Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 5. Capítulo 5
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5. Capítulo 5

Rita dejó la carpeta negra con pinza sobre uno de los grandes barriles de madera.

La bomba de circulación de mosto se había vuelto a estropear. Tenía que arrancar la máquina varias veces al día; pronto dejaría de funcionar por completo.

Rita suspiró. ¿Por qué su padre no había invertido en la bodega en los últimos años? La maquinaria era vieja y cualquiera de ellas podía fallar de un día para otro. Seguiría forzando la bomba una y otra vez, y de algún modo funcionaría. La pregunta era por cuánto tiempo.

Rita se apartó un mechón de la frente. Sabía que no estaba haciendo más que posponer el problema porque, en aquel momento, no era capaz de solucionarlo.

Sintió un escalofrío. Allí abajo, en la bodega, siempre hacía unos grados menos que bajo el cálido sol.

Hoy se había olvidado la chaquetilla de punto porque tenía la cabeza en otra parte, como de costumbre.

Le preocupaba la bodega y el futuro de la empresa familiar.

Cada vez era más difícil que la finca fuera rentable y necesitaba pronto una solución, una idea salvadora para frenar aquella tendencia negativa.

Un alegre —¡Buongiorno!— la hizo sobresaltarse.

—Stella, ¿qué haces aquí?

—Te estaba buscando. Estaba claro que volverías a estar aquí abajo, enterrada entre los barriles.

Stella la abrazó y le acarició la espalda con gesto de ánimo. —¿Va todo bien?

Rita esbozó una sonrisa forzada. No quería preocupar a su amiga y, además, no era el tipo de persona que aireaba sus problemas. Ya se las apañaría ella sola. Confiarle sus preocupaciones a Stella no cambiaría absolutamente nada, solo arruinaría el ambiente distendido.

—Tutto bene, ya lo sabes: siempre al pie del cañón.

Stella entornó los ojos y miró a Rita fijamente a la cara. —¿Estás segura? Hoy estás muy tensa.

Rita decidió pasar a la ofensiva para ocultar sus verdaderos sentimientos. —¡Como si normalmente fuera la alegría de la huerta!

Stella le acarició suavemente la mejilla. —Antes ibas saltando entre los barriles de vino mientras canturreabas, escribías tus canciones en la terraza... tu vida entera era una melodía. Con tu música no solo me conmovías el corazón a mí. ¿Cuándo fue la última vez que cantaste?

Rita tragó saliva. Recordaba exactamente el momento en que su voz se había apagado.

Aquel día murió Alberto. Se vio a sí misma allí de pie, entre las vides.

Él había salido a repartir un pedido de vino.

Ella le había pedido que se encargara él porque no se encontraba bien.

Había estado deprimida porque su esperanza de estar embarazada se había desvanecido aquella mañana.

Alberto se había marchado con la pequeña furgoneta de reparto por ella.

Se había despedido con un beso apasionado y había prometido traerle una sorpresa para animarla.

Cuando recibió la noticia de que Alberto no volvería jamás a su vida, se quedó petrificada; la última nota en su interior se extinguió. No volvió a cantar nunca más, ni siquiera a tararear. Su música había muerto con él.

Rita se pasó la mano por la cara e intentó liberarse del yugo de aquellos pensamientos sombríos. —Ya sabes que ya no canto.

—Es una lástima. Sé que tu sueño de tener una carrera como cantante no se cumplió, pero quizá haya otros caminos. Yo también tuve que buscarme una nueva meta. Es mejor decir adiós a los viejos sueños que pasarse la vida lamentando las oportunidades perdidas.

—No es por eso. Los grandes escenarios, las actuaciones, la fama...

no eran más que fantasías, deseos de una niña inmadura.

Es algo distinto. Ya no soporto cantar, cada vez que lo hago veo a Alberto ante mí.

—Rita suspiró profundamente. Le dolía hablar de lo que había perdido en un solo día.

—A él le encantaba que le cantara algo. Entonces se sentaba en el suelo, me miraba con sus ojos brillantes y se perdía conmigo en la melodía.

A veces también me estrechaba entre sus brazos y se mecía conmigo al ritmo de mi canto.

Todo me recuerda a Alberto. Le regalé mi voz como despedida.

Stella se limpió disimuladamente una lágrima del rabillo del ojo. —Ojalá pudiera ayudarte a volver a ser feliz, a darle a tu vida una nueva oportunidad.

Rita se encogió de hombros para no mostrar que estaba a punto de desmoronarse. Ojalá su amiga lograra ayudarla, pero era imposible. Nadie podía quitarle aquel dolor y nadie podía devolverle a su gran amor.

Stella se aclaró la garganta y le sonrió con ánimo.

—Alberto siempre será una parte de ti, Rita; el duelo viene y va y te acompañará toda la vida.

Sí, lo sé, su muerte dejó un gran vacío.

¡Pero tú no te has muerto, tú estás viva!

Tienes que intentar hacer algo con tu vida.

Te pasas el día aquí encerrada, en tu bodega, o te escondes entre las vides, sin dejar que nadie se te acerque.

Eso que haces no se llama vivir, sino funcionar.

Y me duele en el alma ver lo infeliz que eres.

Rita tragó aire. Stella tenía razón en todo, pero no sabía cómo cambiar las cosas. ¿Y acaso quería hacerlo? Cuando sentía momentos de felicidad —y de esos había tenido pocos en los últimos años—, le parecía una traición a Alberto. No podía ser feliz sin él.

Por consideración a Stella, esbozó una sonrisa. —¿Sabes qué? Aún tengo algo que terminar aquí. Sube tú y desayuna tranquilamente con Nevio, ahora mismo os alcanzo. Debes de tener un hambre de lobo.

Stella puso los ojos en blanco. —Ya sabes que siempre tengo hambre, y el aire del campo ayuda lo suyo. —Estrechó a Rita en un fuerte abrazo. —Si puedo hacer algo por ti, házmelo saber. Haría cualquier cosa por devolverte la sonrisa.

—Lo sé, gracias.

Stella le acarició la mejilla con cariño y salió de la bodega. Rita escuchó el eco de sus pasos sobre el suelo de piedra irregular.

Cuando estuvo segura de que Stella se había marchado, se dejó caer al suelo entre dos grandes barriles.

Apoyó la cabeza en la madera fría que custodiaba el Brunello di Montalcino.

La conversación con su amiga la había alterado, pero había algo más.

La presión que soportaba era cada vez mayor.

Ella sola tenía que preservar el legado de su padre.

Los años que llevaba dedicada en cuerpo y alma a la bodega empezaban a pasarle factura.

Se sentía sola y superada por las circunstancias y, en aquel momento, deseó que alguien la abrazara, alguien que la apoyara y pudiera aliviarle algunas tareas.

Todo era demasiado para ella y, tarde o temprano, acabaría sucumbiendo bajo aquel peso.

Pero aún no había llegado ese momento. Rita se incorporó de nuevo.

Se enjugó las lágrimas que brotaban sin cesar por sus mejillas.

Irguió la espalda, levantó la barbilla y agarró su carpeta negra con pinza.

No iba a mostrar debilidad. Conseguiría controlarlo todo: el reto financiero y también la dolorosa ausencia de Alberto.

Nunca se había rendido hasta entonces y, desde luego, no iba a empezar a hacerlo ahora.