Capítulo 28
Y entonces regresé a Barrington.
Si me habían echado de menos, no lo percibí de inmediato.
No es que los rumores sobre mi muerte hubiesen sido exagerados, es que ni siquiera habían comenzado.
Desde el punto de vista de cualquiera de mis conocidos, simplemente llevaba un tiempo sin publicar nada en las redes sociales.
Compartí en Facebook que me había mudado a una nueva casa en Grove Avenue, y había acompañado la publicación con una fotografía.
Acumuló dos «me gusta» y ni un solo comentario interesándose por el motivo del traslado.
Creo que la gente dio por hecho que había perdido mi casa anterior y no quería iniciar una conversación incómoda sobre el tema.
En realidad, no iban muy desencaminados.
Yo había perdido la casa y la conversación habría sido incómoda.
La casa de Grove Avenue venía con un flamante Toyota Camry aparcado en el camino de entrada y una cesta de fruta, que encontré sobre la encimera de la cocina, junto a las llaves del Camry.
La cesta de fruta llevaba una tarjeta sin remitente («¡Bienvenido de vuelta a casa!
») y un sobre con cinco mil dólares en efectivo y un cheque por un importe de cincuenta mil dólares.
Aunque no era exactamente lo que me habían prometido, no estaba de más tener en cuenta que en la nueva casa no pagaba ni alquiler ni servicios (a pesar de que no recibía las facturas, no me cortaban el suministro), que era más de lo que tenía antes de empezar, y que bastaba para no morirme de hambre a corto o medio plazo.
Como me había recomendado Hera, redecoré la casa de South Grove, sobre todo con mobiliario básico de IKEA, pero con un único capricho: un sillón Eames auténtico para sustituir el de mi padre, que había ardido, junto a todo lo demás, en el incendio de mi antigua casa.
No era tan cómodo como el de mi padre, porque no estaba tan usado, pero estaba dispuesto a trabajar en ello.
En cuanto al asunto del incendio de la casa, la investigación sobre las causas se cerró y se determinó que yo no había tenido ninguna responsabilidad en la deflagración, lo que me supuso un pequeño alivio.
Mi parte de la indemnización del seguro, de seis cifras por el rango bajo, me llegó directamente a través de un ingreso en cuenta.
De pronto, me vi en la situación de no tener que trabajar en un par de años, siempre y cuando no derrochase en más sillones Eames, e incluso tal vez podría alargarlo hasta los tres o cuatro, si así lo deseaba.
No sabía si era lo que quería hacer. Solo sabía que no quería volver a ser maestro suplente de inmediato porque aquel trabajo me había quemado.
Me planteé la posibilidad de empezar una novela porque, a fin de cuentas, disponía de bastante material interesante que podía trasladar a la ficción, pero luego recordé que si contaba más de la cuenta podía acabar exiliado en Svalbard y decidí olvidarme del libro.
De vez en cuando curioseaba en Zillow para ver el estado del McDougal’s.
La última vez que consulté la página, el anuncio tenía una etiqueta que decía «pendiente».
Alguien había acabado comprando el edificio, el pub y el restaurante.
Esperaba que no lo convirtiesen en una cadena de restaurantes.
Habría sido demasiado deprimente para expresarlo con palabras.
Pasé la mayor parte del primer mes tras mi regreso leyendo y viendo las noticias.
De vez en cuando publicaban algún artículo o emitían algún corte interesante.
Los primeros días estuvieron marcados por una breve retahíla de necrológicas de empresarios adinerados de una cierta relevancia.
La mayoría de ellos recibieron el mismo trato que habían dispensado a mi tío Jake: un par de minutos en Squawk Box , incluyendo una conversación poco entusiasmada con algún experto.
La muerte de Kim Ji-Jong, supuestamente tras caerse por la borda de un yate, suscitó algo más de interés porque su muerte parecía conectada con el sabotaje industrial de uno de los satélites de telecomunicaciones de su empresa.
Su sucesor, el único de sus hijos que en aquel momento no estaba encerrado en una prisión surcoreana, había prometido llevar a cabo una investigación completa del incidente.
No vi ni noticias ni artículos sobre Anton Dobrev, salvo alguna mención de pasada relacionada con el hecho de que su empresa era propietaria del Grand Bellagio.
En cuanto al hotel, habían prometido reconstruirlo y hacerlo incluso más fastuoso que antes y, una vez renovado, proyectaban convertirlo en la sede de un nuevo congreso anual, que denominaban provisionalmente Bellagio Futuros, durante el cual pensaban reunir a un grupo diverso de pensadores venidos de todo el mundo para idear soluciones prácticas a los problemas más urgentes del planeta.
La única noticia relacionada con los negocios de mi tío digna de mención fue el anuncio de que Jerome Caulkins, el director general de BLP, la empresa de aparcamientos del tío Jake, iba a sacarla a bolsa a lo largo de ese mismo año.
Peter Reese le dedicó un artículo en Parking Magazine. Era una porquería.
