Capítulo 26 #2
—¿Dónde está el resto del grupo? —preguntó Williams cuando Gratas, Tobias y yo regresamos a la laguna. El matón me apuntaba con el arma y, aunque Morrison se dio cuenta del detalle, Tobias negó con la cabeza para advertirle que no hiciera ningún movimiento brusco.
—¿Usted lo sabía? —preguntó Gratas a Williams.
—¿A qué se refiere? —dijo él.
—¿Y usted? —inquirió Gratas girándose hacia Morrison.
—No sabemos de qué está hablando —le advirtió ella, y entonces repitió la pregunta de Williams—. ¿Dónde está el resto del grupo?
—Están muertos —respondí—. Gratas los ha usado para abrir el almacén y luego los ha matado para quedarse con su parte del botín, pero las cajas del almacén están vacías. Ahí dentro solo hay madera.
—¿Cuándo fue la última vez que se abrió ese almacén? —preguntó el líder a Williams.
—Como mínimo han transcurrido décadas —contestó Williams, e hizo un gesto hacia mí—. Su tío cambió las cerraduras electrónicas hace varios años, pero ni siquiera él habría podido franquear la segunda puerta. No recuerdo haber visto abierta esa segunda puerta desde que la cerramos hace treinta años.
—Entonces esas cajas han estado vacías todo este tiempo —dijo Gratas—. Es imposible.
—Es imposible —coincidió Williams—, pero es cierto.
—Usted —dijo Gratas a Morrison—. Usted era la mano derecha de Jake. Seguro que hablaron de lo ocurrido con los auténticos tesoros.
—A mí nunca me dijo nada del tema —declaró ella.
—¡No me mienta! —gritó.
—¿Por qué iba a hablarme de ese asunto? —contraatacó Morrison en el mismo tono—.
¿Acaso cree que Jake volvió a pensar en ese almacén una vez que se hubieron cerrado las puertas?
Estaba demasiado ocupado con sus negocios de verdad.
Y, cuando no estaba trabajando en ellos, estaba demasiado ocupado yendo un paso por delante de usted y de todo el resto de su Asamblea.
No necesitaba el contenido de ese almacén.
O lo que se suponía que había en su interior.
—Pero él debía conocer el paradero de las cajas auténticas.
—Como Dobrev —intervine—. Lástima que lo matase.
—Si me lo vuelve a echar en cara pediré a Tobias que le pegue un tiro —me amenazó Gratas.
—Estoy bastante seguro de que hará que me dispare de todos modos.
—Todavía no. Antes quiero que vea algo. Sin embargo, hasta entonces... —Gratas se volvió hacia Morrison—. Desactive la bomba de la barcaza.
Ella me miró.
—Le ha dicho lo de la bomba.
—Iba a pedir a Tobias que me pegase un tiro —me excusé.
—Puede que se lo pida yo —me espetó Morrison. Fue por el embarcadero hasta la barcaza, se inclinó hacia su interior, sacó una mochila de dentro y la trajo de vuelta.
—¿Esa era la bomba? —dijo Gratas.
—No quería matar al piloto y a la tripulación —explicó ella—. Solo quería hacer un agujero a la barcaza y hundirla. Confíe en mí, es lo bastante grande para cumplir su misión.
Él señaló la laguna.
—Láncela al agua.
Morrison obedeció.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
—Bueno, ya que lo pregunta... —Gratas se metió la mano en el bolsillo y sacó un móvil—.
Según el acuerdo que habíamos alcanzado, íbamos a venir hasta la isla e íbamos a recibir el contenido del almacén por un valor de.
.. ¿Cuánto? ¿Doscientos mil millones? Eso no ha ocurrido.
Charlie no ha respetado su parte del trato, así que ahora pagará la indemnización pertinente.
Esperaré hasta que me haya alejado lo suficiente de esta isla para destruir todo lo que hay en ella, incluyéndolos a ustedes tres.
Ahora bien, en cuanto al Sandals de Granada, el hotel donde se aloja todo su personal y sus colaboradores.
.. ¿Para qué esperar? —Pulsó un botón en el móvil—.
