Villano en prácticas Capítulo 27
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Capítulo 27

Una vez más, me encontraba en la sala de juntas de la Bahía de Jenny. Esta vez me acompañaban Morrison, Dobrev y Hera, para lo que sabía que era la reunión previa a mi partida.

—¿Cómo es posible que no esté muerto? —pregunté a Dobrev.

—Lo dice por la explosión y el asesinato por encargo —conjeturó él.

—Sí, por ambas cosas.

—Admito que lo de la explosión fue la parte más peliaguda.

La versión corta es que me aseguré de estar en el lugar correcto de la sala para no morir a causa de la detonación.

En cuanto a la otra parte..., digamos que Tobias le dijo que me había disparado y usted lo creyó porque disparó a Jacobs, el chaquetero de la CIA, delante de usted —explicó Dobrev—.

Sin embargo, es evidente que a mí no me disparó.

—Esbozó una sonrisa traviesa—. O, si lo hizo, solo me causó una herida superficial.

—Ni siquiera había ido al hotel para asesinarlo.

—No, estaba allí para protegerme de Jacobs. Gratas había ordenado a Jacobs que me matase. La misión de Tobias consistía en matar a Jacobs antes de que pudiera hacerlo. Sin embargo, Jacobs decidió ir a por usted, un impulso que no formaba parte del plan previsto, y tuvimos que improvisar.

—¿Por qué intentó matarme si se suponía que yo debía seguir viviendo?

—¿Quién ha dicho que usted debía seguir vivo? —preguntó Morrison.

—El plan de Gratas contemplaba matarme a mí y a otros cinco miembros de la Asamblea —expuso Dobrev—.

Así, él se convertiría en el nuevo jefe y podrían reclutar a nuevos miembros para aliviar sus dificultades económicas.

Usted podría haber sido una de esas nuevas incorporaciones, pero, cuando quedó claro que rechazaba la oferta de asociarse al grupo, Gratas lo añadió a la lista de objetivos para aprovechar la oportunidad que se le presentaba.

Cuando Jacobs fue a por usted, pedí a Tobias que lo siguiese y que evitara que lo matase.

Tobias improvisó. Mató a Jacobs, como debía hacer desde el principio; declaró que me había matado, que también era la intención desde el comienzo; y luego le endosó ambos asesinatos, una estratagema que presentó a Gratas como una alternativa mejor que matarlo, ya que le permitía chantajearlo.

—Tobias trabajaba para usted desde el inicio.

—Tobias trabajaba para mí desde el inicio —me corrigió Morrison—. Y yo trabajaba con Dobrev.

—Y Tobias fingía trabajar para Gratas después de fingir que trabajaba para Petersson —dije, tratando de aclararme las ideas.

—No, cuando fingía trabajar para Petersson también fingía trabajar para Gratas. El orden fue Petersson, Gratas y luego yo.

Miré a Morrison un instante, inexpresivo.

«HABÉIS PERDIDO A CHARLIE» , tecleó Hera.

—Es trágico, pero tiene razón —admití.

«VUELVE AL PRINCIPIO, TIL.»

—Estaríamos aquí todo el día —observó Morrison.

—Cuénteme la versión corta de la historia y me guardaré las preguntas para el final —propuse.

Ella miró a Dobrev, que asintió.

—Entendido. El resumen de todo sería que, hace unos seis meses, su tío, que ya sabía que se estaba muriendo de un cáncer pancreático, averiguó, a través de su red de espías —Morrison hizo un gesto hacia Hera—, que Gratas, Petersson y Harden planeaban asesinar a Anton y a otros cinco miembros de la Asamblea en el siguiente Encuentro de Bellagio. Anton y su tío eran... amigos.

—Dicho así parece algo sexual —apuntó Dobrev, y se volvió hacia mí—.

No era nada de ese tipo y, si le soy sincero, creo que Jake no tenía ni un solo hueso con un aura sexual en todo su cuerpo, pero nos conocimos profesionalmente con poco más de veinte años, hicimos buenas migas y nos ayudamos mutuamente a lo largo de nuestras carreras profesionales, que transcurrían en paralelo.

