueó una ceja.— No pensarás retirarte, Giovanni, ¿verdad? El chico todavía no está preparado.
El padre de Leo restó importancia al asunto.
— Por supuesto que no. ¿Acaso crees que estoy loco?
Necesitará todavía un buen tiempo hasta que pueda ocupar mi puesto, soy muy consciente de ello.
Ya me doy por satisfecho con haber conseguido que se incorpore a la empresa.
¿Os lo podéis imaginar? Pues se resistió.
Su padre soltó una carcajada forzada. Leo notaba que seguía sin entender por qué su hijo prefería ganar su propia experiencia. Y aquello lo ofendía.
—Fijaos qué cosas: te sirven en bandeja de plata una empresa millonaria con cien empleados y no la quieres. —Giovanni alzó los brazos al cielo de forma teatral para enfatizar sus palabras.
La rabia bullía en el interior de Leo. ¿Tenía su padre que montar semejante drama con el asunto?
Era un tema interno y no le incumbía a nadie de fuera de la familia.
¿A qué venía ese espectáculo? ¿Quería entretener a sus socios a su costa?
¿Demostrarles que incluso era capaz de quebrar la voluntad de su hijo?
Pues podía esperar sentado. Había aceptado el trato, sí, y ya empezaba a arrepentirse.
Pero aquello no significaba que su padre fuera a ganar la partida.
Tenía claro que no podía rechazar la empresa.
La familia no solo vivía con todo el lujo gracias al dinero que generaba el negocio; además, se definía a través de ese éxito.
La familia Vitale se había convertido en una institución en Florencia.
Los socios charlaban animadamente mientras caminaban hacia el siguiente hoyo. Leo iba tan atrás que ya no podía remontar la partida. Pero eso era el menor de sus problemas en aquel momento.
—Leonardo, ¿por qué no te incorporas al negocio hasta el año que viene? Ya te has encargado de algunos proyectos; la gerencia es el siguiente paso lógico. ¿Por qué esperar más? ¿Tienes algo más importante que hacer? —El gordo se rio y arqueó las cejas de forma sugerente.
Leo no era precisamente ningún asceta, pero tampoco es que anduviera cortejando a una mujer distinta cada semana.
Las damas que conocía en su entorno no le interesaban.
Eran superficiales y le costaba horrores mantener una conversación decente con ellas.
Tenía claro que la mayoría estaban más interesadas en la fortuna que iba a heredar que en su persona.
No, desde luego no necesitaba a una mujer así.
Leo suspiró. Mientras su padre le daba la lata constantemente con la empresa, su madre lo presionaba cada vez más para que encontrara a la pareja adecuada.
Ella opinaba que no podía seguir así, que a sus treinta años todavía estuviera soltero.
Y consideraba que era de buena educación encontrar a una mujer que lo apoyara y le mostrara lo que de verdad contaba en la vida.
Con eso no se refería a un romance tierno.
No, su madre tenía unas ideas muy claras sobre lo que la esposa de un Vitale debía hacer: representar su posición en la sociedad.
Sonreír. Asentir. A ser posible, sin opinión propia.
—El muchacho se ha empeñado con su ridículo proyecto turístico.
Quiere a toda costa comprar una bodega y convertirla en una casa de vacaciones o algo por el estilo.
Un proyecto del que no se puede sacar nada.
Yo tampoco lo entiendo, pero no se le quita la idea de la cabeza.
—Giovanni se encogió de hombros con gesto de impotencia.
—Bueno, al menos ha heredado tu tenacidad, aunque no tu olfato para los negocios, Giovanni.
Los viejos rieron mientras la rabia en el interior de Leo seguía creciendo.
No aguantaba más que lo dejaran en evidencia una y otra vez.
Lo único que Giovanni conseguía con ello era que se aferrara con más ahínco a su proyecto.
Se lo iba a demostrar a él y a sus aduladores.
Les demostraría que ese proyecto turístico podía ser perfectamente rentable.
Leo puso toda su furia en el siguiente golpe y observó asombrado cómo se alejaba la pequeña bola. Siguió sin palabras el punto blanco, que se hacía cada vez más pequeño y, como por arte de magia, aterrizó justo al lado del siguiente hoyo. Exhaló el aire.
—Vaya, parece que puedes cuando quieres. —Su padre arqueó las cejas con asombro.
—Un golpe fantástico.