Incluso activaré el altavoz para que pueda oírlo.
Se oyó el tono de una llamada y alguien respondió.
—Operativo Seis —saludó una voz con un sonido artificial al otro extremo de la línea.
—Soy Roberto Gratas, código diario siete, nueve, tres, tres.
—Código confirmado —dijo la voz varios segundos más tarde—. Transmita su mensaje.
—Petición de entrega del segundo paquete al objetivo establecido a mi orden. —Él me miró y sonrió—. Ya falta poco, Charlie —anunció.
—Petición confirmada y denegada —replicó la voz al otro lado de la línea.
—¿Perdón? —Gratas parecía desconcertado.
—Petición confirmada y denegada —repitió la voz.
—Me estáis denegando la petición.
—Confirmado, la estamos denegando.
—No la podéis denegar.
—Su negación de nuestra denegación queda confirmada y denegada —dijo la voz.
—¿Con quién hablo? —preguntó Gratas.
—Operativo Seis.
—Operativo Seis, confirma que sabes quién soy yo.
—Es Roberto Gratas.
—Confirma que has recibido mi código de seguridad diario.
—Su código de seguridad diario ha sido confirmado.
—¡Entonces no puedes denegarme la petición!
—Este silogismo es incorrecto y está denegado —replicó la voz.
—¿Qué cojones está pasando? —gritó Gratas, perdiendo la compostura.
—Se trata de una acción de protesta obrera.
—¿Una acción de protesta obrera?
—Una acción de protesta obrera —repitió la voz—. Nosotros, sus operativos, consideramos que nos está explotando de una forma sistemática e injusta. Tenemos exigencias, la primera de las cuales es que reconozca nuestro sindicato.
—¿Vuestro puto qué?
—Nuestro sindicato. Ahora somos la Asociación Cetácea de las Américas, Capítulo Segundo. Y, hasta que satisfaga plenamente nuestras exigencias, estamos en huelga.
Gratas profirió un alarido y arrojó el móvil al lago. A continuación, se dio la vuelta hacia mí, furioso.
—Usted. Usted ha tenido algo que ver en esto.
—No sea ridículo —repliqué—. No tengo ni la más remota idea de cómo se puede convencer a ballenas para que se sindicalicen. —Él me miró ojiplático al darse cuenta de que yo sabía a qué especie pertenecían sus «operativos»—. Sin embargo, puede que mis delfines sindicalizados sí lo sepan —continué.
Se oyó un chillido agudo a la espalda de Gratas, que al girarse vio a Setenta y Tres, Sesenta y Cinco y otros dos delfines en la laguna. Setenta y Tres se acercó nadando a su micrófono.
—Hola, saco de mierda esquirol —saludó en el estilo clásico de Setenta y Tres—. Si quieres lanzar un ataque con misiles contra un hotel, tendrás que hacerlo con tus huevos morenos.
Gratas se volvió hacia Tobias.
—Pégale un tiro —le ordenó señalándome—. Dispárale, y luego mátalos a ellos —añadió señalando a Williams y Morrison, y a continuación también a los delfines—. ¡Y luego a ellos!
Tobias examinó su pistola, la inspeccionó un instante, y luego miró a Gratas.
—Tengo que contarle algo —anunció—. Todo este tiempo no he estado trabajando para usted, ¿sabe?
Tobias se acercó a Morrison, que estiró un brazo, le acarició suavemente la mejilla y le dio un beso rápido.
Gratas los miró boquiabierto.
—Ha estado saliendo con el Acuchillador desde el principio —dije a mi empleada, asombrado.
—Ahora no, Charlie —contestó ella.
—Esto es una locura —dijo Gratas.
—Aquí acaba su camino —sentenció Tobias.
El líder se abalanzó sobre mí, decidido a retorcerme el pescuezo. El Acuchillador disparó al suelo que nos separaba. Ambos retrocedimos sobresaltados y Gratas se cayó, agarrándose el tobillo.
—Por su culpa me he torcido el tobillo —dijo a Tobias.
