2. Capítulo 2 #2
—Eso no me importa. Puedes seguir con el proyecto en paralelo.
Leonardo, compréndelo: ya no soy un chaval y, aunque no me guste admitirlo, noto que necesito más apoyo.
Está muy bien que me eches una mano de vez en cuando, y por supuesto tenemos empleados de sobra.
Pero no confío en ellos. —Giovanni entornó los ojos—.
No quiero dejar mis negocios en manos de personas extrañas.
Tengo un hijo, y precisamente para eso te he mantenido durante años en tu ociosidad.
Te he financiado una vida cómoda, nunca has tenido que trabajar de verdad.
Pero a cambio ahora exijo que te involucres más en mi empresa. En nuestra empresa.
Las palabras de su padre daban vueltas en la cabeza de Leo.
Sabía que llegaría este momento, pero aún no se sentía preparado.
Giovanni tenía razón, lo había estado preparando durante años para este instante, pero Leo había desterrado internamente las exigencias de su padre a un futuro lo más lejano posible.
Todo en su interior se rebelaba contra la idea de hacerse cargo de este imperio inmobiliario.
Tomar en sus manos la responsabilidad de casi cien empleados y el prestigio de la familia.
Miró los planos que tenía delante. Se había levantado una ligera brisa que iba tirando las hojas de la mesa una tras otra.
Se apresuró a recogerlas y las apiló. Un pequeño montón de papeles que, sin embargo, contenía una visión inmensa.
Si quería llevarla a cabo, tendría que aceptar el trato.
Pero ¿valía la pena todo aquello? ¿Y acaso había otra posibilidad?
—Y por eso no deberías perder el tiempo buscando la finca perfecta. Al fin y al cabo, ya sé cuál es.
Leo miró a su padre sorprendido. Giovanni esbozó una sonrisa de satisfacción. Leo odiaba esa expresión de superioridad que siempre le hacía sentir que no le llegaba a su padre ni a la suela del zapato.
—No tienes ni idea de mis planes, de lo que pretendo exactamente ni de lo que valoro.
Giovanni se levantó y volvió a poner su mano sobre el hombro de Leo.
—Leonardo, Leonardo... Me subestimas de nuevo.
A estas alturas ya deberías saber que a mí nadie me la pega cuando se trata de inmuebles.
Una explotación agrícola con una casa de vacaciones no es, al fin y al cabo, nada diferente.
Además, le he echado un vistazo rápido a tus planos y he visto tus fotos de ejemplo.
—¿Has hurgado en mis cosas? —Leo estuvo a punto de levantarse indignado, pero su padre lo obligó a sentarse de nuevo en la silla presionándolo hacia abajo.
—Dado que se trata de documentos profesionales, son también mis documentos, así que no te pongas así.
Leo inspiró profundamente y se tragó el insulto que tenía en la punta de la lengua. —Bien, ¿y qué propiedad es la ideal según tú?
—Lo quieres lo más rústico posible, paisaje virgen, mucha naturaleza alrededor. Eso no lo vas a encontrar aquí, en el área de Florencia. Tienes que salir más al campo, por ejemplo a Montalcino.
Leo se estremeció cuando su padre mencionó su lugar de nacimiento con tanto desdén.
¿Volver al lugar que todavía consideraba su hogar?
¿Por qué no se le había ocurrido a él mismo?
¿Realmente hacía falta el olfato empresarial de su padre para llegar a una solución tan evidente?
Solo con la mención de esa pequeña y mágica ciudad, su corazón se abrió.
—¿Y en qué finca estás pensando?
—Es evidente: lógicamente, la bodega Gallo.
Leo se quedó sin aliento. Conocía la Bodega Gallo. De inmediato recordó a la niña pequeña y delicada con trenzas negras y ojos grandes. El recuerdo estaba algo borroso, pero la veía con claridad ante sí.
—He estado investigando. El viejo Enrico se ha retirado de la bodega y ahora su hija lleva oficialmente el negocio. Según mis cálculos, él sigue manejando los hilos en la sombra, pero parece que ha envejecido mucho. Así que no debería ser difícil convencer a la hija. ¿Cómo se llama?
—Rita.
Giovanni le dio a Leo una palmada brusca en el hombro. —Exacto. ¿No ibas con ella a la escuela?
Leo asintió. Así que Rita se había hecho cargo de la bodega; ¿por qué le sorprendía? Ya entonces era testaruda y siempre sabía exactamente lo que quería. Y le había demostrado cada día que no lo soportaba.
Leo tragó saliva. Desde un punto de vista puramente comercial, su bodega sería ideal para su proyecto, pero la perspectiva de volver a ver a Rita le despertaba sentimientos contradictorios.
Nunca había entendido qué tenía ella contra él, pero resultaba innegable que nunca fueron amigos ni lo habrían sido aunque su camino no lo hubiera llevado a Florencia. No podía olvidar el desprecio que había leído en sus ojos cuando era niño.
Pensativo, se tocó la barbilla con el dedo y sopesó los pros y los contras. Antes de que se decidiera, Giovanni interrumpió sus pensamientos.
—Tienes talento, Leo, pero eres demasiado emocional. Te falta instinto empresarial. Será mejor que trabajes en ello antes de hacerte cargo de la empresa. —Con esto, dio media vuelta y abandonó la terraza. El tintineo de los cubitos de hielo en su vaso vacío acompañaba cada uno de sus pasos.
Leo se quedó solo en el jardín. Volvió a bajar la vista hacia su plano.
Aquel trozo de papel, en el que otros tal vez verían un boceto sin alma, resplandecía ante sus ojos con los colores más vivos.
Veía la Bodega Gallo ante él, la vieja casa de la finca, los viñedos detrás.
¿Habría cambiado? No había vuelto a Montalcino en veinte años.
Por aquel entonces, el viñedo con sus filas perfectas brillaba bajo el sol; la casa grande le había parecido un pequeño castillo.
Veía la bodega con los ojos de un niño de diez años: imponente, impresionante, mágica.
Por primera vez, la incertidumbre se mezcló con su entusiasmo.
Su padre había abierto una puerta que le costaría volver a cerrar y, al mirar ahora sus planos, veía en ellos la Bodega Gallo.
Pero ¿podría hacer realidad su proyecto allí sin enfrentarse a Rita?
Con lo ruda que se había mostrado con él en aquel entonces, dudaba que ella siquiera estuviera dispuesta a negociar con él.