De hecho, su tío me resultó muy útil para mantener a raya a ciertos elementos.

—La Asamblea —concluí.

—Exacto. Lo cierto es que él nunca se unió a la Asamblea, Charlie, y todo lo que le conté no fue más que una invención que deseaba que Gratas creyese.

Pese a ello, podríamos decir que sentía una inclinación filosófica a ayudarme a controlarla, y que estaba en disposición de actuar en momentos en los que yo no podía hacer nada y de formas que no estaban a mi alcance.

A cambio, yo también le echaba una mano.

—Formaban su propia Asamblea de dos miembros.

Dobrev negó con la cabeza.

—No. Simplemente éramos amigos. En nuestro sector profesional, la amistad era una cosa infrecuente y un auténtico tesoro.

Asentí.

—Eso explica lo de su gato.

Aquello arrancó una carcajada a Dobrev.

—¡Se ha dado cuenta! Sí. Misha solo es un gato normal y corriente. ¡Y se porta fatal! De todos modos, adoro a mi gato. —Miró a Morrison, que esperaba pacientemente—. Disculpe la interrupción, Til. Continúe, por favor.

—Cuando Jake informó a Anton de los planes de asesinato, la información reafirmó a Anton en su creencia de que la Asamblea de Lombardía finalmente había sobrepasado su periodo de vida útil. —Se giró hacia él—. Si es que desea llamarla así.

—Tengo entendido que siempre ha tenido desacuerdos filosóficos acerca del modo como se constituyó.

—Eran una panda de parásitos a los que les gustaba medírsela para ver quién la tenía más grande —me dijo Morrison.

—A juzgar por mi experiencia con ellos, no le pienso llevar la contraria —dije.

—Tuvo ciertas utilidades —intervino Dobrev—.

En su día. Pero eso fue hace mucho tiempo.

En cambio, en la actualidad, el comentario de Morrison es muy acertado.

Hacía más de una década que la Asamblea era prácticamente insolvente.

La sostuve con préstamos y con mis ingresos personales durante más tiempo del que quiero recordar.

Era un proyecto colectivo en el que yo era el único que trabajaba.

—Podría haber dejado la sociedad.

Dobrev negó con la cabeza.

—Uno no puede abandonar sin más algo como la Asamblea, Charlie —replicó—.

Todos estamos metidos hasta el cuello en ilegalidades.

Si uno de nosotros se marcha, los demás lo delatan.

Es una situación de destrucción mutua asegurada.

La única salida es la muerte. —Levantó un dedo—.

¡Pero ahora se acabó! ¡Una conspiración en la que la mitad de sus miembros liquidan a la otra mitad es una oportunidad de oro!

—Anton urdió un plan para ayudar a los miembros de la Asamblea traicioneros a destruirla desde dentro —explicó Morrison, prosiguiendo con la historia—. El único inconveniente era que precisaba la ayuda de Jake.

—Jake debía morir antes de la siguiente Asamblea de Lombardía —añadió Dobrev.

—Y los miembros de la Asamblea debían creer que le había legado sus negocios —concluyó Morrison.

Procesé aquella información.

—El tío Jake se suicidó —inferí.

—Ya se estaba muriendo —enfatizó Dobrev—.

Su diagnóstico era nefasto. La muerte se nos acaba llevando a todos, Charlie.

Su tío ya había fingido una muerte, una historia que reservaremos para otro momento, aunque puedo decirle que me engañó incluso a mí y que su reaparición costó miles de millones de dólares a los miembros de la Asamblea, pero esta vez no la podía esquivar.

Podía morir cuando lo quisiera el destino, o bien cuando él eligiese y, de paso, ayudar a un amigo.

—Anton ya había dejado caer a los miembros de la Asamblea que Jake se moría, y consiguió que pensasen que ellos mismos habían concebido la idea de invitar a su heredero, es decir, a usted, a unirse al grupo —dijo Morrison—.

Algunos de los miembros que planeaban el asesinato de Dobrev no estaban de acuerdo porque temían que complicase sus planes. ..

—Por eso explotó su casa, Charlie —intervino Dobrev—. Lo siento.