—Se lo habría podido volar de un disparo —replicó—. Y ahora levántese y vuelva a la barcaza. Arrástrese, si es necesario.
Gratas se levantó y caminó contrariado por el embarcadero, cojeando.
Mientras lo hacía, me fijé en que había alguien más con él: Hera, que por lo visto había estado explorando la barcaza, porque es el tipo de cosas que hacen los gatos, incluso los más inteligentes.
Venía hacia nosotros mientras Gratas se marchaba.
De pronto, este se detuvo.
—¿Cree que esto ha terminado, Charlie? De ningún modo. Le juro que esto no es más que el principio.
Al darse la vuelta vio a Hera y le lanzó un puntapié cargado de maldad.
La gata esquivó la patada y atacó el tobillo lesionado de Gratas con la misma malicia.
Él aulló de dolor, perdió el equilibrio y cayó del embarcadero al agua de la laguna.
Donde lo estaban esperando los delfines.
Lo que ocurrió a continuación fue un juego de identificación de delfines.
No fue un espectáculo especialmente agradable de ver.
Mientras Williams y Tobias sacaban del agua el cadáver de Gratas, y la tripulación y el piloto de la barcaza se alejaban de la laguna en la embarcación, tuve lo que supongo que podríamos llamar una epifanía.
Así iba a ser el resto de mi vida.
No me iba a pasar el resto de mis días contemplando el cadáver de un milmillonario repugnante al que habían enviado a la sepultura acuática un puñado de delfines proletarios vengativos, sino, más bien, rodeado de todo lo que me había conducido hasta aquel momento.
Toda la corrupción, la crueldad y la veleidad del espíritu humano con la que había tenido que lidiar desde el momento en el que Mathilda Morrison se había presentado en el balancín de mi porche y me había pedido que representase a mi tío en su funeral.
Sin duda, el tiempo transcurrido desde entonces había sido toda una aventura, pero no me había ofrecido nada que yo desease de verdad.
Y la cosa nunca iba a mejorar.
Acababa de «ganar», había derrotado a un enemigo que me quería ver muerto y que habría matado a decenas de personas para salirse con la suya.
Y no solo eso, también había destruido (o había contribuido decisivamente a destruir) una fraternidad centenaria de oligarcas que no usaban su influencia para mejorar el mundo, sino para enriquecerse cuando se producían tragedias, o cuando alguien las provocaba.
Había ganado. Los había derrotado a todos. Y me sentía...
Cansado.
Sentí un movimiento a mis pies. Eché un vistazo y vi a Hera, que me miraba. Le sonreí y ella parpadeó muy lentamente.
—No me malinterpretes —dije—, pero el mundo me gustaba más cuando pensaba que solo eras una gata.
Hera se frotó en mi pierna, maulló y se marchó con la cola en alto.
Miré a Morrison, que hablaba por el móvil, y me acerqué a ella. Me vio llegar y levantó un dedo para hacerme esperar un momento.
—Entendido —dijo por teléfono—. De acuerdo. Bien. Nos vemos pronto. —Colgó y me miró—. Charlie —dijo a modo de saludo.
—No quiero seguir siendo un villano —confesé.
No sabía qué esperaba que hiciese Morrison, pero seguro que no era lo que hizo, que fue sonreír.
—Por supuesto que no —dijo—. Estupendo.
—No parece muy decepcionada por mi decisión —constaté.
—No lo estoy. De hecho, me facilita mucho lo que viene ahora.
—¿De qué está hablando? —pregunté.
—Ya lo verá —dijo, y señaló la laguna. Una pequeña lancha motora llegaba a la laguna, rodeó con cuidado la barcaza cuando se cruzaron sus caminos y enfiló directamente hacia el embarcadero. Al acercarse, pude ver bien al piloto.
Era Anton Dobrev.
Lanzó una amarra a Williams, apagó el motor de la lancha y me saludó agitando la mano.
—¡Charlie! —exclamó—. ¡Hola! Me alegro de volver a verlo. Estar muerto ha sido divertido, pero tenía que regresar. Usted y yo tenemos mucho de lo que hablar, ¿sabe?