Los socios aplaudieron, y Leo sintió en ese instante una extraña sensación nacer en su interior.
¿Era orgullo? Pocas veces había sentido una valoración real.
En toda su vida, sus padres le habían hecho sentir una y otra vez que era una decepción para ellos.
Su padre nunca le había dicho que estuviera orgulloso de él, ni se lo había demostrado.
Pero el momento se desvaneció enseguida. Todos se centraron en el siguiente jugador y olvidaron su éxito. Con la misma rapidez con la que su padre olvidaba una y otra vez los logros que Leo alcanzaba en su empresa.
Leo no había logrado escabullirse temprano de la desagradable reunión. Su padre no había aceptado ninguna excusa y le había señalado que en el futuro tendría que integrar este tipo de citas en su agenda con más frecuencia.
Leo suspiró profundamente. La comida en el club era excelente: el filete de ternera estaba jugoso, el gratinado de patatas, cremoso; el ligero vino blanco acariciaba su paladar. Y, sin embargo, no podía disfrutar de la comida.
Los socios de Giovanni se habían encaprichado con el proyecto turístico de Leo. Por desgracia, no en el sentido positivo. Y tampoco directamente con el proyecto.
—¿De verdad quieres comprar la bodega Gallo?
Leo se encogió de hombros.— Eso fue solo una idea de mi padre. Todavía no me he decidido y estoy examinando varios inmuebles.
Le lanzó a Giovanni una mirada cargada de furia.
¿Tenía que sacar el tema de la bodega en público?
Leo aún no había decidido si quería acercarse a Rita o no.
Había esperado zanjar el tema rápido, pero lamentablemente se había equivocado, pues la bodega no parecía ser lo único que fascinaba a los socios de su padre sobre ese proyecto.
—Incluso podrías tener suerte. El viejo Enrico no anda nada bien. Se ha retirado y le ha dejado la bodega a su hija. Estuve por la zona hace poco porque a mi amante le ha dado por encapricharse de Montalcino, no me preguntéis por qué; a veces es un poco simple de mente.
Leo hizo una mueca. Si la mujer supiera lo despectivo que ese gordo era al hablar de ella, seguramente habría dejado de ser su amante hacía mucho tiempo. Además, no entendía por qué una mujer querría estar voluntariamente con un imbécil así. Seguro que era solo por dinero.
—Pero ten cuidado, Rita no solo es testaruda, también es mucha mujer, si entiendes a qué me refiero.
De nuevo, el socio arqueó las cejas y le guiñó un ojo. Leo le habría estampado de buena gana el puño en su narizota.
—Tú tampoco eres feo, al menos si fueras otra vez a la peluquería. A lo mejor puedes llevártela a la cama sin más y pagar la bodega en especie. Es una zorra testaruda, pero yo no le haría ascos.
Los socios se enzarzaron en una discusión sobre los encantos físicos de Rita, y Leo se moría de vergüenza.
Que hablaran de Rita de forma tan despectiva lo irritaba enormemente.
No es que fueran amigos, eso ya lo había dejado claro Rita hacía unos años, pero él la respetaba, y esperaba lo mismo, especialmente de aquellos viejos babosos.
No creía que ella se dejara convencer tan fácilmente.
—Rita tiene las curvas justo donde una mujer debe tenerlas. Estoy seguro de que sabe perfectamente cómo complacer a un hombre.
El tipo gordo se pasó la lengua por sus finos labios y Leo sintió un escalofrío de asco. Solo de pensar que manoseara a una mujer joven con sus dedos de salchicha le entraban náuseas.
Se puso de pie y dio un golpe sobre la mesa. Apenas pudo contener la rabia, pero su tono de voz era tenso y las risas cesaron.— Creo que ya es suficiente.
Su padre le sonrió con sorna.— Pero hijo, ¿por qué te pones así? Ni siquiera conoces a esa mujer. Una vez que la hayas echado de su bodega, te dará exactamente igual quién disfrute de sus curvas.
Leo agarró su móvil y abandonó la mesa hecho una furia. Estaba harto de su padre condescendiente, de los pomposos aduladores y de sus asquerosos chistes de viejos verdes.
De camino al coche, recordó a la pequeña Rita de entonces, con sus trenzas negras y sus ojos que lanzaban chispas de rabia. No sabía si volvería a verla alguna vez, pero si lo hacía, la trataría con el debido respeto. Sin importar cómo se comportara ella.