—... pero el resto estaban convencidos de que usted estaba sentado sobre una montaña de dinero que no les vendría nada mal, y que usted carecía de la experiencia y la inteligencia necesarias para darse cuenta de que su plan consistía, básicamente, en pegarse a usted como una sanguijuela hasta dejarlo seco.

—Justo lo que queríamos que pensasen —dijo él.

—Porque usted había tendido la trampa del almacén y necesitaba que el resto de los miembros de la Asamblea se lo creyesen tras su «asesinato».

Dobrev golpeó la mesa.

—¡Sí! Dejé «notas» a Gratas detallando el almacén, perfectamente redactadas para alimentar su avaricia.

—Si yo hubiese muerto en Bellagio el asunto se habría complicado bastante —observé.

—Tobias estaba allí para evitarlo.

—De todos modos, estuvo a punto de ocurrir.

—Reconozco que este plan tenía algunas variables demasiado inciertas —admitió Dobrev.

—Usted proporcionó a Gratas la información sobre el plan y asumió que asesinaría al resto de los miembros de la Asamblea para quedarse con el contenido del almacén.

—No pensamos que fuera a hacerlo —puntualizó Morrison—. Pero, cuando lo hizo, no lo detuvimos.

—¿Y qué habrían hecho si no los hubiese matado?

—Nuestro plan original consistía en encerrarlos dentro del almacén —dijo Dobrev.

—Eso es oscuro.

—Les habríamos dejado las luces encendidas —apuntó Morrison.

—¿Y qué pasa conmigo, que debía entrar con ellos?

—Tobias lo habría sacado de allí.

—Confían mucho en Tobias —observé.

—Es fiable —replicó ella.

—Y el tesoro de los saqueos nazis nunca existió.

—No, lo cierto es que sí existió, hace mucho tiempo —dijo Dobrev—. Los antiguos miembros de la Asamblea se lo fundieron antes de toda esta historia.

—Debo decir que lo de las cajas vacías fue un truco genial.

—Nos hicieron buen precio —dijo Morrison—. Y hay que vender bien un señuelo.

—¿Un señuelo? —preguntó el villano.

—Es un término del mundo de las estafas —le aclaró ella—. Una historia inventada.

—Ah. Entendido —dijo Dobrev.

—Bueno, todo fue un señuelo, ¿no? —observé—. Todas las partes en las que yo estaba involucrado. La historia sobre la pertenencia de Jake a la Asamblea. Lo de que la Asamblea fue responsable de la muerte de mi madre. —Señalé a Morrison—. Lo de que Tobias y usted se odiaban a más no poder.

—Sí —admitió ella—. Todo eso. Usted debía creérselo, Charlie. Si usted no se lo creía, nadie iba a hacerlo.

—Y lo de que soy el heredero de mi tío también es un engaño —concluí.

—Sí, esa parte también es mentira, Charlie —confirmó Morrison en un tono suave—. Lo siento.

—¿Quién es su heredero? —pregunté.

—Nadie —contestó Dobrev—. Til es la albacea de su testamento y dedicará el próximo par de años a desmantelarlo todo.

Las distintas empresas se disolverán o se venderán, y sus tecnologías irán incluidas en el paquete.

Una parte de los beneficios se destinará a desmantelar las instalaciones de la Bahía de Jenny y a pagar pensiones a sus empleados. La isla en sí se devolverá a Granada.

—¿Y los billones del banco?

—Como ya le conté, ese dinero en realidad no existe —respondió Morrison—.

Representaba los esfuerzos de su tío por evitar que otros villanos consiguiesen trabajo.

Ahora que él ya no está, este capital no tiene valor alguno.

Nunca se habría podido hacer efectivo, Charlie.

No con un volumen semejante. El dinero de los presupuestos en negro no funciona así.

—¿Y qué pasará con los delfines y los gatos? —pregunté.

—Yo me ocuparé de los delfines —dijo Dobrev—. Formarán un buen equipo con mis ballenas.

—¿Sus ballenas? —me extrañé—. Pensaba que eran las ballenas de Gratas.

—Yo le proporcioné el capital inicial para el proyecto, hace muchos años. Y desde entonces..., bueno, digamos que no les he quitado el ojo de encima. Si sus delfines no las hubiesen convencido para hacer huelga, Gratas tampoco habría conseguido que arrasasen el hotel Sandals.