Durante aquel periodo, leí otra cosa. Tres semanas después de mi regreso, recibí un sobre de los abogados de mi tío Jake. En su interior había un folio de papel y un segundo sobre dirigido a mí con un garabato escrito a mano. Primero leí la nota escrita en la hoja de papel:
He encontrado esto entre sus efectos personales. No lo he abierto. Me ha parecido que tal vez usted lo querría. No se meta en líos.
Til
Sonreí y abrí el segundo sobre. Era una carta del tío Jake manuscrita con letra densa y comprimida pero clara.
Charlie,
Si estás leyendo esto, estoy muerto y, presumiblemente, tú no lo estás, un supuesto que no está garantizado si ha ocurrido todo lo que planeé junto a Anton y Til. Y si no ha sucedido, de todos modos, no estarás leyendo esta carta.
Te debo disculpas por tres motivos.
El primero es la nota que te hice llegar junto a las cucharillas de postre. Me metí donde no me llamaban, aunque la predicción resultase ser correcta. Til me gritó por hacerlo, y ahora me doy cuenta de que tenía razón. Me disculpo por haber sido tan cabrón.
El segundo motivo es lo que te acabo de hacer pasar si estás leyendo esta nota.
Fue cruel y es posible que te haya causado algún daño.
Si quisiera adularte, te diría que lo hice porque pensaba que tenías madera para salir adelante, pero, como moriré pronto, seré sincero y te confesaré que lo hice porque eras un buen medio para alcanzar mi objetivo y supuse que entre Anton y Til podrían manejarte.
Sea como fuere, te he utilizado sin que lo supieras y sin tu consentimiento.
Aunque me haya parecido necesario, no debería haberte tratado de esta forma. También te pido perdón por eso.
La última razón por la que debo pedirte disculpas es el hecho de no haber estado nunca presente para ti.
Ahora ya sabes que te seguí el rastro porque, de lo contrario, alguno de mis competidores habría intentado matarte.
Todo eso es cierto, pero también había otro motivo.
Cuando tu madre murió, acudí a su funeral y dije a tu padre que era un fracasado porque no la había protegido.
Fue una acusación fruto de la ira y la estupidez.
Él me dijo que me marchase y que no volviese a hablar nunca más ni con él ni con su familia, que eras tú.
Nunca lo hice, primero porque estaba enfadado con tu padre, y luego porque estaba furioso conmigo mismo.
Al morir tu padre, debería haber restablecido el contacto contigo, pero para entonces simplemente era más fácil leer los informes sobre ti que me hacían llegar las gatas.
Finalmente, fue demasiado tarde y se me acabó el tiempo. Lo lamento y me disculpo por ello.
He dicho todo lo que deseaba decirte, y solo espero que, cuando pienses en mí, no lo hagas con odio.
Jake Baldwin
Guardé la carta en el cajón del nuevo escritorio HEMNES de mi nuevo despacho, para poder releerla si alguna vez quería pensar un poco más en ella.
Diez días más tarde, mientras leía algo en el teléfono sentado en el sillón Eames, recibí una llamada. Era Andy Baxter, el abogado de mi padre.
—¿Qué quieren ahora mis hermanos? —pregunté nada más descolgar.
—Estoy bien, Charlie, gracias por preguntar —contestó Andy—. Un día contestarás con un saludo y me dará un patatús.
—Hola, Andy.
—Mi corazón —bromeó—. Por cierto, no es nada relacionado con tus hermanos. ¿Por qué lo dices? ¿Te están molestando?
—De hecho, más bien todo lo contrario.
Una vez que cobramos la indemnización del seguro por la casa y accedí a que Andy vendiera el terreno en el que se alzaba, mis hermanos se esfumaron de mi vida como si nunca hubiesen formado parte de ella.
Sospechaba que, a menos que hiciese algún esfuerzo para evitarlo, nunca más volvería a saber de Sarah, Bobby o Tom. No era ninguna gran tragedia.
—¿Para qué me llamas?
—El bufete de abogados que representa a tu tío se ha puesto en contacto conmigo —contestó Andy.
—¿Qué querían?
—Se trata de una herencia —contestó—, pero es un legado más bien inusual. No está directamente relacionado con la mayoría del resto de sus propiedades, que actualmente gestiona su albacea, una mujer llamada Mathilda Morrison. ¿La conoces?
—No me suena.
—No importa. El caso es que esta propiedad es un fideicomiso gestionado por un administrador distinto. Como procede de tu tío, desde el punto de vista legal y fiscal se trata de una herencia, solo que... no proviene estrictamente de su patrimonio.
—¿Por qué habría elegido un mecanismo tan retorcido?
—No tengo ni idea —admitió Andy—, pero a nosotros no nos hace ninguna falta preguntar los motivos del legado, mi trabajo es decirte que vas a recibir algo de dinero.
—No me lo esperaba —confesé, y era bastante cierto.
—Las herencias por sorpresa son las mejores.