—¿Y el convenio que negocié con los delfines?

—Un trato es un trato —zanjó Dobrev—. Ya he visto lo que ocurre a los que cabrean a un delfín.

Miré a Hera.

—¿Y los gatos? —pregunté.

«ES COMPLICADO —tecleó Hera—. TENEMOS DEMASIADOS GATOS EN DEMASIADOS PUESTOS ELEVADOS.»

—O sea, que no solo espiáis a villanos —deduje.

«DEPENDE DE SI CONSIDERAS VILLANOS A LOS RESIDENTES DE LA CASA BLANCA Y EL NÚMERO 10 DE DOWNING STREET.»

—Joder.

«SÍ. SEGUIMOS TRATANDO DE DECIDIR QUÉ QUEREMOS HACER A PARTIR DE AHORA. ME HAN PEDIDO QUE PARTICIPE EN ESA TRANSICIÓN, CHARLIE. PERSÉFONE TAMBIÉN SE QUEDA.»

—Entonces... no volveréis conmigo a casa —dije.

«DE MOMENTO, NO.»

—Oh. —De todo lo que me habían dicho hasta entonces, aquello fue lo que más me dolió. Me quedé un minuto sentado, asimilándolo, y los demás esperaron educadamente a que me recuperase del golpe.

—Bueno, y ahora ¿qué pasa conmigo? —pregunté finalmente.

Dobrev miró a Morrison y luego volvió a mirarme a mí.

—Es una buena pregunta, Charlie —dijo él.

De pronto, Hera tecleó algo frenéticamente.

«NI HABLAR, JODER —apareció en el monitor—. NI SIQUIERA VAMOS A PENSAR EN IR POR ESE CAMINO. CHARLIE VUELVE A CASA.»

—Sabe muchas cosas —advirtió Dobrev.

«NO SABE NADA DE NADA. LA ASAMBLEA DE LOMBARDÍA ESTÁ MUERTA Y NO SABE NADA DE SUS OTROS NEGOCIOS.

TODO LO QUE HA VISTO EN ESTA ISLA DESAPARECERÁ.

SABE LO DE LOS GATOS Y LOS DELFINES, PERO SI DECIDIESE EXPLICARLO, NADIE LO CREERÍA.

POR LO QUE RESPECTA A LA SEGURIDAD DE LA INFORMACIÓN, ES MUCHO MENOS PELIGROSO QUE TODOS ESOS MIEMbrOS DEL PERSONAL DE LA BAHÍA DE JENNY A LOS QUE VAIS A PAGAR UNA PENSIÓN. »

—¿Respondes por él? —preguntó Morrison a Hera.

«SÍ, SI ES NECESARIO.»

—Es una gran responsabilidad —le advirtió Dobrev.

« YO HE SIDO RESPONSABILIDAD SUYA DURANTE AÑOS. A PARTIR DE AHORA PODEMOS CAMBIAR LAS TORNAS », tecleó Hera.

El hombre miró a Morrison y asintió.

—Hecho —dijo ella.

—Salvado por una gata —suspiré.

—Ni se imagina hasta qué punto —replicó Morrison.

—Esa respuesta... no me hace sentir muy bien —protesté.

—No lo habríamos matado, Charlie —aclaró Dobrev—. Aunque tal vez hubiera tenido que vivir en Svalbard el resto de su vida, con un rastreador en el cuello para estar seguros de que no trataba de escapar. —Se encogió de hombros—. Tampoco habría sido tan malo. Hoy en día tienen internet.

—Creo que prefiero volver a casa —dije—. Aunque ahora mismo no sé dónde vivo.

«TIENES LA CASA DE SOUTH GROVE —tecleó Hera—. PUEDES QUEDARTE AHÍ.»

—Gracias.

«DE NADA. PUEDE QUE TENGAS QUE COMPRAR MUEBLES. A MENOS QUE TE GUSTE DORMIR EN CAMAS PARA GATOS, EN CUYO CASO ESTÁ LISTA PARA ENTRAR A VIVIR.»